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Eutanasia, un canto a la vida


La muerte de Sócrates, (Jacques Louis David, 1787), Wikimedia Commons / Metropolitan Museum of Art La muerte de Sócrates, (Jacques Louis David, 1787), Wikimedia Commons / Metropolitan Museum of Art

No hace tanto nos hubiera parecido algo imposible homologarnos con el ramillete de países donde la eutanasia no supone un delito. Quienes ahora se rasgan las vestiduras por ello, pueden que devengan en poco tiempo sus más ardorosos defensores e incluso beneficiarlos, como sucedió por ejemplo con el divorcio, sin que haga falta recordar nombres cuyos hechos demostraron esa mudanza.

Algunos representantes de ciertos partidos políticos plantean esta ley como un culto a la muerte, cuando más bien se trata justamente de un gozoso canto a la vida. Porque nada se opone más a las genuinas ganas de vivir o disfrutar de todo que un sufrimiento insoportable para quien lo padece y su entorno afectivo.


Nadie nos puede consultar si queremos o no venir a este mundo, pero algo cabe decidir a la hora de abandonarlo, si se dan unas circunstancias fatales e irreversibles en las que no cabe ninguna esperanza de mejoría por tratarse de una situación irreversible. 


Aquellos que gustan de guiar nuestro destino como si debieran tutelarlo, contra nuestra voluntad y de un modo paternalista, para velar por lo que a su juicio nos conviene muy a nuestro pesar, plantean este tipo de cuestiones como si se decretara una obligación para todos, cuando en realidad se trata justamente de lo contrario, al ampliar nuestro margen de libertad.


Imponer los propios criterios a los demás demuestra una gran inseguridad en esas convicciones que se pretenden universalizar por la fuerza, no precisamente de los argumentos, cual si fueran dogmas indiscutibles o verdades relevadas para los correligionarios (nunca mejor dicho) que deciden adoptar uno u otro credo religioso.


Nadie tiene por qué suscribir un testamento vital para clarificar su postura en unas circunstancias muy determinadas y facilitar con ello decisiones complejas tanto al personal sanitario como a unos atribulados familiares. Recurrir al expediente de la eutanasia es un trance muy malhadado que cualquiera preferirá rehuir, pero por ello mismo constituye una magnífica noticia que sea lícito hacerlo sin verse perseguido por las leyes como un peligroso criminal.


Quienes no ven este mundo como un valle de lágrimas, pueden decidir no seguir en él bajo condiciones inhumanas e incompatibles con una mínima dignidad. La vida no es un don divino, como algunos mantienen, sino algo mucho más apreciable y valioso. Es la condición sine qua non, absolutamente imprescindible, para todo lo demás ,y sin la cual no hay lugar para el deseo, las emociones o el amor.


Nada éramos antes de nacer, según señalan pensadores como Lucrecio y Schopenhauer. Sin embargo, al morir dejamos el recuerdo y la impronta de nuestra existencia entre quienes nos han tratado de una manera u otra, procesándonos respeto, cordialidad, pasión o cariño. Empañar ese recuerdo con la tristeza de interminables agonías no es el mejor legado que podemos dejar a quienes nos aprecian.


En medio de la pandemia nos encontramos con alguna que otra buena noticia. Que nuestro parlamento haya podido aprobar una ley para regular la eutanasia con todas las prudentes cautelas aconsejables, no deja de ser un acontecimiento muy positivo, en medio de tantas despedidas que no han podido consumarse y tantas muertes rodeadas de una desoladora soledad.


Hay sufrimientos que por desgracia no se pueden remediar y a veces ni tan siquiera nos es dado paliar. Prolongarlos representa en ocasiones una crueldad gratuita que no tiene sentido imponer a quien prefiera evitar padecerla. El terrible argumento de la película Camino, basado en hechos reales, nos confronta con lo que puede causar el dolor de algo tan contra natura como ver morir a una hija por segunda vez.

El cine ha tratado el tema en muchas ocasiones de una manera harto instructiva y con perspectivas muy plurales. Valgan los ejemplos de Mar adentro, Las invasiones bárbaras o Mi vida sin mi. Estar postrado durante años en una cama desde la juventud, despedirse de las amistades a una edad madura o vislumbrar cómo le puede ir a tu pareja e hijos cuando faltes, dejando misivas para sus futuros cumpleaños, nos relatan desde diversos enfoques cómo cabe afrontar el último episodio de nuestra existencia.

En el Séptimo sello Bergman hizo jugar a Max von Sidow una partida de ajedrez contra la misma muerte. Debemos celebrar que los ciudadanos españoles podamos desde ahora decidir enrocarnos para prolongar un agónico e inevitable desenlace, de ser esa nuestra última opción vital, o prefiramos dar por finalizado un fascinante juego que no merece la pena proseguir bajo ciertas condiciones, para dejar a nuestros deudos el grato recuerdo de otras gestas y tableros.

Profesor de Investigación en el IFS- CSIC (GI TcP) e Historiador de las ideas Morales y Políticas. INconRES (PID2020-117219GB-I00) / RESPONTRUST (SGL2104001) / ON-TRUST CM (2019HUM5699) y PRECARITYLAB (PID2019-105803GB-I0)

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