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Diferencias entre la notoriedad y el prestigio

“El aprecio  vale más que la celebridad la consideración más que la fama  y el honor más que la gloria.”

Nicolás Chamfort


Transitamos por escenarios políticos repletos de propuestas escabrosas y escaso gusto democrático. Se consideran las soluciones violentas por encima de la sensatez del entendimiento. En las Cortes abunda la contaminación acústica y escasea la melodía democrática. Así nos tocan interpretes de escaso prestigio pero bien labrada notoriedad. Los recovecos y palcos de la Villa suelen ser habitados por ambiciosos aprendices de brujo y decididas meigas ansiosas de un minuto de gloria. Desconocen que, para encontrar su hueco en la Historia, es necesario aportar algo más que las temerarias diatribas bien pagadas por los amos de turno. Eso, en el caso de que tengan la ambición de quedar como personajes de su tiempo. Es decir, como protagonistas de la villanía o como contribuyentes al bienestar general. Aunque suelen evidenciar una complicidad escandalosa con los saqueadores.

La consecuencia de una vida pública, desde la cúspide del Estado hasta la más pequeña función dentro de él, siempre que se aspire a un grado significativo de relevancia, debería ser el logro de un bien labrado prestigio en las labores desempeñadas. Por modestas que estas sean. No basta con producir graznidos agraviantes ni sonoras obviedades desde tribunas y púlpitos. Eso queda registrado. Forma parte de la cultura política de una época. En el filtro del paso del tiempo se decantan las contribuciones y los desmanes. Siempre terminan aflorando los hechos por mucho esfuerzo que se ponga en evitarlo. Que se lo digan al General Yagüe o a Francisco Franco.

La  idea de notoriedad tiene que ver con el grado de conocimiento, no necesariamente positivo, que los públicos tienen de esa persona, o marca, en el caso de los mercados. Los habitantes de Gran Hermano, por ejemplo. O, también, las contribuciones que el llamado Paquirrín ha aportado a la producción musical. El prestigio, por el contrario, es un término que describe una reputación positiva, a través de las mejoras que una persona, o un grupo de personas o instituciones, han aportado a una comunidad. El exterminio de la oposición política o religiosa no es una metodología que fundamente el prestigio. Aunque aporta notoriedad a sus ejecutores.

Dentro de los operadores políticos y protagonistas de la historia hay casos de manifiesta notoriedad y escaso prestigio. Los asesinos y ladrones, como la mona, aunque las vistamos de seda, en mona quedan. También reclaman su espacio las aventureras y mangantes. Que de todo hay. Hasta la difusión de imágenes personales, soportadas en apariciones mediáticas recurrentes, libros producidos por negros siempre dispuestos. Inclusive se brindan premios al fraude y la mentira. La literatura tiene esas cosas hasta para hablar de las visiones estratégicas y geopolíticas de España. Aunque, si algún periodísta hiciese bien su trabajo, dichos personajillos tendrían dificultades para ubicar en el mapa, o indicar los países limítrofes de, por decir algo, Venezuela. La madre de todas sus preocupaciones.

La notoriedad suele ser efímera. Que se lo digan a Rivera, lider de la promesa del Podemos de la derecha. Asimismo, tal vez, como ya hubo intentos, procuren reunirse en siglas tan atractivas como el Actúa, de Gaspar Llamazares y Baltasar Garzón. Evitamos mencionar únicamente a la inefable, y políticamente ecléctica, Rosa Diez y su UpyD. Aunque todos son ejemplos de pérdida de prestigio por confundirlo con la notoriedad. La arrepentida Manuela Carmena y Errejón, son el caso perfecto. Los votantes son menos ingenuos de lo que parecen.

Algo similar puede ocurrir con Abascal y sus compañeros. Han aprovechado esa conjunción perfecta para presentarse como alternativa. Pero, hasta ahora, son tigres de papel bien promovidos desde el statu quo. Dados sus antecedentes, carecen del prestigio necesario para construir una propuesta política más allá de la notoriedad que les brinda la sonoridad de las bravatas.

Se impone reconstruir una España decente para que la habiten los ciudadanos honestos.

Economista y analista político, experto en comunicación institucional.