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De nuevo a vueltas con la enseñanza de la Historia con un ejercicio histórico

Volvemos a la cuestión de la enseñanza de la Historia por la polémica generada por las alusiones de la presidenta de la Comunidad acerca de la necesidad de enseñar la calidad, el esfuerzo y el mérito de la nación, de ser español. Pues bien, en este nuevo artículo recuperamos las opiniones de Rafael Martínez a cuenta de esta misma cuestión, en plena Gran Guerra, que publicó el primero de junio de 1915 en El Socialista. Martínez fue un maestro comprometido con el sindicalismo y el socialismo, y que llegó a ser concejal en la madrileña localidad de Torrelodones, para perder la vida en el penal de Ocaña en 1940. Y este rescate nos ofrece un modelo alternativo al propuesto sucintamente por la Sra. Ayuso. Para ello hemos quitado todas las alusiones que hizo Martínez sobre el desarrollo de una Historia para el triunfo del socialismo porque ese no es el objetivo de la enseñanza en nuestro país en el presente, y porque haríamos lo mismo de la Sra. Ayuso, aunque desde un punto de vista político distinto.

Rafael Martínez consideraba que todos aquellos que en aquel tiempo de la Primera Guerra Mundial tenían un compromiso con la paz, eran pacifistas o albergaban sentimientos humanitarios se estaban fijando en la Historia, siempre llena de batallas y luchas, buscando el día en que se pudiera librar a la humanidad de esos “crímenes colectivos demoledores”.

El problema radicaba en que faltaba educación moral para llegar a la paz, es decir, no se habían enseñado valores verdaderamente humanitarios. La Historia que se venía impartido desde siempre era un factor fundamental a la hora de envenenar a las nuevas generaciones. Se enseñaba una “historia patria” en la que se valoraban a los denominados héroes que habían cometido verdaderas carnicerías. En esa misma línea, los textos religiosos ayudaban a esta mala educación al significar los conflictos en defensa de los dogmas. Este tipo de Historia magnificaba o glorificaba a los hombres que más violencia habían ocasionado.

Martínez se quejaba de que no se escribían libros de texto para primaria ni para secundaria donde se enseñase la Historia de la civilización, del desarrollo del trabajo, de las complicaciones que el hombre había padecido para poder sustentarse, y de cómo progresaban o se estancaban los pueblos según la forma de gobernarse. El autor estaba realizando una crítica a la enseñanza clásica de la Historia basada en hechos militares, y abogaba por una Historia de los aspectos económicos, sociales y políticos, pero no de los hechos sino de forma más estructural, aunque adaptada a los alumnos.

Las narraciones de las batallas y guerras quedaban grabadas en las mentes de los alumnos para luego dar sus frutos porque alentaban el espíritu belicoso de lo que el articulista denominaba las muchedumbres, excitando el patriotismo.

Es evidente que tenemos que estudiar las guerras y las cuestiones religiosas, aunque lo hacemos desde visiones mucho más modernas y críticas, y, además, enseñamos en Secundaria muchas de las cosas que Martínez aportaba en 1915 sobre los procesos económicos, sociales y políticos de los pueblos, como marca la legislación, pero, ¿no parece muy sugestivo lo que aquel maestro autodidacta nos habla sobre los peligros de enseñar una “Historia patriótica”?

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.