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Una figura de la Parca sostiene un globo terráqueo atravesado por la guadaña del capitalismo frente al Banco de Inglaterra durante una protesta el 13 de octubre de 2008 en Londres. / Foto de Peter Macdiarmid. Una figura de la Parca sostiene un globo terráqueo atravesado por la guadaña del capitalismo frente al Banco de Inglaterra durante una protesta el 13 de octubre de 2008 en Londres. / Foto de Peter Macdiarmid.

El capitalismo burgués se caracterizó, valga la redundancia, por su vinculación al burgo, a la ciudad. Fue un capitalismo amurallado, en el que las riquezas construían palacios, cámaras de comercio, ayuntamientos, así como todas aquellas manifestaciones de poder civil y económico que legitimaron primero su aspiración y después su presencia en el poder político. Hablamos de Venecia, Ámsterdam, Brujas y tantas ciudades que llevaron al “burgo” a otro nivel de juego.

En la España del siglo de oro el procedimiento más general de los que se enriquecían fue comprar títulos nobiliarios y pagar por puestos de privilegio en las iglesias y catedrales. Estilos diferentes por los que en algunos países la obra civil es esplendorosa, al igual que la historia de lucha obrera y la expresión democrática del capital. En España, salvo excepciones, estaban más en catedrales y capillas. No es cosa de antiguo. Entre las expresiones burguesas en Barcelona está la Casa Milà, pero el proyecto centenario que no ha decaído es la Sagrada Familia. Una catedral que, aun siendo templo del turismo, no deja de expresar el poder y la gloria. Muy mal le fue al capitalismo burgués en España cuando el oro de América “venía a morir en España y era en Génova enterrado”.

Mientras que en Francia la revolución tomaba la Bastilla, en España las revoluciones comenzaban quemando iglesias. No porque en Francia se opusiesen a un sistema de justicia o las cárceles. Se enfrentaban a lo que aquella Bastilla en particular significaba. Lo mismo iba para las iglesias en España. No era tanto una cuestión de creencias, como de lo que aquellos edificios significaban para el poder del momento. La iglesia católica en España ha unido sus destinos de una forma tan estrecha e intensa a unas formas de dominación específicas, que la toma del poder pasaba por echar al cura. Dicho coloquialmente.

El capitalismo burgués se diluyó en el apogeo nacionalista consolidando una categoría, la “burguesía”, que conservó su nombre. Un estado para cada nación o viceversa, llegado el caso, construir una nación dentro de cada estado (Estados Unidos es un excelente ejemplo). El burgués antes local amplía su espacio de juego y ahora es nacional. Vienen avaladas por Adam Smith o David Ricardo entre otros, y preparan el terreno para el siguiente cambio de pantalla que tanto interesó a Carlos Marx: el capitalismo colonial. A Londres llegaban materias primas de todas partes del mundo para ser trasformadas en manufacturas, tal y como poco antes llegaron los campesinos expulsados de los latifundios para ser trasformados en obreros.

Cuando el capitalismo se internacionaliza las guerras también. No hay otra. Poder y conflicto son un binomio irreductible. Junto al nacionalismo, llegó el colonialismo que lo difundió por el mundo y, puestos a ello, producir conflictos internacionales. Ya saben: sin naciones no hay internacional y sin colonialismo no hay mercados. La burguesía que sale de las dos guerras mundiales es ya otra categoría. Se disocia capitalismo y burguesía. Por una parte, lo que fue burguesía se convierte en una élite económica desarraigada territorialmente. Los que fueron obreros, en la sociedad de consumo se naturalizan como burgueses. Una burguesía (también llamada clase media) que solo aspira a ser, y en ocasiones vive, como la original. No cabe sin embargo engaño. Esta burguesía no es la expresión del poder, sino el reflejo de estructuras pasadas. Tan volátil como los fundamentos de su riqueza.

El poder capitalista se trasformó en otra cosa. Algo que anticipaba el estilo de vida de la “jet set” en los años 50. Ya a finales del siglo XX deja de ser una realidad identificable para convertirse en una idea. No tiene domicilio ni dirección. No hay un burgo de referencia. No hay un compromiso de legitimación con un poder concreto. El capitalismo globalizado ya no es la Compañía Británica de las Indias Orientales. Ni siquiera es un sistema basado en patentes de corso, como pensó la Comisión Europea cuando intentó buscar las sedes de multinacionales. Una multinacional puede fabricar en España o Alemania. Si se marcha de un país, destruye riqueza y lo debilita económicamente. De ser una multinacional que defiende los intereses de un estado es un arma de destrucción económica de primer orden (Cuba es un ejemplo). Pero es peor aún. No responden a un interés nacional. Responden ante el beneficio sin carta de identidad.

Consecuencias. La política democrática en el estado del bienestar depende de los pulsos del capitalismo. La legitimación de las democracias gracias al consumo, las promesas de mejorar la calidad de vida y prosperar, solo son factibles cuando interesa al capital. Cuando el compromiso desaparece (capitalismo globalizado) las promesas también. Por décadas los políticos no prometen un mundo mejor. A lo mucho, quedarnos como estamos o no ir a peor.

La crisis inducida de 2008 fue el mejor de los ejemplos de estados sin capital (deuda pública y prima de riesgo). Una situación curiosa en la que la nueva división del mundo habla de las élites capitalistas globalizadas por un lado, y los “estados obreros” por otro. Unos estados que aun pueden vivir como burgueses, otros que sufren una rápida proletarización y, cómo no, los estados lumpemproletariado​ de África.

En ese contexto, unos hablan de cambio de modelo económico dentro del capitalismo. También, pero lo primero y sin ello no hay futuro, se debe poner riendas al ultraliberalismo globalizado rampante que destruye estados y sociedades. Sus élites actúan con la falta de humanidad del capitalismo primigenio. En esa lucha de los “estados obreros”, siempre igual, es precisa la cooperación, la solidaridad y la búsqueda del interés común contra los estados “esquirol” (paraísos fiscales) que rompen con la “negociación colectiva” (impuestos a las transacciones financieras y los beneficios de multinacionales). No será fácil. Especialmente dado que la derecha conservadora aún no se ha enterado y está ensimismada en piloto automático: cuando no hay pan llegan las tortas y las empanadas mentales. En España, se reparte patria, religión y xenofobia como el viejo nuevo opio del pueblo.

Tras los buenos deseos, la realidad muestra dos grandes opciones futuras. La más probable será de centralización del poder y fragmentación de sus legitimaciones. Una paradoja paralizadora de la democracia acorde y ajustada a las nuevas formas del capitalismo. La segunda es que se descubra vida inteligente en la galaxia, vengan y nos lo expliquen. Ellos ya lo intentaron con el planeta Tierra y una de dos, o nos ignoraron o no la encontraron.

Catedrático de Sociología Matemática.