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EL PERIÓDICO
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El deseo como forma de gobierno


Pintura de Edvard Munch, "Los Trabajadores que regresan a casa". / Dominio público. Pintura de Edvard Munch, "Los Trabajadores que regresan a casa". / Dominio público.

En el régimen anterior al capitalismo las aspiraciones de los oprimidos (después llamados pobres de la tierra, parias del mundo, esclavos o famélica legión) estaban orientadas a la igualdad, la libertad, la solidaridad. Los ideales (y digo ideales) comunistas, socialistas o anarquistas eran colectivos. Un logro que solo siendo de todos podía ser considerado logro. El deseo de la liberación de la opresión era el deseo genuino de los movimientos de resistencia y cambio. El concepto de obrero no refería solamente a una posición laboral. Era una identidad anclada en un deseo colectivo: una vida mejor para todos.

El triunfo del capitalismo liberal (político y económico) alcanza su cénit en la versión limitada (geográfica y temporalmente) de la sociedad de consumo tras la II Guerra Mundial. Finalmente conquistó los imaginarios del deseo que habían sido el ADN obrero. El deseo es el pistón de la acción, de la movilización y el compromiso. El deseo es la raíz escondida. Algo que interesó a Freud y toda la bata de cola psicoanalítica. La afirmación de Schopenhauer lo sintetiza: "Un hombre puede hacer lo que quiere, pero no quiere lo que quiere". En definitiva, el ser humano puede ser libre para gestionar sus deseos pero no puede elegir lo que quiere desear. Antonio Machado lo expresaba poéticamente “en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas”. Un conflicto permanente con los deseos, especialmente aquellos que escapan a la razón. Más atrás en el tiempo, son la cuadriga de Platón, arrastrada por los caballos de la pasión y a los que el hombre sabio busca poner riendas.

El éxito del capitalismo fue reescribir los patrones del deseo obrero. El deseo se trasforma en aspiración individual de progreso en la escala social. El mito de que se puede llegar a ser lo que se quiera, trabajando solo para uno mismo. La radicalidad del individuo. Las aspiraciones colectivas se rompen en una miríada de promesas de ascenso social, según la cual todos pueden prosperar socialmente.

Lo esencial no es querer una vida mejor. Eso ya existió y existirá. Es cómo se pretende alcanzarla y para quién. Antes fue unidos y para todos. Ahora cada uno es cada quién y cómo me la maravillaría yo. La implantación del deseo en clave individual ha sido, de largo, el mayor éxito de legitimación del sistema capitalista. Ahora, en la crisis del sistema, hemos quedado a solas, esclavos de deseos lastrados por el consumo. En su momento, la legitimidad que esclavizaba por la sangre en el antiguo régimen se trasforma en la legitimidad que somete por el deseo del consumo como forma de ser. El estilo de vida si es algo, es una forma de ser cuando moldea los relieves del deseo. La ruptura del sujeto (de colectivo al individual) y la reescritura del deseo (no se desea justicia o igualdad, se desean los ideales del estilo de vida de la burguesía) son las claves que clavan la escala de valores actual.

En la respuesta a las nuevas formas del capitalismo globalizado y sin compromisos locales (nacionales) uno de los primeros intentos para mantener el equilibrio del poder es cambiar lo que deseas. Intentarlo al menos. Con el argumento (no por cierto y válido menos oportuno) de un mundo sostenible se aspira a modificar los deseos: reciclar, consumir menos, recuperar lo local… un equilibrio sostenible que solo reescribiendo los deseos se podrá alcanzar. Pero ya sabemos, somos libres para intentar o no alcanzarlos pero no para desear lo que se desea. Aun en una arcadia ideal donde los individuos estén en guerra constante con sus entrañas, el deseo de ser consumido por el consumo perdurará por varias generaciones. El espíritu del capitalismo más radical formará parte de cualquier futuro.

Catedrático de Sociología Matemática.