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EL PERIÓDICO
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Pese a Trump, hay motivos para la democracia


El año 2021 ha comenzado con sobresaltos. En medio de la tormenta de agua, nieve y frío que asola la península y mantiene en alerta a casi todas las autonomías españolas, sufrimos con desconcierto la tercera ola del coronavirus que registra datos de contagios como al inicio de la pandemia. En este caso además Europa está siendo duramente azotada; países como Reino Unido y Alemania baten records diarios de contagios y fallecimientos.

Y, sumidos en el desconcierto y la preocupación que provoca el COVID, hemos asistido incrédulos al asalto del Capitolio en Washington por personas frenéticas, enloquecidas, furiosas, seguidores de Trump, dispuestos a derrocar la democracia con violencia.

La venerable democracia de EEUU, asentada sobre una maquinaria y un engranaje tan sólidos como pesados, transmite la sensación de que no puede sufrir sobresaltos. Pero ya vemos que eso no es así. No lo fue con la elección de Trump que a una gran mayoría nos pareció difícil de digerir y de explicar, y no lo ha parecido ahora cuando vemos la caída y derrota del todavía presidente Trump.

Sin embargo, el asalto al Capitolio, el intento de golpe frustrado para desbancar al legítimo ganador de las elecciones, tiene un claro responsables: Donald Trump. Por eso, admitir ahora (con la boca pequeña) su derrota (sin cesar de denunciar el fraude inexistente) no es suficiente; seguramente lo hace porque alguien le habrá susurrado que ha ido demasiado lejos y puede terminar en la cárcel (motivos hay de sobra, aunque solo fuera como Al Capone). El daño que ha hecho Trump durante estos cinco años de mandato es tremendo y costará repararlo. Porque no solo ha sido su gestión sino el coletazo de odio que ha generado en sus seguidores.

Seguramente para él ha sido solo una estrategia, un juego de poder, una fake más, una mentira, una difamación, un engaño, una inmoralidad, sencillamente, una actuación de las que ha hecho a lo largo de su vida, pisoteando a gente, mintiendo, vulnerando leyes, desprestigiando instituciones, pervirtiendo derechos. ¡Qué más le da! Lo que hemos visto es a Trump en pura esencia. No solo el peor presidente que haya tenido EEUU (todavía cuesta pensar que llegara a la presidencia) sino una persona de la peor catadura moral.

En su mandato, ha fanfarroneado, ha mentido, ha incitado a la violencia, se ha burlado, ha pisoteado a los medios de comunicación y a la libertad de expresión, ha demonizado a colectivos inmigrantes, ha vejado a mujeres, ha ignorado a negros y latinos, ha señalado con el dedo a representantes públicos, ha criminalizado a asociaciones y activistas de izquierdas. Mientras que, con la otra mano, ha alentado y jaleado a la ultraderecha, ha presumido con los supremacistas, ha exaltado la violencia de las armas.

La ya inminente salida de Trump, abochornado y repudiado incluso por una mayoría de los suyos, abre un problema (o una solución) dentro de los republicanos. Deben apartarlo cuanto antes, borrar lo más posible su paso por la historia norteamericana, y, sobre todo, iniciar una nueva etapa que recupere los valores del republicanismo americano lejos de lo que ha supuesto Donald Trump.

El problema es esa gente fanática que lo sigue a pie juntillas. Porque es fácil alentar y extender el odio, lo difícil luego es cortocircuitarlo. La llama está extendida. El odio se ve en los gritos, las miradas, las acciones, la violencia de gente dispuesta todo sin saber bien qué defienden. ¿Qué pasará ahora con esa gente? Despertar las bajas pasiones y los sentimientos más inhumanos tiene graves costes sociales.

No obstante, pese al coronavirus y pese a Trump, podemos mantener firme la esperanza. Ambos enemigos generan mucho mal individual y social, mucha agitación e incertidumbre. Siempre ocurre que el odio es más visible que la bondad, que la violencia tiene mayor coste y es más visual que la solidaridad, pero ambas están presentes.

Frente a la pandemia, en un tiempo record, en silencio, sin descanso, y prácticamente en el anonimato, existen científicos trabajando en vacunas que ya están ahí. Hemos visto día a día el mal que provoca un enemigo invisible llamado coronavirus, pero no sabemos los rostros de excelentes personas que han trabajado hasta disponer de la solución que no solo nos ofrece esperanza sino solución.

Igual nos ocurre con Trump y sus seguidores. Hemos visto espantados lo ocurrido en el asalto del Capitolio, pero las instituciones democráticas, sus representantes, se han mantenido firmes y han seguido adelante ganando la partida con la razón y los votos. Hemos visto en la calle vociferando exaltados a un millar de seguidores trumpistas, pero existe una ciudadanía silenciosa que ha emitido sus votos y que ha conseguido que el lamentable tránsito de Trump haya llegado al final.

A veces necesitamos escuchar más allá del griterío. Necesitamos escuchar el silencio de quienes trabajan, de quienes votan, de quienes hacen su trabajo de forma eficaz y discreta, de la gran mayoría de personas que actúan solidariamente sin proclamas ni vociferar.

El 2021 ha comenzado con sobresaltos pero hay buenos motivos para el optimismo razonado.

Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.

Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)

Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.

Articulista en la revista digital Sistema Digital.

Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.

Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)

Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.

Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.

Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.

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