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El aliento de Trump sobre el cogote de Biden


Donald Trump va a seguir soplando con su poderoso aliento sobre el cogote del Presidente electo, Joe Biden. Así lo preludia el tardío desbloqueo político e institucional en Estados Unidos, tras la avenencia tácita –no explícita- adoptada a regañadientes por el candidato y aún presidente. Trump empieza a jugar sus futuras bazas políticas con mayor desenvoltura. Aspira a una reelección en 2024. Ya no necesita del histrionismo para moverse a su antojo. Sabe que aventar adecuadamente los 74 millones de votos cosechados en los recientes comicios va a convertir los primeros pasos de Joe Biden como Presidente en un tortuoso e infernal camino; a ambos lados de sus pies se abren los precipicios de posibles fracasos a lo largo de un escabroso sendero que serpentea por la estrecha arista de una puntiaguda cordillera de dificultades y desafíos.

El futuro presidente parece haber interiorizado el influjo de su antecesor. Así lo demuestran sus recientes nombramientos, un panel donde coexisten halcones y palomas, eso sí, torcaces, como corresponde a los más cualificados cuadros de un Partido Demócrata sin ideas propias y hasta ayer mismo desnortado, en una confusión que solo la tenencia directa de poder despeja por ahora. Las esperanzas puestas en el candidato presidencial demócrata, experimentado senador durante casi cuatro décadas, parecen trocarse, para algunos, en un ritornello encarnado en el belicismo de una Hillary Clinton, irresponsable inductora de guerras por doquier, el mismo impulso que la llevó a la derrota electoral frente a Trump. Tal vez sea solo sea un espejismo.

Pero conviene recordar que los 80 millones de votos conseguidos por Joe Biden, quien fuera ocho años vicepresidente con Barak Obama, no han procedido exclusivamente, como suele afirmarse, de aquellas personas tan solo descontentas con la errática, sonrojante e imprevisible conducta de Trump. Procedían también de aquellas personas sensatas que saben que Estados Unidos se encuentra al borde de una encrucijada civilizacional, donde no solo la hegemonía estadounidense en el mundo está en vilo sino que, además, todo el sistema de valores e instituciones vigentes cruje por doquier. El ronco aullido de sus crujidos demanda soluciones sociales y políticas de urgencia para encarar los gravísimos problemas políticos que el showman del tupé rubio no ha hecho más que exacerbar. Pero este aluvión de desafíos, sociales, raciales, económicos, hegemónicos, geopolíticos y geoestratégicos, ya existía desde bastante antes de su llegada a la Casa Blanca en enero de 2016. La policialización de los Estados Unidos emprendida por George Bush junior tras los atentados de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, tres mil muertes atroces, transformados en la coartada geoestratégica para recuperar el espacio perdido por Washington en el Medio Oriente –con un saldo de medio millón de víctimas y un millón de desplazados- , constituyó el primer y decisivo paso del empedrado que lleva a Estados Unidos a su actual declinación. No son tiempos de gendarmes mundiales, sino que más bien el mundo vive tiempos de colaboración entre Estados y pueblos ante la magnitud de los retos en escena.

Pese a ello, Biden, al menos de momento y a tenor de los pelajes ideológicos de sus primeros nombramientos, no parece haber entendido el mensaje ínsito en los votos de este sector sensato de la sociedad estadounidense. Es preciso restañar cuanto antes las heridas causadas por la triple crisis social, económica y existencial, que lesiona el tejido sociopolítico del país norteamericano. Allí se vive lo que en Sociología se denomina una situación de anomia, que significa la ausencia de pautas, valores, instituciones y normas para hacer frente a situaciones nuevas e imprevistas, de un inédito calado como las de ahora; pero anomia significa además la pérdida de los vínculos que mantienen cohesionada una sociedad y a sus individuos, déficit que puede y suele derivar en conflicto, confusión, incluso en suicidio, individual o colectivo.

Los valores de la cultura democrática que en su día coincidieron con la fase de esplendor estadounidense no parecen servir ya para afrontar la situación. Y ello porque las profundas transformaciones registradas en los sistemas de producción, de generación de riqueza y sustento, totalmente financiarizados, tecnologizados y poblados por la intermediación de individuos sin escrúpulos incapaces de crear valor, chirrían y no se corresponden con los entramados de instituciones y valores que les van a la zaga. La tecnologización de la actividad económica ha dejado fuera de la escena a la ingente mano de obra descualificada, señaladamente afroamericana, que vegeta por doquier sin rumbo. Nadie parece preguntarse allí hacia dónde galopa el ultracapitalismo financiero, que se mantiene a costa de reproducir la desigualdad social hasta extremos insostenibles que abocan al conflicto y al surgimiento por doquier de salvapatrias, de reciente recuerdo. Tal desafío no parece preocupar, por el momento, al presidente electo que, según sus adjuntos, bastante tiene en gestionar la herencia envenenada recibida de Trump.

Es difícil saber si la designación por Biden de individuos de la derecha más montaraz del Partido Demócrata para cargos de alta responsabilidad entre sus secretarios de Estado –para entendernos, ministros- es en verdad lo que ahora necesita el país o bien se trata de designaciones obligadas por el potente eructo que ha dejado Trump al admitir desocupar la Casa Blanca, con su estela oscura de riesgos de confrontación civil. En verdad, ¿se necesita un cubano anticastrista, que se declara furibundamente anticomunista, para regir la Seguridad Nacional? ¿Se necesitarán halcones proclives al intervencionismo militar en el extranjero para regir el Pentágono o llevar las deterioradas relaciones exteriores de Washington en el mundo? ¿De qué mimbres puede echar mano Biden para emprender una nueva política, una especie de New Deal social rooseveltiano como el que la gente más sensata y más empobrecida demanda allí indignadamente? ¿Tiene cantera el Partido Demócrata, baluarte de lo poco que queda en la perseguida y ninguneada izquierda progresista estadounidense, para dotarse de un Gabinete con ganas de atajar las sangrías sociales y sanar al cuerpo social norteamericano enfermo con recetas de progreso?

No parece que sea lo más conveniente echar mano de lo ya conocido del Partido Demócrata para taponar la hemorragia de credibilidad que este otrora gran partido sufre hoy. La designación de la fiscal progresista Kamala Harris para la vicepresidencia, parece, no obstante, una bocanada de esperanzador aire fresco. Se confía en que su presidencia del Senado pueda enderezar el torcido rumbo de la política exterior de Washington. Pero vamos a ver cuál es el margen de actuación con el que ella y su presidente cuentan para salir del pragmatismo de la real politick de los poderes fácticos allí en auge, tras desprenderse, momentáneamente, de un Trump que les ha sido funcional tras cumplir los cometidos deseados de ahuyentar de la carrera presidencial, con la ayuda del ala retrógrada del Partido Demócrata, a la izquierda socialdemócrata encarnada por Bernie Sanders.

La ya dolorida estructura social estadounidense se ve acometida por el empuje de una pandemia que ha desventrado la entraña más honda de las desigualdades sociales, con su saldo de racismo, xenofobia y desconcierto. Se han evaporado las pautas de un modelo de meritoriaje que garantizaba el ascenso social a los mejores, a los más esforzados; los mismos que se creyeron de verdad ese actual mito que en su día fue el sueño americano. La gente de a pie, la gente trabajadora, sensata y honrada de los Estados Unidos de América, aquellos que ahorraron y se endeudaron hasta las cejas para pagar unas carreras que garantizaran a sus hijos el merecido ascenso social, han llegado a saber, a pies juntillas, que ahora cualquier imbécil sin escrúpulos, analfabeto cultural y moral, de mente dolarizada, con meros conocimientos sobre triquiñuelas fiscales y poco más, puede encaramarse en la cumbre de Wall Street, en los despachos del Tesoro o, incluso en la Avenida de Pennsylvania 1600. Biden tiene que restablecer la movilidad social de quienes se esfuerzan por avanzar sin dar codazos al prójimo, con su propio ímpetu.

Según los analistas sociales norteamericanos más lúcidos, tal desfondamiento del sistema meritocrático ha sido uno de los principales vectores de cuantos han cuarteado allí las bases de la legitimación del sistema. Y sin legitimidad, el edificio de las leyes se desploma. Así despuntó tal amenaza, con todo su ruidoso estruendo social de violencia durante los conflictos posteriores al asesinato a manos de un policía del afroamericano George Floyd. La sociedad estadounidense más sana, la que abomina de la proliferación de millones de armas de fuego, la que rechaza la conquista o invasión de países foráneos, la que detesta las arbitrariedades del capitalismo financiero y la mera dolarización de la vida, está pidiendo a gritos que Biden se comprometa con las esperanzas que le llevarán a la Casa Blanca. Es preciso recordar que las guerras se ganan en las primeras batallas y la que ahora libra Biden no muestra ni el empuje ni la sorpresa que anteceden siempre a la victoria. Todo sea por la prudencia, virtud política tan importante como necesariamente transitoria, para dar paso libre a la audacia. Habrá que aguardar los cien días de rigor para ver por dónde despunta el sol.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.