LA ZURDA

¿Quién dijo que estaba todo conseguido?

Quizás hayas leído estos días que Finlandia, con el gobierno recién estrenado, proponía una jornada laboral de cuatro días, seis horas y el mismo sueldo. Algunos diarios contaron que Sanna Marin, la nueva primera ministra finlandesa, daba así el primer paso para una revolución.

Sin embargo, la noticia de hoy es que esta propuesta era un bulo.

¿Qué ha sucedido? ¿Cómo es posible que se haya podido generar semejante rumor? Pues lo cierto es que, ni había sido una propuesta del gobierno finlandés, ni es un rumor inventado. Se trata de un comentario que Sanna Marin hizo a través de sus redes sociales en el mes de agosto, donde hacía de manera pública una reflexión al señalar que la jornada laboral de 8 horas había sido un avance, y se planteaba que jornadas laborales más cortas podrían ser beneficiosas para generar más puestos de empleo.

No planteaba algo descabellado. Por ejemplo, En Suecia se puso en marcha la implementación de hornadas de trabajo de seis horas y precisamente los primeros resultados están siendo muy positivos: un aumento de productividad.

En Francia, por ejemplo, han pasado de las 40 horas semanales a 35, por lo que la idea no habría que aparcarla. Hay empresas como Microsoft en Japón que ya han puesto en marcha la medida de la semana laboral de cuatro días y los datos son sorprendentes: según explican, los empleados han experimentado un aumento en su productividad del 40% trabajando menos horas. De esta manera, explican los expertos que defienden la medida, ese aumento de productividad justificaría que se mantuviera el sueldo a pesar de trabajar menos horas.

Un debate sin duda interesante: en un momento en que hay que afrontar el desempleo, al mismo tiempo que quienes trabajan sufren en muchos casos de estrés laboral y de falta de espacio para conciliar su vida profesional con la familiar, quizás plantear medidas como esta resultaría de gran interés. Y precisamente, es comprensible que el empresario se preocupe al escuchar que sus trabajadores dedicarían menos horas y mantendrían el mismo salario. La clave está en ser más productivos. Y es que, precisamente, cuando tenemos posibilidad de descansar, de tener espacio para nosotros mismos, con recursos suficientes, el trabajo se puede plantear como un lugar diferente a lo que puede ser ahora en demasiados casos.

En Finlandia han sido siempre un paso por delante en cuestiones de flexibilidad laboral: por ejemplo, en 1996 adoptaron el Pacto de las Horas de Trabajo, a través del cual los empleados tienen libertad para ajustar las horas de comienzo y fin de su jornada laboral, con un margen de tres horas, que les permite adaptarse mejor a las necesidades individuales.

En Collective Campus (una empresa australiana) hicieron la prueba durante dos semanas. Los resultados, según señalaron, fueron “inmejorables”. El equipo aprendió a priorizar, limitar las interrupciones durante el tiempo de trabajo y “operar a un nivel mucho más alto durante las primeras horas del día”. En términos generales se mantuvo la calidad del trabajo, y además, se mejoró la cantidad y calidad en muchos casos.

Las pruebas demuestran que si realmente se quiere reducir la jornada laboral, se puede. Eso sí, manteniendo el salario para que realmente suponga un incentivo para el trabajador. Medidas como reducir el tiempo de las reuniones, enfocar mucho mejor los temas y priorizar, son más eficaces.

Piénsalo por un momento: trabajar seis horas, cuatro días a la semana. Imagínate que el jueves se acabó la semana laboral, y tuvieras posibilidad de descansar tres días. ¿Quién dijo que estaba todo conseguido?

Abogada.