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Notas sobre 1968 (6). Curas rebeldes

Otro factor de erosión de la dictadura fue la movilización contra el Gobierno emprendida por una porción del bajo clero, comprometido con la cuestión social y la cuestión nacional.

La actividad opositora de seminaristas y curas jóvenes revelaba la división en la Iglesia entre una jerarquía vinculada al Régimen y un sector disidente del clero llano y la feligresía, más sensibles a los cambios en el mundo y proclives a aceptar las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que en España cayeron como una pedrada, según el cardenal Tarancón, pues la Curia permanecía uncida a la dictadura y aferrada a los privilegios obtenidos en la cruzada.

Pero el clero joven, comunidades de base y un sector minoritario de la Curia, en singular, vasca y catalana, se fueron apartando del Régimen y señalando cuál debía ser el lugar de la Iglesia, que era lejos del poder y cerca de la gente. La jerarquía debía separarse del Estado dictatorial y acercarse a la sociedad.

Con frecuencia la crítica iba más allá del propósito del Concilio y se extendía a la situación de la Iglesia en el mundo, instalada en el sistema capitalista y cerca del poder político o económico, despótico o democrático, siempre que le permitiera acomodarse a su amparo.

La Curia respondía a estas críticas ejerciendo la autoridad -Roma locuta, causa finita-, imponiendo silencio, trasladando a los disidentes y amenazando con la “suspensión a divinis” o la excomunión.

Frente a la poderosa institución uniformada -jerárquica, burocrática, intolerante y plenamente integrada en las hechuras del Régimen-, dirigida por la Curia con la misma frialdad que una empresa multinacional -una multinacional de la fe-, surgía desde abajo una queja que reclamaba el derecho a expresarse dentro de la Iglesia, trataba de parecerse a la gente corriente, viviendo y vistiendo como ella -la sustitución de la sotana por el clergyman (el alzacuellos) suscitó una gran polémica-, y demandaba sencillez, autenticidad y pobreza franciscana ante una jerarquía privilegiada y prepotente.

Curas de base y grupos cristianos fomentaban la vida comunitaria, las liturgias sencillas y participativas, la misa como asamblea -ecclesia-, más cercana y espontánea, y ofrecían una visión distinta de la religión -religare, volver a unir, o relegere, volver a leer-, pues frente al Dios autoritario y justiciero, aliado del poder, mostrado por la Curia, que justificaba la dictadura en cartas pastorales, homilías, sesiones de catequesis y obligatorias asignaturas de dogma católico, las comunidades de base mostraban un Dios misericordioso, justo y liberador, que estaba al lado de los pobres y los perseguidos, y, sobre todo, un Cristo políticamente rebelde y más bien tercermundista.

De las bases, como una natural prolongación política de la caridad y de la compasión, surgía un humanismo socialista o un ingenuo comunismo cristiano, radical e igualitario, derivado de la tajante afirmación de que Jesús fue el primer comunista, que espantaba a la jerarquía, pero acercaba la iglesia militante a la izquierda menos dogmática, creando un marco propicio para un diálogo entre católicos y comunistas, entre cristianos y marxistas, que iba aún más allá, al mostrar la relativa facilidad para pasar de las filas de uno a las del otro, como se pudo comprobar poco después, pues una sociedad democrática y sin clases estaba más cerca del ideal evangélico que una sociedad clasista con un gobierno dictatorial.

En este contexto surgió el fenómeno de los curas obreros, curas de izquierda, algunos de ellos seguidores del socialismo, el comunismo o los nacionalismos regionales, como Juan Mari Zulaica, Felipe Izaguirre, Mariano Gamo, Francisco García Salve, Jesús Fernández Naves, José María Xirinachs, Xabier Amuriza, Francisco Botey, José María Llanos, Carlos García Huelga, Diamantino García, Pedro Casaldaliga y Vicente Couce, entre otros muchos, animados por el debate sobre las enseñanzas del Concilio, suscitado por José María Díez Alegría, José María González Ruíz, Enrique Miret Magdalena, Jordi Llimona o Josep Dalmau, inspirados, a su vez, por las interpretaciones conciliares de teólogos como Hans Kung, Yves Congar, Karl Rahner y Edward Schillebeeckx, entre los más innovadores o, quizá, los más audaces.

Los curas obreros, casi un millar, pero un auténtico revulsivo para la Iglesia y el Régimen, representaban la parte del clero más cercana a los ciudadanos y, en particular, a la clase obrera, al movimiento vecinal y a los grupos sociales más desfavorecidos. Afirmaban que su labor no estaba sólo en los templos, sino, sobre todo, entre la gente, en las fábricas, las minas y los barrios populares, y que los templos debían estar abiertos a las necesidades de la gente, por lo cual muchas parroquias dieron cobijo a la incipiente oposición clandestina.

Los curas obreros fueron parte del movimiento más activo contra la dictadura, participaron en protestas de todo tipo, en organizaciones sindicales y partidos políticos clandestinos, socialistas y comunistas (“Cristianos en el partido, comunistas en la Iglesia”, afirmaba Alfonso C. Comín), y en los movimientos nacionalistas.

Muchos de ellos, además de medidas disciplinaras eclesiásticas, recibieron sanciones gubernativas, multas y penas de cárcel, que debieron cumplir, en virtud del Concordato, en la prisión provincial de Zamora, apartados de otros presos.

La cárcel concordataria de Zamora, una penitenciaría para curas, fue una versión española de la ergástula mamertina de Roma, donde la leyenda dice que fueron encerrados el apóstol Pedro y el propagandista Pablo de Tarso.

Alberto Gabikagogeastoa fue el primer “huésped” de la concordataria. Ingresó en julio de 1968, condenado a seis meses de cárcel y al pago de 10.000 pesetas de multa por una homilía que el TOP consideró subversiva. Hasta su cierre en 1977, más de un centenar de sacerdotes, en su mayor parte vascos, pasó por las celdas zamoranas.

Similar escisión se vivía en las organizaciones llamadas de apostolado seglar, como la Juventud Obrera Católica (JOC), Juventud Estudiante Católica (JEC), la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC) y la Vanguardia Obrera Social (VOS), producida por la contradicción existente entre la posición de la jerarquía dentro del Régimen y el contacto directo de estas organizaciones con los sujetos más frágiles de la sociedad.

La base más activa evolucionó desde los valores del mensaje evangélico, como la fraternidad, la compasión, la caridad y la esperanza de obtener, por las penalidades de la vida terrenal, una justa recompensa en la otra vida, a reclamar derechos laborales y políticos, un reparto equitativo de la riqueza, mejores salarios y condiciones de trabajo, viviendas decentes para procurar una vida digna a los trabajadores y sus familias, escuelas, servicios sanitarios y dotaciones en los barrios populares, crecidos de forma apresurada en la periferia de las grandes ciudades con el impulso de la industrialización y la especulación inmobiliaria.

En un mundo y en un año en que crecían por doquier las protestas contra el orden establecido, España debía cambiar más por la exigencia y la acción de los humildes, que por la hipotética largueza de los poderosos, amparados en la hipócrita retórica de la jerarquía eclesiástica. Y un socialismo cooperativo y democrático, sin colectivismo autoritario ni persecución religiosa, aparecía en el horizonte como alternativa necesaria al capitalismo explotador y alienante.

Así que no pocos miembros de organizaciones de apostolado seglar pasaron a hacer apostolado sindical como miembros o fundadores de asociaciones como las Comisiones Obreras, la Unión Sindical Obrera, la Asociación Sindical de Trabajadores, la UGT y en sindicatos de corte nacionalista. Y otros muchos acabaron nutriendo las filas de los partidos de izquierda y extrema izquierda, que a finales de la década se estaban gestando.

Una interpretación más radical de lo dicho, la hicieron los curas guerrilleros, que participaron o dirigieron grupos armados en América Latina y, en España, se acercaron al nacionalismo violento, singularmente el vasco.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Últimos libros publicados: Perdidos. España sin pulso y sin rumbo (Madrid, La linterna sorda, 2015) y, con Ramón Cotarelo: La Antitransición. La derecha neofranquista y el saqueo de España (Valencia, Tirant, 2015).