Un retrato de Felipe III por Justus Thielens o la alegoría de la educación del príncipe en el Museo Nacional del Prado
- Escrito por Adoración González Pérez
- Publicado en Cultura
Alegoría de la educación de Felipe III. Cuadro realizado alrededor de 1590 por Justus Thielens / © Museo Nacional del Prado
El cuadro que pintara este artista flamenco, hacia 1590, donde se representa a Felipe III, vestido con armadura, junto a la figura mitológica de Cronos que está apartando a Cupido de su lado y le pone delante la Justicia, que le presenta su espada, pone en relación a Felipe III cuando aún era joven príncipe, con el espíritu imperante en la Corte de los Austrias españoles, sobre cómo debía ser el heredero al trono y, en consecuencia, el mejor gobernante para sus súbditos.
Se trata de una obra ya conocida y suficientemente analizada por insignes historiadores para señalar el significado que habría de tener la representación magnifica y exquisita de un futuro rey en el contexto político de su tiempo. Sobre cómo debía ser dicha imagen a transmitir, la historia nos ofrece muchas respuestas que sugieren mucho más que el modelo protocolario. Es todo un mensaje de propaganda y eficacia estética que nos atrae directamente desde la mirada que enfoca el propio Principie hacia nosotros.
Este rey llamado “EL Piadoso” vivió una etapa de transición política entre el siglo XVI y XVII, donde sucedieron cambios relevantes, y menos momentos de calma como se ha señalado en ocasiones. Sometido a los designios de su padre y a las normas de la Corte que hicieron de él un hombre íntegro y leal a todo cuanto le fue encomendado desde niño. Le tocó ser rey de la Monarquía hispana entre 1598 y 1621, por las circunstancias familiares, al haber fallecido antes sus dos hermanos, los infantes don Fernando y don Diego, siendo así jurado como Principe de Asturias en las Cortes del 11 de noviembre de 1584. A los hijos de los monarcas se les preparaba desde pequeños para la vida política y las funciones de la Corte en virtud de su situación como herederos directos del trono o no.
La formación de los príncipes, para llegar a ser reyes y dirigir a sus súbditos, requería un esfuerzo extraordinario. Nos viene de inmediato a la mente el juicio de Maquiavelo acerca de las exigencias de un príncipe, basadas sobre todo en el ejercicio de la bondad y la no violencia, para la protección de su pueblo. Dicho de otro modo y a juicio de los ideólogos y filósofos del Renacimiento, la figura equilibrada y coherente entre los dos polos del ser humano: la virtud y la crueldad. Siendo este un debate complejo en el que no vamos a entrar aquí, para no decepcionarnos frente a la realidad política de cualquier tiempo, puesto que nos llevaría a valorar qué medios justifican ciertos objetivos del poder, no obstante lo mantenemos presente para acercarnos con modestia a la comprensión de la personalidad del rey Felipe III que es el motivo de este escrito, (podemos acudir, entre otras lecturas, a la de David Jiménez Castaño, de la Universidad de Salamanca, en su análisis sobre Príncipes y Tiranos, Vicios y Virtudes. Algunas consideraciones sobre el De Principatu de Mario Salamonio y El Príncipe de Nicolás Maquiavelo (2013).
Para el caso de este heredero de la Corona, todos los cuidados fueron pocos de cara a una formación que lograra en él la imagen sublime del gobernante en todos los ámbitos del poder. Un rey no podía ser solo un jefe militar y político, debía cumplir los objetivos de defensa de la fe católica y perseverar en el mantenimiento y protección de las normas. Se le exigía, además, completar su labor con un amplio bagaje de virtudes personales que incluían un vasto conocimiento intelectual y refinado, al gusto de las Cortes europeas. Hubo quienes estando en el seguimiento de la formación de Felipe siendo niño, pensaron que se trataba de alguien poco capacitado y de limitadas competencias físicas, imagen que nos aclara Santiago Martínez Hernández, al tratar sobre la educación del Príncipe, cuando concreta que este hijo de Felipe II no tuvo un programa pedagógico como correspondía, mientras estaba con vida alguno de los hermanos.
Ser educado y cumplir con la norma
Sin embargo, bien joven, con apenas quince años, fue incorporado a la Junta de Gobierno, aunque vigilado de cerca por los ministros y funcionarios que su propio padre, algo desconfiado de las capacidades del heredero, le asignó. Tal como nos lo presenta Gonzalo Sánchez Molero, hubo personajes del entorno de la Corte que estuvieron siempre asegurando que el príncipe cumpliera con ese destino, entre ellos figuras relevantes, como Juan de Zúñiga, ayo y mayordomo mayor; García de Loaysa, tutor del príncipe; Gómez Dávila y Toledo, II marqués de Velada, mayordomo mayor en sustitución de Zúñiga; y Cristóbal de Moura, sumiller de corps, entre otros muchos ( Santiago Martínez Hernández, La educación de Felipe III, en La Monarquía de Felipe III: La Corte. 2008. Vol III. Fundación Mapfre. Instituto de Cultura.) Añadiremos a esta circunstancia personal el haber hecho aparición en el desarrollo de su gobierno del conocido Duque de Lerma, que supuso un giro importante en la política de esos años.
En síntesis, debía reunir en su persona dos principios fundamentales que se mantendrían durante toda su vida. El respeto a la voluntad de su padre junto a la defensa de la Iglesia Católica acompañado de todo un protocolo, bastante rígido, en verdad, que fijaba su apariencia física y la personalidad. Debía cuidar mucho sus ademanes, mantener la etiqueta de la Casa de Borgoña, escuchar y responder con mesura a sus ministros y un sinfín de comedimientos. En otro orden de cosas, ser el mejor y más excelente intelectual de su época, formado en las armas, la actividad cinegética, las bellas artes en toda su dimensión. Y, como no podía ser de otra manera, una buena formación letrada y política que solía venir de las enseñanzas de sus formadores y de recursos teóricos procedentes tanto del mundo antiguo como contemporáneo a su siglo. Cultivó así este gusto por las artes y la música, las armaduras y objeto valiosos, dentro del ya implementado coleccionismo de la Corte. Debido a una débil salud y enfermedades tempranas, no pudo posiblemente disfrutar de todo este bagaje.
Si volvemos por un momento a esta obra que ha dado título al artículo, llama nuestra atención por qué este retrato se hizo en clave alegórica. Tal como informa el catálogo del Museo del Prado, Cronos actúa con determinación al apartar a Cupido, o al Vicio, que lleva los ojos tapados, y coloca delante a la figura de la Virtud, más bien, las cuatro virtudes cardinales con los atributos específicos (la balanza de la Justicia, el caduceo de la Prudencia, la espada por la Fortaleza y el freno del caballo a la Templanza). También la propia armadura se ilustra con figuras alegóricas y mitológicas, alusiones a Minerva, Júpiter y Marte, junto a la Victoria y la Fama de los codales, y muchos detalles más que se disfrutan en la pintura.
Sobre la armadura, fue regalo del Primer Duque de Terranova, así como el capacete de la cabeza, por el virrey de Nápoles, Pedro Téllez de Girón (indicamos así la correspondiente fuente que ofrece el museo, extraída de la obra El arte del poder. La Real Armería y el retrato de Corte, (2010), de García-Frías Checa, C y Soler del Campo, A). Presentar a los príncipes así vestidos remarcaba el poder de la Monarquía, al tiempo que las alusiones mitológicas y alegóricas reforzaban el mensaje explícito de las virtudes del gobernante. Un modelo de retrato donde se especifica la relación entre armadura y personaje que causó mucho impacto en las obras del siglo XVII (existe, al respecto, un interesante análisis llenos de explicaciones anecdóticas sobre el tema realizado por Álvaro Soler del Campo, en El Arte del Poder. Armaduras y retratos de la España imperial, 2009, de Patrimonio Nacional, muy recomendable).
Adoración González Pérez
Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Autónoma de Madrid (1979). Escribió su Memoria de Licenciatura sobre EL Real Sitio de Aranjuez en el siglo XVIII.
Doctorada en Historia del Arte por Universidad Autónoma de Madrid (1991), Tesis titulada: El urbanismo de los Reales Sitios en el siglo XVIII.
Profesora de Educación Secundaria, en varios centros de la Comunidad de Madrid, ahora ya no en activo.
La Redacción recomienda
- De la Odisea a nuestros días: la huella de Homero en el español actual
- El Festival de Teatro de Olite cierra su 27.ª edición con más de 9.000 asistentes, la mejor respuesta de público de los últimos años
- Finaliza el rodaje de ‘NO LO GRITES’ con Carlos Bardem, Majo Cabrera y Max Suen
- De India para el mundo: cinco escritoras contemporáneas que muestran los desafíos del mundo ‘glocal’
- El 27.º Festival de Teatro de Olite encara su recta final con teatro, danza, música y performance
Lo último de Adoración González Pérez
- La protección de montes en España. Leyes e Instituciones (I)
- Antoni Gaudí y el cooperativismo social. El caso de La Mataronense
- Francisco de Goya y Lucientes, primeros años de vida y comienzos artísticos (1746-1828)
- El mundo laboral desde la perspectiva del diario de Avisos en el siglo XIX
- Juan Bautista Maíno, siempre