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No es la bandera

Cualquier doctrina manipulativa, ya tuve ocasión de explicarlo en los artículos sobre la propaganda nazi, utiliza cortinas de humo, que viene a ser la mano izquierda del prestidigitador (o la derecha, si es zurdo), para distraer la atención de lo esencial.

En el caso de las manifestaciones vespertinas de los ciudadanos indignados, aunque no tengo muy claro el porqué, si es por el confinamiento o por el aburrimiento (perdón por la rima interna), los “cerebros” de esta movida han determinado desviar las causas de la intervención policial desde la legal, es decir, que este tipo de algaradas van en contra de la ley, aún vigente, del estado de alarma, hacia la visceral y patriota, al clamar que se les detienen por llevar en los hombros, cuan tunos, la bandera roja y gualda. En esta escalada de insensateces razonadas en la que se ha convertido nuestro día a día, esta última, la de la ilegalidad de portar la bandera por la calle tiene premio: a la idiotez, imbecilidad e insulto a la inteligencia ciudadana. Porque de ser así, la policía no hubiera dado abasto para detener a aquellos que en los distintos eventos deportivos, portan la bandera española, con orgullo y patriotismo.

Las detenciones, si es que las ha habido, han sido por saltarse a la torera, a lo Cayetano Rivera, la normativa que rige la desescalada, vamos, lo que viene siendo para chulo mi pirulo.

Sinceramente, estoy ya en un nivel en el que las boutades de esta ciudadanía que han descubierto la cacerola como elemento de protesta contra las medidas que permite controlar la pandemia, me dan cada vez más igual. Al principio del confinamiento, ante la avalancha de bulos, de mentiras, de actitudes de odio, no voy a negar que se pusiera un puño en el estómago. Pero a lo malo y a lo bueno se acostumbra una, y tengo que decir, mis queridos lectores, que, con el paso de los días, y las actitudes cada vez más ridículas de esta gente “española, española” he decidido no malgastar mi salud mental con ellos.

Estamos aprendiendo a convivir con la pandemia, de la misma manera tendremos que convivir con estas actitudes incívicas, egoístas y manipulativas, que como el coronavirus, me temo que han venido para quedarse durante un tiempo. Pero de la misma manera que con el distanciamiento social hemos logrado contener el contagio, podremos con el distanciamiento mental alejar el peligro de impregnarnos de esa insolidaridad.

Como ya he señalado, no son las banderas por lo que interviene la policía, ni lo que nos molesta. Aunque haya quienes reivindiquen la tricolor, sigue siendo la roja y gualda la bandera constitucional, la que es de todos, y la que todos tenemos el derecho de llevar (incluso los más impresentables) a dónde queramos y como queramos, con el mismo orgullo que sentimos cuando es izada ante un triunfo deportivo o la vemos entre las de otros países en organismos internacionales.

Los nuncios del patrioterismo deberían pensar (si aún conservan esa capacidad) que son ellos los que denigran ese símbolo sacándolo a la calle en actos que pueden poner en riesgo la salud de todos, luciéndolos como mantones de Manila o capas de super héroes de la Borjamari Borroka.

¡Pobre bandera!

Elena Muñoz Echeverría es licenciada en Historia del Arte, gestora cultural, editora y escritora. Ha ejercido la docencia durante veinticinco años. Desde 2015 a 2019 ha sido vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.

Autora de un blog de éxito MI VIDA EN TACONES

http://mividaentacones59.blogspot.com/

Tiene diez libros entre poesía y narrativa. En 2018 estrenó su primera obra teatral. En la actualidad está en preparación de su quinta novela y acaba de presentar su último libro de poesía, Papelera de reciclaje con Ediciones Vitruvio.