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De repente, el Apocalipsis

De repente, el Apocalipsis Vivíamos tan felices, entretenidos con nuestras cosas de siempre, las propias del país que llaman España: la corrupción sistémica del PP, los delirios apayasados de los nacionalistas, las ansias de pisar moqueta de los populistas, el anarcodespido y el contrato por minutos como húmedo sueño de la patronal… Pero llegó el coronavirus y mandó parar, como si fuera el Fidel de los viejos tiempos.

Que los reyes de España se hayan hecho la prueba para ver si estaban infectados es una muestra palmaria de que la cosa va en serio. El real análisis ha dado negativo naturalmente, como no podía ser menos en tan egregios personajes. Ya sabemos que las testas coronadas son inviolables también por las enfermedades que padecemos los simples mortales, aunque últimamente se ve mucha plebeya de prietas carnes zascandileando por las reales alcobas, así que toda precaución es poca para preservar la institución más valorada por los españoles, o eso dicen todas las encuestas una vez cocinadas por el chef correspondiente.

Por el contrario políticos, futbolistas, artistas de todo pelaje y ciudadanos corrientes y molientes en general, no paran de dar positivo en esos controles detectores de fiebre tan chulos que empiezan a montarse un poco por todas partes, desde Pekín a Santa Margarida de Montbui. Ya hay quien ve en la aparición del coronavirus no un signo de los tiempos, sino el comienzo mismo de la consumación de éstos.

Imaginen que alguien comprara un libro pensando que adquiere un manual de autoayuda repleto de consejos útiles para la vida moderna, y se encontrara dentro el Apocalipsis de San Juan ilustrado por Bansky o cualquier otro grafitero moderno: ¡La Virgen, el fin del mundo ya, tengo que enviar un whatsapp a los colegas! gritaría el nuevo pastorcillo de Fátima, deslumbrado por la revelación. O sea que vivíamos felices e inconscientes ya digo, pero mientras, unas manos cadavéricas iban rompiendo sellos uno tras otro hasta llegar al Séptimo, aquel que una vez rasgado ha dado paso al coronavirus, al Apocalipsis del apóstol San Juan y hasta a la pavorosa posibilidad de que Messi se vaya del Barça, entre otros males irreparables. Finalmente, hemos sido despertados de nuestro sueño y San Juan Bansky nos anuncia el Juicio Final. La vie en rose ha pasado a mejor vida.

Sepan en fin por lo demás, que esas manos frías e implacables que lo han precipitado todo están unidas a un muy perverso cerebro, o lo que sea que hay debajo de la pelambrera bajo la que Carles Puigdemont oculta las señales indelebles de un viejo accidente de tráfico. Porque el Ángel de la Muerte que se apareció al mundo en Perpignan justo antes de que petara el coronavirus en el planeta Tierra no venía escapado de una película de Ingmar Bergman, sino directamente huido desde el Palau de la Generalitat de Catalunya tras la asonada del otoño de 2017. Dirán ustedes que cómo el susodicho ex honorable tardó tanto tiempo en llegar a Perpignan (así, en francés) desde Barcelona, y dirán bien. Ocurre que Puigdemont lleva dos años largos de “tournée” por Europa dando mítines, ruedas de prensa y haciendo deposiciones verbales en los juzgados, y que lo de acercarse a la Catalunya Nord para desde allí asomarse a la “terra catalana oprimida” lo fue dejando para más adelante, hasta que las circunstancias y la financiación han permitido reunir en un magno acto las masas de jubilados, tietes y adolescentes con acné patriótico en número suficiente como para abrir los telediarios del mundo mundial, alabada sea la Moreneta.

Así que tras la apoteosis puigdemoníaca en Perpignan la llegada del coronavirus estaba cantada. Y esto es solo el principio, ya verán. Habrán otros prodigios aún mayores, no lo duden, una que vez que el Anticristo Sánchez ha tomado el control de este mundo tras lanzar sobre nuestras cabezas el ya famoso decreto de estado de alarma: veremos llanto y crujir de dientes en nuestras autonomías “históricas” (histéricas, a veces) por las presuntas competencias locales laminadas, como si llevar barretina o txapela sobre la cabeza introdujera un hecho diferencial entre los aspirantes a portadores del maléfico virus; veremos suspender elecciones antes convocadas para alivio de lehendakaris agobiados por vertederos “ecológicos” repletos de amianto, y de presidentes de Xuntas asustados ante la pérdida de la mayoría absoluta y la posibilidad de ser enviados de vuelta a su pazo; veremos líderes del partido fascista patrio recriminar al Gobierno español no haberles prohibido celebrar su repugnante aquelarre arribaespaña en Madrid, exponiéndoles así al contagio masivo; veremos a la patronal y a su partido-muleta, el Partido Popular, pedir la bajada inmediata de impuestos y facilitar el despido libre como métodos infalibles para frenar al coronavirus y sus efectos, que es como pedir fusilar a todos los trabajadores para conseguir el pleno empleo, algo que por cierto ya intentó Franco durante la llamada Guerra Civil; veremos en fin, suspender procesiones de Semana Santa, cerrar las visitas turísticas a la Sagrada Familia, prohibir el baño de los peregrinos enfermos en las piscinas benditas de Lourdes, y milagro de los milagros, veremos elegir al frente de la Conferencia Episcopal Española a un cardenal de no estricta obediencia neofranquista.

Son señales que anuncian los tiempos que vienen.

Arrepentíos pecadores hispanos, el final está cerca. O no.

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).