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EL PERIÓDICO
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¿Acaso nos dignifica lo que ahora se llama “trabajo”?


Que al ser humano le dignifica el trabajo es una tesis recogida nada menos que por la Biblia en sus primeros versículos y que, desde otra óptica, suscribe Karl Marx. Como decía Voltaire, un trabajo puede subvenir nuestras necesidades, alejarnos del vicio y matar el aburrimiento, aun cuando él mismo prefirió hacerse rico vendiendo relojes a sus acaudaladas amistades y dedicarse a escribir con comodidad unas obras que no le rendían tantos beneficios económicos.

Al final de su Cándido, el propio Voltaire nos recomienda dedicarnos a cultivar nuestro huerto, cual si fuera el jardín del Edén. Lo malo es cultivarlo para un dueño que se quede con los frutos del sudor de nuestra frente y encima nos pueda hacer pasar hambre, como les ocurrió a los campesinos irlandeses en tiempos de hambrunas ocasionadas por una racha de malas cosechas y Jonathan Swift llegó a plantear, con su habitual sarcasmo, que aquellos desalmados terratenientes debían comprar a los hijos de sus apareceros para comérselos directamente.

La Enciclopedia de Diderot fue revolucionaria, entre muchas otras cosas, por consagrarse a las ciencias, el arte y los oficios. Con ello se reivindicaba el trabajo manual de los artesanos, tan menospreciado por la nobleza del Antiguo Régimen, aunque sus miembros no desdeñaran esa prospera industria que les proporcionaba sus artículos de lujo. Las planchas con que Diderot ilustró muchos de sus volúmenes abrían las puertas de los talleres donde se fabricaba cuanto resultaba útil para lo cotidiano y describían los procedimientos de sus habilidades. La pandemia ha puesto de relieve qué profesionales y servicios resultan más imprescindibles, pero no se ha obrado en consecuencia.

¿Cómo cabría definir “trabajo”? En el Diccionario de la RAE esta palabra cuenta con dos acepciones, la segunda y la duodécima, que resultan significativas. Una nos habla de “ocupación remunerada”, mientras que la otra dice: “estrechez, miseria y pobreza o necesidad con que se pasa la vida”. Lo malo es cuando ambas acepciones vienen a coincidir y el tener trabajo no resulta incompatible con pasar necesidades.

Ahora vuelve a discutirse la cuantía del salario mínimo interprofesional en España. Es obvio que debería incrementarse y homologarse con el importe manejado en otros países de nuestro entorno más cercano. Con ello se reactivaría el consumo y se disminuirían los índices de un endeudamiento insostenible. ¿Acaso podrían vivir con un ingreso similar quienes abogan por dejarlo tal como está o hasta preferirían rebajarlo?

El argumento empresarial es generar más contratos y disminuir el paro, maquillando las estadísticas con unas contrataciones de quita y pon absolutamente volátiles. ¿A qué tipo de contratos están refiriéndose? ¿Acaso no son en su inmensa mayoría empleos temporales muy mal pagados que no permiten hacer planes a medio plazo? ¿No se contemplan retribuciones irrisorias que bloquean la emancipación de los jóvenes y les imposibilita plantearse cosas tales como fundar una familia? Las generaciones mejor formadas de nuestra historia reciente parecen condenadas a vivir peor que sus padres o a labrarse su provenir en otros lugares con un mercado laboral menos precario.

Hay trabajos que no merecen ese nombre, cuando ni siquiera permiten atender a las necesidades más elementales con cierto decoro. Tener una ocupación o un empleo nos hace sentirnos útiles y espolea nuestras capacidades e inventiva. Pero este quehacer debe rendirnos unos beneficios que nos permitan vivir con dignidad y no sobrevivir de mala manera.

La realidad es que muchos trabajadores ni siquiera reciben lo fijado por el salario mínimo interprofesional, dado que no se ven contratados a tiempo completo y, en caso de serlo, la duración del contrato abarca unos pocos meses o no tiene una garantía de continuidad, sino más lo contrario, dado que las prácticas resultan más baratas o ni siquiera son remuneradas, por lo que conviene dejar el hueco a lo más barato, una y otra vez en un círculo vicioso.

Hubo tiempos en los que se podía entrar como aprendiz en un taller, chico de los recados en una tienda o botones en una empresa, con la expectativa de que con algún tesón se podría escalar puestos y llegar a ser apoderado de banca o tener un puesto de alta responsabilidad en una compañía como Iberia (tal como le sucedió a mi hermano). Una vez que cruzabas el umbral del sitio donde trabajabas tenías una nueva familia, donde te socializabas y podías hacer grandes amistades.

En esos tiempos el ambiente social era muy solidario. Los niños podían jugar en las calles y a nadie se le pasaba por las mientes que pudieran hacerles daño intencionadamente, porque se veían protegidos de modo natural por cuanto les rodeaba. Te fiaban en las tiendas y el mejor pariente lo era quien vivía enfrente, porque todos los vecinos en un sentido muy amplio se ayudaban unos a otros.

Un lapso de dos generaciones ha bastado para cambiar las cosas radicalmente. La cooperación se ha visto reemplazada por una implacable competitividad que discrimina entre ganadores y perdedores. El pluriempleo ha dado lugar a un paro estructural. Del “sin oficio ni beneficio”, hemos pasado a oficios que pueden estar ayunos de beneficio alguno. Las letras de comprar a crédito (recordemos la de Plácido) se han visto reemplazadas por prestamos cuyos intereses pueden superar el capital y deudas que pueden persistir incluso una vez enajenada la propiedad.

Los intermediarios retienen dividendos que no reciben los productores o quienes prestan un determinado servicio. Una cadena de subcontratas va esquilmando el dinero público en procesos administrativos incomprensibles. Al declarar nuestros impuestos cabe asignar medio punto a la iglesia católica, como si no fuera un club privado que deberían financiar sus feligreses o asociados, detrayéndolo de gastos con un fin social.

Quienes nos dicen cómo debemos apretarnos el cinturón e imparten doctrina en sus mensajes navideños, acaban revelándose como auténticos gorrones que no contribuyen al fisco, desvían dinero público a bolsillos privados o sustraen directamente fondos para incrementar su propio patrimonio. Hay un ex-director del FMI en la cárcel, tras habernos vendido como ministro del ramo un milagro económico y dejar un pufo bancario que hubieron de pagar los contribuyentes. El rey emérito queda exonerado de posibles delitos por una inviolabilidad que sólo debiese afectar a las funciones del cargo, mas no a sus infracciones personales.

Los apellidos familiares van perpetuándose y heredando sus puestos en los consejos de administración, al tiempo que alientan lo contrario para sus empleados, al automatizar sus prestaciones, tras llevar a cabo fusiones o tender a monopolizar cierto nicho de mercado. Su influencia en las negociaciones laborales no conlleva una contribución impositiva proporcional a ese protagonismo, puesto que sus porcentajes quedan muy por debajo de las abonadas por los asalariados.

Pese a ello, alguno se ha hecho célebre por sus aportaciones presuntamente filantrópicas, que sería preferible canjear por imposiciones debidamente reguladas acordes con su vasto patrimonio. Kant indica que cualquier compensación hacia los más desfavorecidos nunca puede ser catalogado como un acto de caridad, sino la reparación de una injusticia social cometida previamente, sobre todo porque los recursos naturales nos pertenecen a todos desde una perspectiva cosmopolita.

A todo esto se añade la insurgente revolución tecnológica que parecía prometer, de nuevo una vez más, que los humanos quedarían exonerados de las tareas más fatigosas, asumidas por artefactos cada vez más complejos y sofisticados, al aparecer además en escena la Inteligencia Artificial y la robótica. Sin caer en la tecnofobía, cabe temer que puedan reproducirse los males descritos verbigracia por Dickens en algunas de sus novelas o por el Chaplin de Tiempos modernos.

En cualquier caso, la palabra robot proviene del término checo “robota”, que significa “servidumbre”, y el problema es que hemos asumido la progresiva “robotización” servil de los trabajadores humanos, degradando unos derechos laborales que brillan cada vez más por su ausencia y casi dan pie a hablar de neo-esclavismo. Lo que cuenta es el funcionamiento de la maquinaria económica y los operarios deben inmolarse a esa finalidad, como vemos en la célebre secuencia llamada “Moloch” del film Metrópolis de Fritz Lang.

Tal como señala Rousseau, la cohesión social se desmorona sin empatía y se dinamita con la desigualdad, cuando alguien es tan opulento como para poder comprar a un conciudadano y este tan menesteroso como para venderse. Como sentencia el Kant de Teoría y práctica, no se puede ser un ciudadano autónomo sin estar emancipado en cuestiones de subsistencia y dependemos de una voluntad ajena que pueda imponer sus criterios contra nuestra voluntad.

Así pues, que cualquier trabajo dignifique no deja de ser un mito, al depender de las condiciones anejas a ese quehacer. Lo será únicamente si nos permite allegar unos recursos con los que vivir dignamente, al margen de la clasificación social que pueda tener en un momento dado.

La existencia de trabajos que merezcan ese nombre, por no ser precarios y tender a la estabilidad, resultar sugestivos para quien lo ejerce y al tiempo interesantes para su contexto social, requeriría que cada ciudadano pudiese acceder a unos bienes materiales mínimos de subsistencia e, igualmente, a un disfrute del patrimonio cultural, dando por buena esa definición que hace Cassirer del ser humano como animal simbólico, cuya configuración responde sobre todo a improntas culturales, relegando unas determinaciones de índole macroeconómica que parecen tratar a la humanidad como un mero medio instrumental.

En este orden de cosas, tampoco vendría mal que cundiera la ejemplaridad institucional, y no me refiero únicamente a cosas tan obvias que acaban siendo encausadas en tribunales de justicia. Los líderes de la izquierda deberían ejercitar su autocrítica y tomar nota de las discrepancias, en vez de porfiar sin retractarse. Neruda nunca encontró incompatible simpatizar con un socialismo radical y vivir acomodadamente. Pablo Iglesias en cambio mantenía que podía comprender a la gente porque vivía como ellos, aunque ahora no pueda sostenerlo por haber mejorado su tren de vida desde que abandonó la universidad para devenir un político profesional. Sería más honesto reconocerlo y asumirlo como algo natural de lo que no cabría por tanto avergonzarse.

Profesor de Investigación IFS-CSIC (GI TcP). Historiador de las ideas morales y políticas. Proyectos BIFISO (PIE-CSIC-CIV19-027), ON-TRUST CM (H2019-HUM5699), PAIDESOC (FFI2017-82535) y PRECARiTYLAB (PID2019-105803GB-I0), Instituto de Filosofía (IFS-CSIC).

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