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La furia iconoclasta

Los ataques a monumentos y símbolos no son una novedad. Han existido desde la Antigüedad, ejercidos por ejércitos invasores, por distintas autoridades, en manifestaciones, protestas y en revoluciones. Los símbolos son muy importantes para todos los estados y sociedades porque reflejan valores, glorifican personajes, y buscan fortalecer las memorias colectivas, establecidas por quienes gobiernan. Por esas mismas razones se derriban por quienes están en contra de esos valores, personajes y porque no comparten las memorias que se quieren perpetuar.

Lo que estamos viviendo en América, y en otros lugares, con la destrucción de estatuas de personajes vinculados a la Historia de la Guerra de Secesión, a la conquista española o a distintas colonizaciones, está teniendo un impacto mediático enorme, y se ha colado entre el horror de la pandemia, especialmente como consecuencia de los sucesos de violencia policial en los que las víctimas han sido afroamericanos o hispanos.

La violencia no nos gusta, sentimos una alergia natural hacia la misma. No nos agradan esos hechos que rebosan las protestas pacíficas de lo que ha pasado en Estados Unidos, México o Canadá. No podemos estar de acuerdo porque, además, pueden ser hasta contraproducentes.

Pero conviene matizar, en primer lugar, sobre una cuestión que se olvida cuando se analiza la violencia popular. Nos referimos al hecho de que esta violencia estalla como reacción contra una violencia injustificada que el poder ejerce sobre determinados ciudadanos por racismo o por desprecio hacia la pobreza y marginación, en otros casos. Puede desagradarnos profundamente que como respuesta a esa violencia se ejerza una nueva, pero este hecho no debe cegarnos sobre la naturaleza de la otra, que supone una gravísima violación de los derechos de las personas. Esa violencia es mucho más peligrosa, más disolvente de los consensos de convivencia social, que derribar o manchar la estatua de un general sudista o de un conquistador español. Los poderes deben reaccionar con prontitud ante la violencia injustificada que pueden ejercer algunos de sus agentes, y prevenirla también. No olvidemos que estos estallidos de violencia en los Estados Unidos tienen una larguísima historia, lo que demuestra que en muchos lugares poco se ha hecho para cambiar mentalidades, o ha imperado la desidia, por mucho que se haya avanzado en derechos civiles desde los años cincuenta.

Pero, además, y regresamos al principio del artículo. ¿Qué memoria queremos honrar con monumentos en nuestros espacios públicos?, ¿la de médicos que salvaron vidas?, ¿la de escritores, pintores o músicos que nos proporcionaron belleza o nos hacen pensar?, ¿la de filántropos?, ¿la de personas que se dejaron la piel por las libertades y por los derechos de todos o de algunas minorías?, ¿o la de personajes que lucharon para defender la esclavitud, explotaron personas, o conquistaron territorios y dominaron pueblos? Como ciudadano español me siento más honrado y próximo por una estatua en honor a Martin Luther King en una ciudad pequeña de Georgia, por poner un ejemplo, que por la de un conquistador, nacido en una localidad de mi país, que en su día dominó tierras y pueblos para la gloria de quienes regían aquella Monarquía, pero no para la mayoría de los súbditos de la misma, bien preocupados por poder vivir y salir adelante. Martin Luther King me puede inspirar cada día en el compromiso hacia las injusticias sean las que sean, frente a ese hidalgo que nada tiene que ver con lo que uno defiende, por mucho que hubiera nacido cerca de donde yo he podido venir al mundo. No caigamos, tampoco, por lo tanto, en una nueva aberración del nacionalismo, otra dimensión del problema.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.