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Catalunya en la UCI. El triste final de la “fábrica de España”

A poco de la caída del Muro de Berlín y el fin del imperio soviético, la empresa automovilística Mercedes trasladó su planta principal desde Baviera a la vecina Checoslovaquia. Mover la fábrica apenas 20 ó 30 km. disparó los beneficios de la multinacional alemana de modo astronómico, ya que con un nivel de competencia técnica similar a la de sus colegas alemanes los empleados checos percibían sueldos cinco veces inferiores.

La maximización de beneficios por encima de cualquier consideración está en la esencia del capitalismo industrial postmoderno y repercute principalmente, pulverizándolos, sobre lo que los propagandistas del sistema llaman “costes laborales”, es decir sobre aquella porción de las ganancias brutas que se destinan al sostenimiento vital de la fuerza de trabajo. La minimización de esos costes laborales facilita el abaratamiento extremo de los productos en el mercado, el modo más eficaz de facilitar su popularización y circulación masiva; en definitiva, se trata de una estrategia dirigida a aumentar hasta el infinito y más allá los beneficios generados por la colocación del producto. Los salarios de hambre son una consecuencia directa de tal práctica; la baja calidad de los productos, otra igualmente visible.

Como resultado de esta política, las grandes empresas se hallan en continuo movimiento en busca de países donde abaratar los costes de producción en general, y en particular los costes laborales. Las multinacionales occidentales mantienen los centros de decisión en Europa y Norteamérica, e instalan sus sedes fiscales en paraísos europeos y caribeños desde Gibraltar o Andorra hasta Panamá y las Islas Caimán, y también en Irlanda, Holanda o Luxemburgo. Pero sus plantas de producción y ensamblaje se localizan desde hace años y de modo creciente en países asiáticos, donde la mano de obra está especialmente desprotegida y sujeta a la disciplina de regímenes autoritarios cuyos cuadros y dirigentes son cómplices interesados de esas empresas.

Estas políticas vienen de antiguo y están en la razón última de que por ejemplo, las antaño grandes multinacionales del sector del automóvil es establecieran en España en los años finales del franquismo. En aquellos años y en los primeros de la Transición, España era para esas multinacionales de la automoción lo que ahora pueden ser Vietnam, Tailandia o la India para las grandes empresas del textil o las tecnológicas actuales: un paraíso de la producción barata, gracias a la existencia de una mano de obra semiesclava controlada con la complicidad de los regímenes políticos que gobiernan esos países.

La evolución posterior de España a partir del ingreso del país en la Unión Europea restó de manera creciente el atractivo inicial que ofrecía el entorno productivo del país: aparecieron sindicatos autónomos, se aprobaron leyes de protección para los trabajadores, se firmaban convenios colectivos negociados por los llamados “agentes sociales”…España comenzó a ser un país con costes laborales dignos, es decir “caros” en términos de capitalismo ultraexplotador.

No solo el sector automovilístico ha sufrido esta disminución de beneficios, que a la larga ha determinado su deslocalización hacía países más rentables: el antaño pujante y centenario sector textil catalán, por ejemplo, ha migrado a climas más propicios desde el punto de vista de la generación de plusvalías mayores, como es el Magreb africano. Un textil que en sus años de gloria, en pleno franquismo, llegó a equipar a la mayoría de ciudadanos soviéticos con ropa interior fabricada en Sabadell y Terrassa, hoy ha desaparecido por completo en Catalunya y las firmas que continúan producen en Marruecos empleando obreras que trabajan en su propio domicilio, en régimen de trabajadoras autónomas y costeándose en todo o en parte las máquinas que utilizan.

Por tanto, la fuga de Nissan y las que vendrán se inscribe en el marco de esa política de voladura interna controlada del tejido industrial español y significativamente, del existente en territorio catalán. Las deslocalizaciones buscan nuevos horizontes donde producir más barato usando para ello una mano de obra pagada con sueldos de miseria, en fábricas levantadas sobre suelo regalado por las administraciones públicas y tras recibir subvenciones millonarias otorgadas por los Gobiernos correspondientes. En ese marco, la corrupción de ida y vuelta entre empresas y regímenes políticos es una consecuencia inevitable; la democracia política por lo demás, se convierte en un lastre para esas operaciones.

En Catalunya hemos sufrido decenas de esas deslocalizaciones desde hace años, antes incluso de la famosa crisis de 2008 pero sobre todo tras ella. De hecho durante la presidencia de Artur Mas, la Generalitat de Catalunya llegó a tener un departamento más o menos clandestino dirigido por Oriol Pujol Ferrusola que recaudaba dinero corrupto a cambio de facilitar la huída de las multinacionales que querían abandonar el país. La trama, que controlaba asimismo las adjudicaciones a empresas de la realización de la ITV en el país, intermediaba para que el desmontaje y deslocalización de la empresa en fuga se hiciera con la mayor rapidez, sin tener que devolver las subvenciones recibidas y pudiendo vender el suelo y las instalaciones que había ocupado.

De esa intermediación corrupta se beneficiaron entre otras empresas, Sharp, Sony y Yamaha. Para ellas fue un dinero bien invertido y para los facilitadores, el núcleo duro del patriotismo de hojalata catalán, un negocio redondo y casi sin consecuencias. Según sentencia judicial de 2018 el hijo de Jordi Pujol y sus compinches se embolsaron 5 millones de euros por esas prácticas corruptas, lo que le valió al heredero de Pujol una pena de cárcel de apenas dos años y medio. Pujol Ferrusola fue puesto en libertad por orden de la Conselleria de Justícia de la Generalitat cuando llevaba solo 63 días de prisión.

La fuga de Nissan dejará en la calle a 3.000 trabajadores directos y a otros 20.000 indirectos. Lamentablemente nada se puede hacer para evitarla, pues la propuesta de nacionalización es un brindis al sol carente de sentido: ¿cómo nacionalizar una empresa que reside en Japón? Y no es solo Nissan. Tras el estallido de la crisis provocada por el coronavirus vendrán en los próximos meses otros abandonos del territorio español que seguirán desgarrando el tejido industrial y lo que es mucho peor, el ya maltrecho tejido social español.

Solo el despliegue de una decidida política de reindustrialización basada en sectores estratégicos agrupados en un fuerte sector público puede evitar que España se convierta en un erial industrial, del cual Catalunya es avanzadilla y aviso. Quizá sea esta la última ocasión en la que poder lanzar ese programa de verdadera reforma del aparato productivo industrial español, ahora que al parecer habrá fondos europeos disponibles una vez enterrado el austericidio. Hace falta eso sí, una voluntad política firme en el Gobierno y en la calle que la impulse y la sostenga.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).