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La conjura de los incapaces

En medio de la mediocridad del sistema político actual, España lleva sumergida en una paramnesia continua desde el mes de marzo.

Está bien traída esa frase popular de “tenemos lo que nos merecemos”, que aunque sostiene mucha generalidad injusta, además de algunas trampas de las que situándote en el lugar de víctima no es fácil escapar, es ese terrible espejo al que asomarse de vez en cuando, para someternos a la necesaria introspección que hay que saber encajar y enfrentar, cuando las cosas resultan altamente reveladoras de la naturaleza del propio país.

Una falta de organización sumada a la incapacidad de los políticos para superar su visión cortoplacista y electoralista, debería obligarnos a ser más exigentes con lo que estamos dispuestos aceptar y olvidar, ya ni tan siquiera cabe aquí la posibilidad de conjugar el verbo perdonar.

Parece imposible tolerar que hayamos llegado a octubre sin haber hecho lo que sobradamente todos sabíamos que teníamos qué hacer y no hemos hecho, no sólo por ahí hemos pasado, además se ha transigido con la delirante y perturbadora dinámica del infinito mareo con el que hemos estado las personas asfixiadas, en especial las últimas semanas, con mensajes irreverentes, contradictorios y cambiantes entre las distintas administraciones.

Cuando falta la crítica entre quienes tienen que asumir errores, se aboca al país a la desafección hacia la clase policía pero también hacia sus instituciones, pero si además no se avanza hacia el cambio, y se queda suspendido sempiternamente en palabras floridas que llaman al revisionismo y que invocan a dar una vuelta más a las cosas, no es menos verdad que el país se dirige al desastre más absoluto.

Las últimas semanas han transcurrido en enredos de luchas de poder, en ejercicios y malabares imposibles de jerarquía entre unos y otros que se disputan su cuota de poder, que a nadie importan cuando la cuestión fundamental es que haya alguien al volante. El tiempo mientras tanto, no cesa y no perdona, y con lítotes, nos interpela a recordar la escalofriante situación en la que se haya un país al que otros miran con estupor y desazón.

Podemos transportarnos casi doscientos años atrás y recordar el célebre texto de Larra “Vuelva usted mañana”, que hoy podemos afirmar y con razón, que no pertenece a una reserva del costumbrismo pasado de nuestro país, pues muy al contrario, representa una impronta evidente que nos ha llevado hasta nuestros días a seguir caracterizándonos por aplazar las cosas.

Sorprende escuchar en algunos foros que las estrategias de comunicación han fallado, largas tertulias dedicadas a retroalimentar la grandilocuente mercadotecnia desplegada en ciertos actos. No deja de asombrarme que el paradigma sea que la comunicación ha fracasado. Antes que la comunicación, que a todas luces ha sido devastadoramente nefasta, y así es como hemos contemplado desfiles de comparecencias, en ocasiones eternas y en todas con la digresión como elemento principal de la locución, lo que ha faltado, lo que es manifiestamente flagrante, ha sido la ausencia de un plan y de un liderazgo para elaborarlo y después saber desarrollarlo. La política, que no la comunicación política, es lo que ha fracasado. Cuesta decirlo, cuesta aceptar que esto sea así, pero cuesta más asumir que sea dentro de un escenario pandémico, como si de un terrible cuento de Edgar Allan Poe se tratara, que terminará en un gran funeral, no sólo protagonizado por las inquietantes y todavía hoy desconocidas cifras reales de muertes que hay en España, sino también por todas las víctimas de este gran crack del 20, que serán muchas aún para cuando esto haya tocado a su fin. Me temo que el mirar más allá de lo que constituyen las fronteras naturales de España, no ha sido ni vaya ser un objetivo dentro de esa ausencia absoluta de plan.

Me temo que las grandes medidas a futuro ya no consuelan, me temo que si en un plazo asumible no hay respuestas eficaces a los grandes problemas que tenemos que empezar primero por visualizar, seguiremos contentándonos con pequeñas cosas anunciadas a bombo y platillo.

Probablemente haya algo peor que no saber cumplir el papel que te otorga la sociedad como dirigente y sea no saber asumir que esto acaba arrastrando al conjunto de la sociedad al abismo. No por casualidad tenemos las peores cifras, no por casualidad encabezamos las listas con los peores índices de recuperación, y no por casualidad seguiremos liderando los peores pronósticos si no hay un despertar colectivo. No parece que la política vaya a dar una respuesta tampoco esta vez, no parece que el plan mejor sea seguir esperando, como sucedió en épocas anteriores donde la inacción colocó a una España tímida tras la ventana, observando cómo otros países no sólo salían de la crisis del 2008 más rápido sino también mejor.

Seguimos desaprovechando a este país, ninguneando a su gente que tiene que seguir emigrando para encontrar una vida mejor en un país que le reconozca como profesional, seguimos sin incorporar la meritocracia en nuestro vocabulario y seguimos premiando lo vulgar y el enfrentamiento como modo de entretener.

Mientras, otros se acercan al progreso, cuidan de los suyos y aprenden de momentos anteriores donde el perdón todavía cabía en el lenguaje natural.

No me gusta caer en el maniqueísmo, me gusta saber aislar las cosas y situarlas en su contexto, y por supuesto ni todo es tan malo aquí, ni el resto de cosas que están pasando en otros países tan merecedoras de nuestro interés. Basta con dejar un gran espacio en el tablero para que entre la humildad y ver cuál es la idiosincrasia de nuestro país. Ya no queda tiempo para la reflexión ni para las reuniones y comités caricaturescos, es el momento de actuar.

La paciencia tiene un límite, también para los que sabemos esperar.