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EL PERIÓDICO
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Fernando Rodríguez Miaja, testigo de excepción del fin de la Guerra Civil en Madrid


En la muerte del decano del exilio republicano en México

Fernando Rodríguez Miaja era un hombre sonriente. Conversaba por doquier de manera tan transparente y jovial como la de un mozo quinceañero, pese a que tres años antes de fallecer, el pasado 27 de noviembre en Ciudad de México, había cumplido un siglo de fértil vida. Era el decano del exilio republicano español en México y prohombre del Ateneo Español en la capital federal. En la capital azteca, según sus allegados, festejó con champán el traslado de los despojos de Franco desde el Valle de los Caídos al cementerio madrileño de Mingorrubio.

Rodríguez Miaja había nacido el 11 de agosto de 1917 en la capital del Principado de Asturias. Allí discurrirían sus primeros años, rebasaría la pubertad e iniciaría estudios que, con el tiempo, culminarían con los de Ingeniería. Al llegar a Madrid, se emplearía como delineante pero, al sobrevenir la Guerra Civil tras el fracaso del golpe militar protagonizado por los generales sublevados Emilio Mola y Francisco Franco, se enroló como voluntario en la fuerza armada republicana. Una vez en filas y dada su excelente cualificación profesional, así como su disposición leal a la República, fue reclamado por su tío, el general José Miaja Menant (Oviedo, 1878-México, 1958), como persona de confianza.

Junto al general Miaja, corresponsable de la defensa de Madrid ante el asedio de las tropas facciosas, Fernando Rodríguez Miaja vivió jornadas cruciales de la contienda desde una plataforma de observación extraordinaria como la que le brindaba su cercanía al alto mando republicano. Por consiguiente, viviría también las desgarradoras y postreras fechas del primer trimestre de 1939 en las que Madrid se desangraba entre la traición de algunos, el rencor de otros y la desmoralización. “Yo era joven, soltero y sin compromiso y no podía suponer lo que vendría luego”, comentaba Fernando Rodríguez Miaja en conversación con este periodista durante una de sus visitas a la capital española, en 2015, tras pasar en México tres cuartos de siglo de exilio. “Aquellos no serían días heroicos y en el centro de mando todos pensábamos en cómo salir de aquel trance”, explicaba. Y añadía: “el Ejército republicano era ya de reemplazo, no voluntario; el hambre dañaba a la población y la moral combativa era muy baja”, nos comentó.

Como ayudante más próximo del también ovetense general republicano, Fernando sería testigo único de aquellas históricas fechas, de las cuales recordaba con especial emoción no solo las vividas en los sótanos del Ministerio de Hacienda, en la calle de Alcalá, apenas a un latido de la Puerta del Sol y última sede gubernamental del poder republicano; recordaba de manera indeleble las jornadas que pasó en el búnker subterráneo del parque de El Capricho, antiguo palacio de los duques de Osuna, en el barrio septentrional madrileño de la Alameda de Osuna, donde se hallaba enclavada la denominada Posición Jaca, último centro de mando militar de las tropas republicanas.

La posición, horadada en el subsuelo, en cuyo sótano fortificado Fernando se desempeñó como ayudante de su tío el general Miaja para asuntos de secretaría e información, sería escenario de desgarradores combates a quemarropa: de un lado, quienes se oponían frontalmente a la rendición y proponían proseguir la guerra, comunistas fieles al Presidente socialista Juan Negrín; del otro, anarcosindicalistas seguidores de Cipriano Mera (1897-1975) junto con un amplio sector del PSOE alineado con el dirigente socialista Julián Besteiro (1870-1940).

Los primeros pensaban que una inminente guerra mundial, a punto de estallar, permitía concebir esperanzas si la contienda en España se prolongaba, ya que en una futura coalición antinazi, figuraría la España republicana fortalecida dentro de tal alianza y capaz así de derrotar a los franquistas. Los otros, por el contrario, pensaban que la prolongación implicaba un sufrimiento inasumible para el pueblo español y recelaban de los comunistas. Unos sabían quién era Franco –el recuerdo de la represión de Asturias estaba vivo en su memoria- y preveían cómo se las gastaría con los derrotados. Mas el coronel Segismundo Casado (1893-1968), artífice de la rendición, que la urdía ya desde 1938 con contactos secretos con los golpistas, protagonizó un golpe de Estado contra el Gobierno republicano, confiándolo todo a que Franco se aviniera a una paz honorable y que antepusiera la solidaridad gremial castrense a la ambición irrestricta de poder por parte del general ferrolano. El antagonismo de unos y otros se exacerbó y el desacuerdo cristalizó en un golpe de Estado seguido de un conflicto fratricida. Centenares de muertos de ambos bandos cubrieron entonces las calles de la ciudad, que registró enfrentamientos incluso con carros de combate. Muchos comunistas fueron encarcelados y, al entrar las tropas de Franco en Madrid, serían apresados y pasados por las armas (*). Al terminar la guerra, sin una sola concesión de Franco a los rendidos, Casado huiría a Inglaterra, para regresar a España en los años sesenta y morir en el ostracismo. Julián Besteiro fallecería de enfermedad en la prisión de Carmona.

En su documentado libro, El final de la Guerra Civil, presentado en la librería madrileña de Marcial Pons en 2015, Fernando Rodríguez Miaja explicaba que su tío, el general republicano, se enteró por un telegrama y “a toro pasado” de la rendición incondicional del Gobierno y del Ejército de la República, con lo cual desmentía a quienes le tribuyeron concomitancias en los tratos secretos de los enviados de Franco con el coronel Segismundo Casado.

Familia secuestrada por los franquistas

El consumarse la derrota en marzo de 1939, Miaja y su sobrino viajaron a Valencia, luego a Alicante y de allí, en avión, hacia la ciudad costera argelina de Orán. Su éxodo continuaría hasta el puerto atlántico francés de La Rochelle, donde toda la familia del general, incluido su sobrino, embarcaron rumbo a La Habana. Tres años antes, el 17 de julio de 1936, la familia Miaja, a excepción del general y su sobrino, había sido secuestrada y encarcelada por los golpistas, cautiverio que duraría cinco meses, hasta su exilio en El Cairo. Un hijo del general Miaja, suyo, teniente de Asalto detenido en la localidad toledana de Talavera de la Reina, fue enviado a la prisión de Burgos. Sería canjeado por Miguel Primo de Rivera, preso con su hermano José Antonio, fundador de Falange, que sería fusilado en el penal alicantino el 20 de noviembre de 1936. Durante su visita de hace un lustro a Madrid, Rodríguez Miaja relataba con enorme gratitud que fue en Cuba donde su familia recibió la oferta de acogida del presidente de México, Lázaro Cárdenas, al que siempre consideró “un hombre indestructible”.

En aquella conversación con este periodista, ni un solo chispazo de rencor afloró de sus serenas palabras. Siempre se supo español y mexicano. Supo también sobrellevar el exilio con fortaleza y pese a las dificultades, se desempeñó en el país azteca como brillante ingeniero. La jovialidad de su carácter, su sentido del humor, el trato social afable que le acompañó siempre, hasta los 103 años de su edad, así como el cariño y la atención a su familia y allegados, más su estupenda memoria, serían pruebas de una maestría del vivir que la permitió apagar en su ánimo los fogonazos del atroz pasado bélico contemplado y vivido desde el último baluarte republicano.

(*) Ángel Bahamonde. Madrid, 1939. La conjura del coronel Casado. Cátedra. p. 132. ISBN 978-84-376-3267-4.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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