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Notas sobre 1968 (8). Canciones y protestas

Como otros recitales clandestinos, semiclandestinos o semiautorizados, que se daban en el país, el recital de Raimón -No, jo dic no, diguem no-, celebrado el día 18 de mayo en Madrid, fue más que una mera expresión artística.

Con el vestíbulo de la facultad de Económicas de abarrotado por un público entregado, se convirtió en un abierto acto de reclamación política -Al vent, la cara al vent-, en una universidad enfrentada a la dictadura, cuyas autoridades respondían sancionando a alumnos y profesores, clausurando aulas, cursos, facultades o universidades enteras, según fuera el nivel alcanzado por las protestas.

Interpretado en catalán, el recital fue también un acto de reivindicación cultural y afirmación identitaria, cuyo origen estaba temporalmente más atrás.

En los años sesenta, como reacción a la copla andaluza, a la canción aflamencada y a la música comercial nacional y extranjera, que saturaban el espectro radiofónico, y, sobre todo, como afirmación de las culturas autóctonas regionales, surgió una corriente musical más comprometida con el momento, interpretada en catalán, gallego, vascuence y también en castellano. Aunque también recibió la influencia de la música de autor, que, desde otros países, se colaba por las rendijas de la censura.

Sin que las autoridades pudieran evitarlo, el aire de la libertad llegaba con la vecina chanson, no sólo con el “pop” comercial de la canción ye-yé para bailar, sino con la canción para escuchar, de autores como Georges Brassens, Leo Ferré, Jacques Brel, Jean Ferrat, Juliette Greco o Georges Moustaki, donde latían el romanticismo, la nostalgia, la queja y la denuncia, el anarquismo, la bohemia o el existencialismo, y con la canción de protesta de Estados Unidos, compuesta en baladas con ritmos y armonías del blues, el folk y el country, de juglares como Woody Guthrie, Pete Seeger, Bob Dylan, Joan Báez, Phil Ochs, el Kingston Trío, Peter, Paul y Mary y tantos otros, denunciando lo que no funcionaba en la sociedad opulenta y avisando de que el tiempo estaba cambiando, sin que hiciera falta ver el parte meteorológico para saberlo. Los tiempos están cambiando -vuestro sistema se está haciendo viejo, los tiempos están cambiando- es una canción de Bob Dylan del año 1964; La respuesta está en el viento, otra inquisitiva balada meteorológica, es del año anterior.

El grupo catalán Els setze jutges, formado por músicos, cantantes, escritores, actores y periodistas, abrió el camino a un tipo de cultura autóctona y coetánea, que pretendía separarse de la rancia, encorsetada y centralista cultura oficial, para hacerse eco de la etapa de cambios que vivía España, aún con cierto retraso respecto al resto de países del bloque occidental.

En el campo musical, este grupo pretendía ensayar nuevas formas, abordar otros temas en las letras, conservar sonidos tradicionales o incluso recuperar música antigua, aunando tanto la protesta, como la creación y la investigación. En la canción interpretada en catalán, mallorquín o valenciano, las figuras más relevantes de esa corriente, conocida como la nova cançó (nueva canción) fueron Nuria Feliu, Francesc Pi de la Serra, Teresa Rebull, Pau Riba, María del Mar Bonet, María Dolors Lafitte, Guillermina Mota, Raimón, Joan Manuel Serrat, Lluís Llach, Jaume Sisa, Ovidi Montllor, Marina Rossell y Xavier Ribalta, entre otras. Barcelona, mucho más cosmopolita que Madrid -capital del Estado, pero todavía un mesetario poblachón-, se convirtió en centro de difusión de la nova cançó y de la emergente cultura contestataria, no sólo catalana, lo que parecía coherente con su condición de capital editorial del país y territorio culturalmente más avanzado que el resto por su ubicación fronteriza.

En otras latitudes se percibía un espíritu semejante, orientado a la búsqueda de raíces populares, del sentido profundo y verdadero de la cultura “del pueblo” -de los “pueblos”-, extraviado por la guerra civil, sofocado por el desarrollo capitalista y sepultado por la cultura de pacotilla que patrocinaba el franquismo. De ahí procedía el interés de buscar en romances, cancioneros, coplillas, villancicos, canciones infantiles, refranes y cantigas, y en la obra de poetas, el auténtico sentir popular, incluyendo melodías y armonías, recuperando, incluso, instrumentos antiguos para lograr ejecuciones más fieles al sonido original.

Surgió así una legión de modernos juglares en lengua catalana, gallega y vascuence, además de la castellana, con sus diversos acentos y variedades fonéticas; autores de sus propias canciones o compositores de música para los versos de poetas como Antonio Machado, Salvador Espríu, Gabriel Celaya, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Gabriel Aresti, García Lorca, Rosalía de Castro, Celso Emilio Ferreiro, Joan Vergés, León Felipe o Blas de Otero.

Entre estos juglares estaban Paco Ibáñez, Luis Eduardo Aute, Joaquín Díaz, José Antonio Labordeta, Chicho Sánchez Ferlosio, Vicente Araguas, Benito Lertxundi, Mikel Laboa, Lourdes Iriondo, Xabier Lete, Imanol, Suso Vaamonde, Urko, Hilario Camacho, Julia León, Luis Pastor, Adolfo Celdrán, Elisa Serna, Rosa León, Patxi Andión, Víctor Manuel y tantos otros y otras…Y grupos como Aguaviva, Nuestro pequeño mundo, Almas humildes, Canción del pueblo, Jarcha, Nuevo Mester de Juglaría, Voces Ceibes, Los Sabandeños, La bullonera, Oskorri…, que representaban lo que entonces, por huir del término anglosajón folklore, se llamó música de raíces, canción protesta o canciones “con mensaje”, como había películas “con mensaje”, entendido como el sentido oculto dirigido a los espectadores para burlar la vigilancia de la censura. Era un efecto del hábito de leer “entre líneas” lo que publicaba la prensa para intentar desvelar lo que el Régimen ocultaba.

Despacio, abriéndose costosamente paso entre las trabas administrativas a la difusión, grupos corales y cantautores fueron mostrando a un público creciente el cambio que se estaba produciendo en la expresión cultural y en la propia evolución del país. Canciones convertidas en himnos del momento y en señas de identidad de una generación señalaron, en competencia con influencias de procedencia extranjera, la modernización y diversificación que se estaba generando en el país y acompañaron las quejas de la gente, las demandas de las incipientes fuerzas de la oposición, las luchas de los trabajadores, de los estudiantes y del movimiento vecinal, durante los últimos años de la dictadura y la etapa de la Transición.

Después, restaurado el régimen democrático, la superficial subcultura de la movida, que musicalmente fue la banda sonora del narcisismo, la frivolidad, la despolitización y el desencanto, acabaría con los cantautores.

Silenciosamente desaparecieron de escena, acallados por el bullicio de una música intrascendente, que, en términos generales, difundía el mensaje hedonista, individualista y políticamente alienante de una nueva generación, presta a disfrutar de lo alcanzado por el esfuerzo económico y político realizado por la precedente. Los tiempos estaban cambiando, pero el aire soplaba ya en otra dirección.

Cantautor a tus trincheras

con coronas de laureles

y distintivos de honor,

pero no des más la lata,

que tu verso no arrebata

y tu tiempo ya pasó…

 

¿Qué fue de los cantautores?

Aquí me tienen, señores,

aún vivito y coleando

y en estos versos cantando

nuestras verdades de ayer,

que salpican el presente

y la mierda pestilente

que trepa por nuestros pies…

Luis Pastor: “¿Qué fue de los cantautores?”

Todo ello estaba presente intelectual y emocionalmente en el público que entonces asistía a recitales como el de Raimon en la facultad de Económicas, el cual, a pesar de estar autorizado por el decano, concluyó con cargas de la policía, una manifestación de protesta y la prohibición, al cantante, de volver a actuar en Madrid. Protestar tenía su coste.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).