LA ZURDA

Los psicópatas al mando

Acabamos de conocer la noticia sobre la condena a la cúpula de France Telecom. Han sido juzgados por la oleada de suicidios en la empresa: 19 empleados se suicidaron, 12 lo intentaron y ocho sufrieron una depresión aguda.

La compañía, más conocida como Orange a partir de 2013, ha sido puesta bajo el foco tras investigarse la situación en la que se encontraban algunos de sus trabajadores. Fue cuando la compañía estaba en plena fase de “reestructuración” cuando comenzaron a producirse situaciones extremadamente graves entre sus trabajadores. Algunos de ellos se quitaron la vida y otros se sumieron en situaciones de profunda depresión.

La justicia francesa ha considerado que la cúpula de la compañía había cometido acoso moral contra sus empleados. Al que dirigía la compañía, Lombard, de 2005 a 2010, le han condenado a 1 año de prisión (del que previsiblemente cumplirá cuatro meses) y tendrá que pagar 15.000 euros de multa. También han condenado al número dos de la empresa, Wenès y al que fuera director de recursos humanos, Barberot. Estos tres directivos fueron ya condenados por acoso moral durante los años 2007 y 2008. Pero fueron absueltos por el período de 2009 a 2010.

Los sindicatos denunciaron que estos directivos de la compañía habían puesto en marcha un sistema de acoso generalizado para que 22.000 empleados abandonasen la empresa dentro de lo que denominaron “el Plan Next”.

Cuatro directivos más han sido condenados culpables como cómplices de acoso moral a pagar 5.000 euros de multa.

La compañía, por su parte, tendrá que pagar una multa de 75.000 euros y ya ha manifestado públicamente que no recurrirá la sentencia.

En el juicio ha quedado demostrada la estrategia de acoso laboral (“bullyng”) de manera sistemática para desestabilizar a los trabajadores. Esto generó un clima que se ha considerado por el tribunal como “angustioso” y que “tenía por objetivo y por efecto un empeoramiento de las condiciones de trabajo”.

Fue precisamente la nota que dejó uno de los trabajadores antes de suicidarse lo que apuntaba a lo que estaba ocurriendo: señaló a a compañía como la causante de su muerte y denunció la gestión basada en terror por parte de la compañía.

La situación a la que llegaron algunos trabajadores fue terrorífica: desde el trabajador que se inmoló en el aparcamiento de la compañía, hasta el que se tiró a las vías del tren, o el que se clavó un cuchillo en el abdomen en medio de una reunión.

Sentados en el banquillo, los directivos intentaron eludir cualquier responsabilidad. Sin embargo, quedaba constancia de que alguno de ellos, como Lombard, había dicho expresamente que despedirían a la gente, bien por la puerta o bien por la ventana.

Vivimos en un sistema en el que necesitamos tener un trabajo para poder sobrevivir. Un capitalismo salvaje que establece la ley de la selva donde solamente sobreviven “los más fuertes”. Sin embargo, la fortaleza ha de medirse en la preparación, en la formación y en la capacidad de mejorar la empresa desde una perspectiva humana, algo lejano a lo que por desgracia ha venido ocurriendo en muchas de ellas.

La situación laboral de millones de personas es aberrante. Y no solamente en países que parecen quedar lejos, donde no hay regulación ni protección. Sino que los abusos y las situaciones aberrantes se están dando cada vez con más frecuencia en nuestro entorno: el entorno europeo, del siglo XXI.

Se suceden las escenas en las que un jefe o jefa mediocre trata a sus compañeros como un tirano absolutamente psicópata. Gritos, insultos, desprecios que suponen un trato degradante para cualquier persona. Y todo ello bajo una impunidad aplastante, puesto que muchos de los trabajadores son conscientes de que si se quejan, se verán en la calle, sin posibilidad de demostrar lo sucedido. Y en caso de demostrarlo, con una práctica nula protección.

¿Qué herramientas tenemos para podernos proteger? Pocas. Muy pocas. Los sindicatos cada vez son más débiles en España; las medidas para poder interponer denuncias no protegen realmente a los denunciantes. Y la necesidad de obtener ingresos es tan extrema, que sitúan a los trabajadores en una encrucijada. Al final, se viene “premiando” al que calla, al que mira para otro lado y al que pasa por todos los aros que la empresa le va poniendo. Y en este sistema tan perverso, muy posiblemente será encargado aquel que a base de infundir terror entre sus compañeros consiga llegar a unos objetivos casi imposibles que pongan contentos a los directivos. El cómo no importa, lo que cuenta es obtener los resultados a final de mes.

Un círculo vicioso en el que al final todos terminan desquiciados. El encargado de comportamiento psicópata, los trabajadores machacados, los compañeros que no existen y miran para otro lado -no vaya a ser que vayan a por ellos-, y al final un servicio pésimo hacia el cliente. Pero los jefes, a por uvas. Ojalá las condenas fueran mucho más contundentes y rápidas contra los directivos de las compañías. Ojalá se velase de verdad porque las compañías considerasen la dimensión humana como algo fundamental en ellas. Ojalá viviéramos en un sistema que pusiera en primer lugar a las personas en lugar de destrozarlas.

Abogada.