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Trayectorias del secreto

No se sabe a ciencia cierta quién en la Casa Real sugirió instar a Juan Carlos de Borbón (Roma, 1938) a emprender, un lunes de agosto de 2020, un viaje secreto hacia nadie sabe dónde. Tal vez pudo ser una decisión suya. Pero parece evidente, si se trataba de hallar su salida discreta de la escena, que se ha conseguido el efecto contrario. A no ser que, precisamente, se buscara proyectar sobre él, como escarnio duradero, el foco de la ignominia. En fórmulas maquiavélicas, todo es empezar.

El extrañamiento, destierro, exilio o como se defina su salida de España fue, en la Historia, una medida áulica punitiva, un castigo propio de sociedades donde el espacio contaba entre las dimensiones importantes de la existencia. Hoy, sin embargo, con la telemática, telefonía más informática, que ha roto el eje espacio-temporal de nuestras vidas, la presunta ejemplaridad del castigo aplicado por alejamiento, adquiere un significado casi irrelevante. Se ha tratado, pues, de un episodio basado en la vieja cultura política: la del escarmiento por lejanía, eso sí, en este caso, lejanía dorada dados los posibles presuntamente acuñados de manera tesonera en años recientes por el protagonista de este episodio.

Aunque a ninguna persona de bien puede satisfacerle ensañarse con personas en trances difíciles, como es ahora el caso del ex rey, lo sucedido se convierte en algo muy semejante al climax de un drama shakespeariano. Lo malo es que, de no haberse torcido las cosas, bien pudo haber sido el broche feliz de otro drama, más propio de nuestro Lope, con final grato, de concordia honorable, entre el monarca y su pueblo. Pero no ha sido así. Esperemos que la cosa no acabe en un profuso baño de sangre a daga limpia, como tanto gustaba de rematar sus faenas escénicas el universal dramaturgo isabelino.

La verdad es que la condición humana suscita permanentemente perplejidad. ¿Cómo un muchacho disléxico –según reconocía recientemente en televisión su hermana Pilar de Borbón-, con grandes limitaciones del habla, nacido en el exilio romano dentro de una familia con las rarezas propias de la realeza europea y asentada luego en Estoril, en plena mocedad y sin más horizonte vital, entonces, que el de divertirse, pudo ser cooptado por Franco para reinar en un país de la entidad de España? Conmueve pensar en que un adolescente, aniñado, vulnerable pues a la influencia de cualquier adulto de los que le acechaban desde la cuna, fuera sometido premeditadamente a la forzosa tutela de un dictador tan cruel, artero, mediocre e inhumano como Francisco Franco. Fue el autócrata el que engañó al padre de Juan Carlos, Juan de Borbón y Battenberg y pactó con él traerlo a Madrid a “educarlo”. Pero, en realidad, lo hacía con el propósito -maquinado sordamente- de enfrentarlo un buen día contra su padre para arrebatarle la primogenitura dinástica que confiera la dignidad de reinar…

Claro que, don Juan de Borbón, a su vez, había recibido la titularidad dinástica tras dos episodios: el primero, en 1937, la muerte en accidente, por su condición de hemofílico, de su hermano primogénito Alfonso, Príncipe de Asturias, casado en matrimonio morganático –de sangre no real- con Edelmira Sampedro, futura condesa de Covadonga. Esta señora era hermana de la abuela de los sacarócratas –aristócratas de la caña de azúcar dominicana- de apellido Fanjul, en cuya hacienda caribeña se dijo, en un principio, que el ex rey Juan Carlos se alojaría tras su reciente salida de España.

Asimismo, don Juan de Borbón, en un segundo episodio, recibiría el legado monárquico como cabeza de la dinastía de Borbón tras perderlo su hermano mayor, Jaime, sordomudo, que fue apartado de la carrera sucesoria, pese a ser éste de más edad que aquel, debido posiblemente a su minusvalía y, desde luego, a sus nupcias, también morganáticas, con Manuela Dampierre. Esta señora sería la madre de Alfonso de Borbón Dampierre, con cuya presunta candidatura a la Corona de España el entorno de Franco amagaría a su tío don Juan y a su primo carnal Juan Carlos de Borbón, tras casarse con la nieta del dictador, Carmen Martínez Bordiu. Alfonso, experto esquiador, resultaría muerto en 1989 en un inconcebible accidente de esquí en la estación invernal estadounidense de Beaver Creek, en Colorado. Previamente, en otro accidente, en aquella ocasión de automóvil, registrado en Navarra en 1984, con Alfonso al volante, éste había perdido a su primogénito, Francisco de Asís, en otro de esos episodios que marcarían parte del destino trágico de su familia. Padre e hijo permanecen enterrados en las Descalzas Reales de Madrid, emblema de la dinastía de Austria, rival histórica de la de Borbón.

Los dramas familiares contemporáneos, con repercusiones nacionales, habían comenzado con Alfonso XIII, padre de don Juan y abuelo de Juan Carlos. Rey controvertido y caprichoso, invocando su deseo de “de evitar el derramamiento de sangre”, tras unas elecciones municipales adversas a su interés, decidió exiliarse después de haber permitido imponer a los españoles siete años de dictadura militar (1923-1930), la del general Miguel Primo de Rivera. Y lo hizo, entre otras razones, para ocultar la corrupción de la Corona en torno a la guerra de África, fundamentada por el informe Picasso, elaborado por un tío del pintor comunista Pablo Picasso.

Vendría luego la República, en 1931, con su equipaje de esperanza y de reformas inaplazables en plena conmoción mundial por la crisis financiera de 1929. En julio de 1936 sobrevino el sangriento golpe fascista de Emilio Mola y Francisco Franco quien, teledirigido por Hitler, instauró la peor dictadura imaginable: una estela de sangre, rencor y atraso tiñó la faz de España durante lustros en los que la monarquía quedó en suspenso.

Aquel desafío de alteración dinástica sería impuesto por Franco, ya dictador, a un incauto adolescente en formación como Juan Carlos de Borbón, educado en gabinete y apartado de las aulas salvo una breve irrupción en el Instituto San Isidro de Madrid para examinarse de Reválida de Cuarto de Bachiller. Lo puso en manos de instructores tan, digamos, singulares como el militar Alfonso Armada Comín –que se haría tristemente célebre como golpista durante el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981- o el letrado falangista Torcuato Fernández Miranda, luego alejado del Yugo y las Flechas como posterior muñidor de brillantes piruetas legales para salir formalmente del franquismo.

Tal vez, para protegerse de numerosas asechanzas, el entonces alevín de rey blindara su personalidad mediante un calculado descreimiento o un forzoso cinismo como autodefensa ante las responsabilidades -y vulneraciones de sus propios deberes como hijo- tan prontamente impuestas sobre sus hombros. Tiempo después, en 1962, la boda en Atenas de Juan Carlos de Borbón con Sofía de Grecia, perteneciente a una dinastía greco-nórdica, parecía augurarle una etapa de bonanza personal. Las enfermedades intermitentes de Franco, que le aleccionaba, con cuentagotas, a sustituirle, acabaron por enfrentarle con su padre don Juan, que rumiaba su desesperación en Estoril, ciudad de los casinos.

La amistad trabada por Juan Carlos de Borbón con el joven y avispado falangista Adolfo Suárez González, hijo de un republicano, fue, quizá, una de las claves del futuro éxito de popularidad cosechada por el entonces rey, ahora ex rey en paradero desconocido. Tras jurar en noviembre de 1975 los Principios del Movimiento Nacional franquista, requisito ineludible si quería acceder al Trono, Juan Carlos de Borbón consigue, con algunos aliados y maquinaciones varias, dar la vuelta a las Cortes de Franco y llevarlas a un dulce suicidio, a cambio de no tocar un pelo a los cómplices del dictador que se sentaban en sus escaños. También escaparon de sus exacciones los policías torturadores, los jueces venales y los altos ejecutivos responsables del régimen. El mundo del dinero ya campaba a sus anchas chupando de la teta estatal desde 1959.

La presión de masas en la calle, las aulas y las fábricas, los obreros, estudiantes, mujeres, vecinos, incluso parroquias, bajo la dirección política de los partidos y sindicatos clandestinos, señaladamente el PCE, trocaron el intento de Franco por mantener una monarquía de cuño netamente franquista. Con aquellas luchas, lograron otra monarquía, de cuño constitucional y formalmente democrática. La Constitución de 1978 blindaría al Rey ante la ley, convirtiéndolo en intocable, amén de asignarle la Jefatura de Estado y la de las Fuerzas Armadas.

Serían aquellos años 80 y 90 los mejores años, donde se dibujaba un horizonte de esperanza. Pero la relación de fuerzas que había preludiado la Transición en clave progresista se vio paulatinamente debilitada por la voracidad del capitalismo financiero y las injerencias estadounidenses en los asuntos hispanos. Todo se trocó en contra de los intereses mayoritarios. Vendría al poco el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, todavía hoy solo conocido a medias, con muchos flecos aún por deshilachar que quedan pendientes. La OTAN, que ansiaba la incorporación de España a la Alianza y que abominaba de Adolfo Suárez por retrasar la integración española, nunca dijo lo que sabía –que era mucho- sobre los preparativos del golpe. A la larga, el miedo suscitado por aquella barrabasada, ante el temor a un regreso de los militares a sus injerencias políticas incesantes, facilitaría el voto a favor en el referéndum ad hoc, olvidando que la OTAN no garantizaba la sujeción de los militares al poder civil, como mostraban las dictaduras militares griega y turca, ambas en países pioneros de la Alianza.

Con todo, Juan Carlos de Borbón, que exhortó a los golpistas a cejar en su empeño, se granjeó fama y popularidad. Se ganó un afecto evidente y un poder carismático propio, alejado de la sombra del dictador, que ha durado tres décadas. Pero la impunidad constitucional y la asignación, en el mismo texto, de altas responsabilidades representativas de la política exterior española, llevaron a Juan Carlos a asumir intermediaciones entre el capitalismo financiero y los grandes emporios energéticos del Medio Oriente, sobre el pantanoso piélago del que casi nadie sale indemne.

Faldas extramaritales y dineros raramente conseguidos, escándalos impropios de alguien que disfrutaba del favor de su pueblo y de una vida aparentemente plena, descarriaron al interfecto. Abdicó en 2014. Hay quien asegura que actuó de tal manera asustado por un temor visceral, extendido entre los monarcas europeos, a seguir el mismo camino que sus lejanos parientes, el inglés, Carlos, en 1649; el francés Luis, en 1793; y el ruso Nicolás, en 1918. Otros señalan que, con aquellas conductas reprobables, se desquitaba de una vida de imposiciones y supuestas renuncias, dictadas por la poderosa Razón de Estado. Todo ello precipitaría las cosas en episodios que van aflorando poco a poco ante el titilante candil de la Justicia. La gran ciega, junto con la Prensa y el capitalismo financiero, fue copartícipe del manto de silencio bajo el que aquellas conductas darían pábulo a noticias “inquietantes y perturbadoras”, en boca del presidente del Gobierno Pedro Sánchez.

¿Cómo va a acabar esto? Desde luego, todo apunta a que acabará mal. Ante la perpleja memoria de un pueblo que no se explica cómo pudo incurrir en errores –quizá delitos- de tamaña envergadura, la quebrantada salud del ex rey podría acelerar su muerte. Quienes conserven un ápice de piedad se explicarán lo sucedido por los avatares sufridos ya en la mocedad por aquel chico rubio y disléxico, que solo quería divertirse. Otros le aplicarán el dicho evangélico “quien a hierro mata, a hierro muere”, en referencia a la actitud por él seguida frente a su padre y mostrada hacia él hoy, explicablemente, por su hijo Felipe VI. De lo sucedido cabe extraer, entre muchas otras, una enseñanza: el secreto no resuelve problema alguno en política. Como mucho, lo aplaza, pero tarde o temprano reaparece como un siniestro ritornello y su revelación se lleva por delante todo aquello que quiso ocultarse.

Dénse pues prisa quienes, desde Casa Real, parecen esconder el paradero de Juan Carlos de Borbón, no solo porque, como ciudadanos y paganos de su seguridad y escolta, tenemos derecho a saberlo, sino también porque, contradiciendo a Nicolás Maquiavelo, no hay nada ignominioso que pueda redundar en beneficio de la Patria.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.