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EL PERIÓDICO
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El impacto de la televisión en el imaginario colectivo


Dinos que has visto y sabremos cómo eres

En su tratado sobre La Amistad Aristóteles atribuye a Sócrates una sentencia que nos es familiar: “dime con quien andas y te diré quien eres”. La fórmula nos puede valer igualmente para otro aspecto de nuestra vida. Lo que vemos en la televisión dice mucho sobre nosotros y mucho más aún lo que hayamos visto durante nuestros primeros años, cuando está cincelándose nuestra futura identidad.

El universo mitológico de los tebeos y el cine

La mitología grecorromana era un referente común para los escritores y lectores renacentistas, barrocos e ilustrados. El Siglo XIX cuenta con las referencias de los grandes novelistas, pero a finales del milenio pasado se impone un giro icónico cuyo protagonismo es cada vez mayor.

Quienes nos educamos en la década de los 60 consumimos imágenes en dosis homeopáticas. Muchos aprendimos a leer con los tebeos, cuyos bocadillos nos hacían enhebrar las viñetas de los comics y eso nos familiarizaba por ejemplo con la época de Julio Cesar gracias a un personaje galo llamado Astérix. La oferta de títulos era mayúscula y había comercios donde podías intercambiar los ejemplares que ya habías leído por muy poco dinero.

Además una vez por semana te llevaban a una sala de cine, donde visionabas unas películas cuya trama muchas veces te resultaba incomprensible, pero cuya magia no dejaba de fascinar tu fecunda imaginación infantil, con escenas o canciones que se quedaban grabadas a fuego en tu memoria, como a mi me sucedió por ejemplo con Sonrisas y lágrimas.

Esa televisión que sustituyó a la radio

De repente hubo que ir menos al cine para poder pagar las letras de la televisión. La radio seguía jugando un papel primordial a lo largo del día, porque las franjas horarias de los programas televisivos eran muy limitadas y sólo había una cadena.

El sábado era una fiesta, porque podías ver un par de series que causaban furor: Viaje al fondo del mar y Viaje a las estrellas. Con tus compañeros de clase jugabas a recrear algún capítulo en el recreo y años más tarde comprobabas que tus compañeros de generación también habían atesorado esos personajes y tramas en sus mejores recuerdos de la infancia.

Había programas que no te dejaban ver, como Historias para no dormir y, si llegabas a vislumbrar algún episodio comprobabas que podían hacer los honores al título. El teatro se colaba en las casas los viernes con Estudio 1, acercando a muchos hogares algo que sus moradores no hubieran conocido de otra forma.

Esa televisión de antaño que no tenía competencia y era supervisada por la censura, emitía concursos instructivos como Cesta y puntos o tan amenos y longevos como Un, dos tres, responda otra vez. E incluso azuzaba el ingenio con productos como Historias de la censura.

Por otra parte también se adaptaban algunas joyas literarias que invitaban a su lectura, como fuera el caso el Fortunata y Jacinta o Los gozos y las sombras. Algunos leímos a Galdós y a Sender incitados por las imágenes que habíamos visto en la televisión, descubriendo así el placer de frecuentar a dos genios literarios imprescindibles.

Las virtudes pedagógicas del medio televisivo

Pese a su mala fama, la denominada despectivamente “caja tonta” puede servir para formar, entretener e informar. La televisión puede invitarnos a la lectura de grandes creaciones literarias y despertar nuestra curiosidad e interés por las temáticas más variopintas. Todo depende lógicamente de su programación, como nos muestra en su sátira televisiva el director del film Tu televisor miente.

Debates como La clave de Balbín, programas de divulgación científica de Punset o concursos como Saber y ganar demuestras que calidad y audiencia no son cosas tan reñidas. En España se llegó a designar un comité de sabios para ver cómo cabía mejorar el medio televisivo, pero el culto al sensacionalismo ha impuesto sus reglas y un modelo de financiación basado en la publicidad.

Sin embargo, el canal franco-alemán arte muestra que hay otra forma de hacer las cosas. Cabe financiar una televisión pública de calidad, cuya programación combine la información con documentales instructivos, conciertos y películas tanto clásicas como contemporáneas que cabe visionar sin molestas interrupciones publicitarias.

Otro ave fénix

Al cine se le dio por finiquitado al comercializarse las cintas de video. Pero los festivales cinematográficos, donde todavía cabe disfrutar de pantallas y salas de buen tamaño, demuestran que las películas no saben igual compartidas con mucho público, por muy cómodo que pueda ser el sillón favorito en la sala de tu casa.

Los libros han corrido la misma suerte. Su formato habitual parecía no poder sobrevivir a las prestaciones de los dispositivos que permiten su lectura en formato electrónico. Pero el aroma y el tacto de un ejemplar en papel, cuya páginas pueden doblarse además de verse subrayadas, tampoco tienen rival. Conviene leer por cierto El infinito en un junco de Irene Vallejo sobre La invención de los libros en el mundo antiguo.

A la televisión también se le ha hecho más de un réquiem, como si fuese un invento trasnochado que tuvo validez en otra época, pero no puede rivalizar con otros dispositivos como las pantallas de los ordenadores portátiles, tabletas o teléfonos móviles. Pero lo cierto es que sigue resultando decisiva para dirimir los lances electorales o al menos eso piensan quienes protagonizan los debates previos.

Siempre se recuerda que Adolfo Suárez llegó a ser el primer inquilino de La Moncloa por haber sido Secretario del Movimiento y conocer la estructura que ayudó a desmantelar, pero quizá no fuera menos importante que también oficiara como director general de televisión española y conociera el medio a la perfección, lo que pudo resultarle de suma utilidad en sus estrategias comunicativas.

Las plataformas digitales

Aparte de preguntar “qué ves o has visto”, sería pertinente saber “dónde o cómo” lo viste. Sería curioso hacer estadísticas teniendo en cuenta el sesgo de la edad, para comprobar si la televisión sólo es frecuentada por los más mayores o los más pequeños. Es muy posible que nos lleváramos una sorpresa. Sobre todo porque cabe proyectar sobre su pantalla mediante nuestra red inalámbrica cualquier emisión a la que accedamos desde internet.

Durante la pandemia han aumentado los abonos a plataformas digitales para distraerse con series televisivas y películas de muy distinta factura. En esa ingente fronda de ofertas hay que guiarse para no llevarse una decepción y todos recurrimos a nuestras amistades para que nos aconsejen algo que les haya gustado, por aquello de las afinidades electivas.

Las hay muy bien ambientadas como por ejemplo Donwton Abbey, House of Cards, Madmen, The Crown o Vikings, que sirven para rememorar y conocer paisajes o recrearse con épocas pretéritas. Esa televisión a la carta tiene sus ventajas, porque cada cual es el responsable de seleccionar su propio menú o hacerlo para los menores a su cargo. Lo cual supone un sano ejercicio de autonomía y responsabilidad.

Informar y entretener formativamente a la ciudadanía

Una televisión pública de calidad financiada por todos, centrada en ofrecer una información fidedigna y programas educativos, bien puede complementarse con ese suplemento más centrado en el entretenimiento que brindan las plataformas digitales. En última instancia somos los máximos responsables de nuestra dieta televisiva y de la programación que consumen los menores o mayores a nuestro cargo.

La televisión puede convivir perfectamente con la radio, el ordenador, los móviles y las bibliotecas. De todo cabe abusar. El uso atinado del medio televisivo es enteramente cosa nuestra, como sucede con el resto de nuestros hábitos dietéticos e higiénicos.

Lejos de darla por desaparecida, como se ha hecho prematuramente con el cine o los libros en papel, habría que reivindicar una televisión pública de calidad, dotándola de los recursos adecuados para que pudiera prestar un gran servicio a la ciudadanía. Emular lo tosco en aras de una mayor audiencia y captación de recursos mediante la publicidad no parece un buen camino.

Contra lo que pueda parecer, el medio televisivo es una gran herramienta educativa que puede formar e informar mientras entretiene. Convendría no desdeñar esa triple función que prestaría un gran servicio a la ciudadanía, como lo hace la radio y cualquier otro medio de comunicación que prime su calidad.

Profesor de Investigación IFS-CSIC (GI TcP). Historiador de las ideas morales y políticas. Proyectos BIFISO (PIE-CSIC-CIV19-027), ON-TRUST CM (H2019-HUM5699), PAIDESOC (FFI2017-82535) y PRECARiTYLAB (PID2019-105803GB-I0), Instituto de Filosofía (IFS-CSIC).

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