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La decadencia de la libertad

  • Escrito por Tamara Gorines de Pablos
  • Publicado en OPINIÓN

En otro tiempo, en ese pasado que sentimos tan lejano a la vida que teníamos antes de la pandemia, que ahora añoramos como aquellos ciudadanos europeos del siglo XX que contemplaban atónitos cómo se destruía ante sí la vida que tenían previa a la terrible Primera Guerra Mundial, hoy, más de un siglo después, observamos con gran pesar la caída de ese mundo de bienestar, tranquilidad y libertad al que estábamos acostumbrados en el mundo occidental y rico a disfrutar.

Casi de repente el ser humano ha asistido al declive del modelo emocional y relacional, especialmente en aquellas culturas, como la mediterránea, en la que el espacio público y el privado son en ocasiones lo mismo. Nuestras prácticas cotidianas se han visto mermadas y su relegación a esa ansiada etapa llamada “nueva normalidad”-que en sí misma ya constituye una redundancia-, ha supuesto una transición desconocida para todos. El consumo masivo que antes peregrinaba en terreno fecundo ha dejado paso al escaso consumo casi exclusivamente necesario. El turismo desenfrenado que antes dejaba a las ciudades una estampa desdichada y huérfana por la falta de interés de muchos por el lugar visitado y que venía sólo alimentado por el vicio de conseguir la mejor foto, ha reducido las ciudades a bellas apariciones de animales espantados por la brutalidad del ser humano que no descansa hasta ver destruido todo a su alrededor.

La respuesta implacable de la naturaleza que no es ni por asomo cercana a la despiadada capacidad exterminadora del hombre, está devolviendo al mundo humano, con todas las fuerzas de que es capaz, un aviso al que llevamos tiempo ignorando, ese que duele con sólo pronunciarlo, porque la posibilidad de que nuestro modelo de existencia tenga que transformarse en pro de un interés colectivo, no parece fácil de digerir. Una de las grandes preguntas es si todo esto realmente nos cambiará, si habrá servido para dar una respuesta diferente a los grandes retos que hay por delante.

El viejo oblomovismo que muchas culturas padecen junto a un carácter insaciable exclusivo de la naturaleza humana, obliga a pensar que no, que la historia ha estado repleta de episodios terribles que de poco han valido para construir una sociedad mejor, entendiendo ésta como una sociedad más justa y responsable.

La paradoja que se produce ahora es si esa hiperrealidad a la que nos hemos aferrado a través de nuestros teléfonos móviles, a la que hemos abierto las puertas del encierro de nuestra intimidad, estará preparada para satisfacer las privaciones de una vuelta a la nueva realidad repleta de situaciones nuevas, que nos obligará a ver con otra mirada el nuevo mundo que nos espera.

La distopía nos la habíamos imaginado de muchas maneras gracias a que el arte o la literatura normalmente tienen esa genial capacidad de llegar a donde el común de los humanos no somos capaces de acercarnos. Sin embargo, el hecho de que la hayamos visto, soñado o sufrido, no nos compromete a asimilarla como propia, ni siquiera cuando nos vemos impelidos como sociedad a incorporarla en nuestra rutina.

Cuando recién hemos empezado a asomarnos temblorosos y llenos de ansiedades a ese nuevo mundo, las grandes amenazas como el hambre, la extrema pobreza, la brecha digital en la educación, una nueva grieta en la desigualdad de género, nuevos abusos a la clase más desfavorecida y las viejas fortunas y las nuevas que están por llegar, se alzan ante nosotros, cual espejo terrible rehuiríamos mirar, para mostrarnos ante nuestras propias vergüenzas para descubrir qué tipo de sociedad somos y hacia dónde queremos avanzar.