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"Razones para el entusiasmo"


Con lo que está cayendo ¿hay razones para el entusiasmo? La cuestión es importante. Sin entusiasmo no habrá energía suficiente para superar la crisis que nos golpea desde tantos frentes. Y el entusiasmo solo puede activarse desde una perspectiva que preludie mejoras para la vida de las personas. Partamos una certeza: de los seres existentes, el ser humano es el único que puede comprender y explicar las leyes que rigen el comportamiento del Universo. El Sol no sabe quién es; pero nosotros sí sabemos qué es el Sol y cómo actúa. El gran desafío de cada ser humano y por ende, de cada comunidad, reside en la posibilidad de autoconstruirse. El reto es apasionante porque, al cabo, descubre que nuestra existencia individual y colectiva puede asemejarse a una obra de arte. Los cimientos de ese edificio con el cual vamos a edificarnos proceden de la experiencia de generaciones precedentes y de quienes nos circundan. Somos seres sociales. No estamos solos. Con su energía construiremos la nuestra y ello fundamentará el entusiasmo con el cual, cambiar a mejor nuestro atribulado mundo será ciertamente posible.

¿Cuál es hoy esta perspectiva capaz de desencadenar la pasión entusiasta que venza la crisis descomunal en ciernes activada por la pandemia y se traduzca en mejoras para cada cual y para [email protected]? Esa mirada, tal perspectiva, exige examinar la situación concreta en la que nos encontramos. Y reflexionar. Nos ceñiremos a los intereses y situaciones de la juventud en edad de trabajar. ¿Por qué? Porque es el sector social que más futuro vital tiene por delante y el que más perderá si no consigue superar los enormes desafíos que le salen al paso y nublan su horizonte. Sin embargo, es el mismo sector social que podría acumular más energía y disponer de más fuerza con la que acometer los cambios cuya necesidad salta a la vista y que la realidad pide a gritos realizar. Su entusiasmo resulta clave para resistir la crisis y lograr los cambios.

Al igual que los pintores hiperrealistas nunca acaban sus lienzos porque siempre pueden dar una pincelada más, al análisis aquí requerido será preciso poner un límite entre las múltiples variables a tener en cuenta. Vamos a elegir dos variables: la posición social de los jóvenes en edad laboral y su papel en la sociedad. Distinguiremos los que tienen empleo y los que no lo tienen; en estos, la precariedad se da por descontada. Y entre los empleados, fijémonos en los que viven también en situaciones precarias. ¿Qué porcentaje de los que tienen empleo cuenta con suficientes ingresos como para llevar una vida sin agobio económico? ¿Cuántos son capaces hoy de trazar, con líneas seguras, su proyecto vital? ¿Un 15%, un 10%? ¿O es menor aún? Primera conclusión: la mayoría aplastante de la juventud en edad de trabajar vive precariamente, agobiadamente. Ello significa que no puede desarrollar con libertad un plan de vida acorde con sus aspiraciones. ¿Cuáles son los roles, los papeles que desarrolla este importante segmento en la escena social y política?: papeles subalternos, secundarios, irrelevantes; incluso, marginales.

¿A qué obedece esta falta de peso social y de importancia de los jóvenes en edad de trabajar?: a la precariedad económica, en primer lugar, como causa objetiva. A esta hay que añadir las causas subjetivas: ¿qué están haciendo los jóvenes en edad de trabajar, con subempleo o en paro, por salir de sus adversas condiciones?: “nada”, dirán los adultos más escépticos; “formarse”, argumentarán por su parte los más benévolos. Pero muchos jóvenes saben que su formación, incluso universitaria, hoy por hoy les servirá de muy poco en el sacrosanto mercado de trabajo, a menos que éste cambie y el sistema deje de ser un mecanismo que reproduce la precariedad. La otra parte, la que no se está formando, parece abandonada a su suerte, instalada en la desesperanza: todo un torrente de renuncias, pesares y evasiones anega su horizonte vital.

Un grupito exiguo de privilegiados, formados en costosos masters de universidades privadas, es cooptado para las más altas misiones y regir el sistema, siempre y cuando se muestre dócil en la tarea de segregarse del conjunto para castigarlo al antojo de sus mentores, de sus progenitores.

¿Cuál es el obstáculo principal que determina esta situación y condena a la juventud a la irrelevancia? Hay muchas respuestas. El que esto escribe cree sinceramente que en el origen se encuentra el sistema de capitalismo financiero que rige la sociedad occidental, en general y la española con particular virulencia. Contra ése capitalismo de rapiña, la izquierda política y sindical española y europea tratan de rectificar, con medidas de política social correctoras, las principales barrabasadas que ese sistema impone. Pero esas medidas, si bien son necesarias, resultan insuficientes. Un mero microorganismo como el virus corona ha puesto patas arriba todo el sistema y existe el riesgo de que el capitalismo financiero aproveche el caos para infligir más castigo aún, más paro, más precariedad, más marginación, a la mayoría en la que la juventud figura.

¿Cuál es el núcleo del capitalismo financiero? La anteposición de los intereses de un puñado de individuos ególatras, amorales y mezquinos, agrupados en una clase, frente a los intereses de la mayoría social en la cual, precarizados y sin horizonte vital, se encuentran los jóvenes en edad de trabajar, así como otros sectores sociales asimismo golpeados. Pero la cuestión crucial consiste en que aquella clase de los individuos amorales, el uno por ciento de la población, se ve dotada el inmenso poder de unas estructuras que imponen su perfil a la realidad social y política, contando, entre otras armas, con sus medios de incomunicación: se apropia de la riqueza generada por el trabajo de todos; se adueña de la tecnología, con la que reduce el empleo; margina laboralmente a la mujer; controla los mercados; negocia con las armas; monopoliza el comercio; impone una sociedad de consumo basada en el despilfarro; explota irresponsablemente el medio ambiente…, aún es capaz de impregnar las mentes de buena parte de la sociedad precaria, de sus mismas ideas y sus gustos. Al modo de la metástasis, reproduce exponencialmente su tumor egoísta en los sectores más vulnerables de la sociedad, señaladamente los jóvenes. De tal manera, la sociedad regida por ese sistema de rapiña perpetúa las clases, enfrenta a la sociedad consigo misma y expande la desigualdad, la injusticia, la desesperación y la pobreza.

Como vemos, el círculo de la tragedia se cierra. Aunque, no solo son responsables del actual estado de cosas los individuos adscritos a una clase dominante que ejerce omnímodamente su dominio; lo son también las clientelas e instituciones por ellos creadas y, sobre todo, las estructuras socioeconómicas regidas por supuestas leyes de hierro de las cuales hacen creer que son inalterables y para siempre.

Nada de eso. La economía regida por el capitalismo financiero es una de las formas –quizá la más abyecta y aparentemente anónima- de dirigir la economía: impone sus leyes a sangre y fuego. Pero, en la escena social y política, es posible introducir -mediante la lucha organizada- otros modos de organizar la economía para avanzar hacia una sociedad igualitaria, próspera y posible.

La meta de conseguir esa nueva sociedad requerirá de un extraordinario potencial de entusiasmo: ¿tienen derecho los jóvenes a una existencia sin agobio, con proyección vital, que haga aflorar la ilusión que reside en sus anhelos de libertad, de paz, de solidaridad y de justicia? ¿Tienen derecho a poseer y trazar su futuro? Naturalmente, sí. ¿Qué hacer para conseguirlo?


Paso a paso


“No hay atajo sin trabajo”, dice el aserto popular. La tarea no será fácil, es preciso que esto se sepa. El punto primero es tomar conciencia de la situación que cada uno, personalmente, vive; dedicarse un tiempo a reflexionar sobre uno mismo. El punto segundo consiste en entrar en contacto con quienes se encuentran en situaciones semejantes: nadie está solo en este combate. El tercer paso implicará idear, con [email protected] [email protected], un germen de organización democrática que, de manera evidente, dará paso a una posición del individuo y del grupo más fuerte que la que deriva de la impotencia de la soledad. Y el penúltimo avatar consistirá en decidir, colectivamente, cómo enfrentarse eficazmente a esa adversidad compartida. Para ello habrá que fijarse en el contorno inmediato –curro, tajo, instituto, barrio, calle-, una serie de objetivos a conseguir a corto plazo; serán objetivos al alcance de la mano, tácticos; y, posteriormente, trazarse otras metas, a largo plazo, o estratégicas que, congruentes con las anteriores, a las que darán sentido, propiciarán el cambio.

Es preciso percatarse de que estos pasos están siendo dados ahora mismo ya por muchos otros colectivos y que, además, fueron emprendidos antes por numerosas generaciones: con luchas semejantes, lograron conquistas económicas, sociales y políticas, en situaciones a veces más adversas que las que se afrontan ahora; con ellas redujeron la miseria, la represión y la impostura. Con sus luchas, permitieron arrancar cotas de libertad, democracia y bienestar que la voracidad capitalista pone hoy en gravísimo peligro.


[email protected]

Culminada la fase organizativa, será preciso buscar aliados. ¿Dónde? En otros segmentos sociales que afrontan situaciones parecidas. Por ejemplo, los sectores adultos con trabajo, los que permanecen años en paro o los pensionistas. También ellos encaran adversidades. Craso error el de pensar que el conflicto es horizontal, entre los jóvenes y ellos: estos otros sectores libran asimismo su combate contra los poderosos. Como el de los jóvenes, es también un conflicto vertical, contra la cúspide del poder injusto que despliega a su alrededor ese capitalismo financiero al que nadie ha elegido ni votado, pero que hace y deshace a su antojo nuestras vidas, incendia el mundo con guerras y llena todo de infelicidad y sufrimiento. A cambio, dice ofrecer una sociedad de consumo, como si comprarte una camiseta o unas deportivas diera sentido a tu vida…

De los aliados llamémosles, adultos, cabrá obtener experiencia de lucha. Nadie parte de cero en esta vida. Todos recibimos casi todo, vida, lengua, cultura, mimbres para existir, de quienes nos precedieron. Pero la capacidad de combinar lo recibido de una manera propia, de cada uno y de cada generación, con su peculiar impronta, nos pertenece.

Instrumentos

¿Qué herramientas brinda el panorama, qué es lo que hay a mano para fortalecer las demandas y reivindicaciones económicas, sociales y políticas? Hay tres elementos importantes, aquí y ahora, pero generalmente en desuso por parte de los jóvenes: la Constitución, los sindicatos y los partidos. Los tres exigen reformas, cierto; pero todavía ofrecen sólidos mimbres de actuación legal y política para encauzar las luchas: pensemos, por ejemplo, en la vigencia formal de las libertades de asociación, expresión, el derecho a la información y a la huelga… Pensemos en su poder de convocatoria y en sus locales, para reunirse y adoptar iniciativas. La reforma de tales instrumentos puede integrar parte de los objetivos de las nuevas organizaciones. Pero la meta final de jóvenes, adultos y pensionistas será el cambio de sistema: se tratará de arrojar de la escena a ese capitalismo financiero que ni da trabajo, ni crea felicidad alguna, ni genera riqueza más que para sernos arrebatada a quienes la creamos con nuestras manos y nuestras mentes, por parte de unos pocos, los de siempre: los que cercenan la democracia, se ríen de ella cada hora que pasa y los que contaminan a los demás con su ideología cuajada de egoísmo. De la práctica y de las experiencias de la lucha surgirá, esclarecida, la teoría que guíe los pasos hacia el futuro.

De toda esta batería de propuestas, ¿dónde está el entusiasmo? El placer está en la víspera, dice el adagio. El entusiasmo reside en la imaginación, en planificar solidariamente la lucha y en la lucha misma, a sabiendas de que lo resultante será mucho mejor de lo que actualmente se tiene, porque hoy ya apenas puede empeorar. Hay una emoción profunda e inigualable cuando una meta vital, humana, económica, social, sindical o política se consigue tras unir los hombros de mujeres y hombres para lograrla. Es entonces cuando la brisa de la historia sopla sobre nuestros rostros y percibimos, con certeza, que el mundo se mueve y avanza: no hay metas imposibles. El entusiasmo se convierte así en una fuerza arrolladora. Es lo único que nadie puede arrebatarnos. Con entusiasmo y la palanca de la razón, el futuro puede ser nuestro, de [email protected]

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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