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Las paradojas del “factor Illa” y el “gambito de Iceta”


Se ha dado en hablar del “factor Illa” para definir un posible vuelco electoral en Cataluña, pero en realidad viene a revelar muchos rasgos del actual panorama político. Me gustaría que alguien templado y dialogante pudiera estar al frente de una Generalitat absolutamente paralizada desde hace demasiado tiempo, al verse abducida por un proceso tendente a la soberanía que ha dañado seriamente la convivencia ciudadana y perjudicado a una economía boyante.

CiU era un partido más bien conservador cuyas recetas económicas eran homologables a las de la derecha española e incluso logró hacer que Aznar hablará catalán en la intimidad. Pero de repente se hizo independentista, justo cuando afloraron los problemas con la justicia relativos a esas comisiones del tres por ciento denunciadas por Maragall en sede parlamentaria. El otrora muy honorable Jordi Pujol dejó a su delfín al frente del gobierno autonómico y el ideario nacionalista comenzó a desdibujar los perfiles ideológicos de cualquier tipo.

Romper semejante inercia sería por tanto algo muy deseable, porque de paso desactivaría el exacerbado nacionalismo españolitas que alientan algunas formaciones cada vez más extremistas, dando lugar incluso a un pintoresco nacionalismo madrileñista con toques de sainete y antológicos disparates que pasarán a la historia del esperpento. Personalmente hago votos para que pudiera haber un gobierno progresista bipartito formado por PSC y ERC, pues no veo qué pueden aportar quienes comparan a Puigdemont con los exilados republicanos.

Aprecio el talante de Salvador Illa y, por qué no decirlo, su bagaje filosófico. La mala noticia es que sea todo un acontecimiento mostrarse cortés, tranquilo y educado, para no contribuir a la crispación, sabiendo mantener cierta calma en medio del continuo cruce de navajas. Ocupar la cartera de Sanidad y capear el temporal con cierta dignidad era una prueba de fuego e Illa ha sabido superarla mostrando unas virtudes personales que por desgracia no son moneda corriente.

Pero todavía queda mucha pandemia por delante y hay que gestionar cuestiones muy delicadas. Hace falta distribuir las vacunas para hacerlas llegar a todos y estar pendiente de las posibles mutaciones del virus. Por eso se plantea una duda razonable. Si Salvador Illa ha sido un magnífico gestor de la crisis, ¿acaso era conveniente alejarle ahora de sus responsabilidades en esa materia para que solucione otro conflicto diferente y en un entorno totalmente distinto?

De otro lado, plantear el retraso de la contienda electoral tampoco es algo evidente y de primeras parece pretender neutralizar una candidatura con gancho electoral poniendo la pandemia como pretexto. Comoquiera que sea, cabe sospechar que la salud pública, lejos de ser una prioridad incontestable y oficiar como ley suprema, estaría siendo instrumentalizada de una u otra forma, directa o mediatamente. Aunque desde luego no sea un tema menor el conflicto catalán, nada debería quedar por encima de una cuestión tan primordial como esquivar las letales consecuencias del virus COVID-19.

La España de las Autonomías no ha salido tan bien parada como el ministro del ramo. Las medidas adoptadas en Francia no se discutían por parte de nadie y el toque de queda es único en todas partes a una hora muy temprana. Tampoco parecen darse tensiones entre los gobiernos territoriales alemanes a la hora de imponer nuevas restricciones. En cambio resulta bochornoso ver cómo nuestro Gobierno Central y los autonómicos no quieren suscribir un aparentemente inevitable nuevo confinamiento, salvo si pudieran endosárselo a sus rivales políticos, al no querer asumir sus posibles costes electorales.

Así las cosas, cambiar al titular de sanidad y hacerle abandonar sus actuales responsabilidades no deja de suponer toda una paradoja. Es una jugada maestra desde una perspectiva electoral, pero no es tan obvio que sea la mejor desde otra óptica. Conocemos la paradoja de que Zenón nunca podrá ganar a la tortuga, pero falta saber por qué se cambia de corredor y se le hace pasar el testigo en medio de la carrera, sin haberla terminado todavía, para destinarle a otra competición, precisamente por estar corriendo de maravilla y haberse mostrado prácticamente irremplazable para llegar con bien a la meta perseguida.

Con todo, el sacrificio de Miquel Iceta ha sabido remover el tablero y los jugadores deben revisar sus posiciones tras ese sorprendente gambito. Puede coronarse un peón e inesperadamente se ha convertido en una pieza con la que nadie contaba. Sería excelente que sirviera para pactar algo similar a unas tablas y se pudiera comenzar una partida nueva sin perdedores humillados.

Pero la pandemia sigue ahí y no permite que nos distraigamos en exceso. Ese rival no admite nuevas partidas y perder en ese campeonato tiene consecuencias irreversibles.

Profesor de Investigación IFS-CSIC (GI TcP). Historiador de las ideas morales y políticas. Proyectos BIFISO (PIE-CSIC-CIV19-027), ON-TRUST CM (H2019-HUM5699), PAIDESOC (FFI2017-82535) y PRECARiTYLAB (PID2019-105803GB-I0), Instituto de Filosofía (IFS-CSIC).

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