Termina la función
Acta est fabula. Con esta frase los romanos definían que la función teatral había terminado. Pero en el siglo XIX, el pueblo llano que lograba asistir a una ópera decía, por su parte, que la función no termina “mientras no salga la gorda”. ¿De cuál función hablamos hoy? ¿Quién sería aquí “la gorda”? La función es, aquí y ahora, la escenificación representativa de un poder simbólico atribuido, por convención, a un hombre al que se singulariza designándolo rey: en España lo era, desde 1975 hasta 2014, Juan Carlos de Borbón. Sobre su cabeza colocó el dictador Francisco Franco, simbólicamente, la corona, que deviene en institución cardinal de la sociedad política mediante la cual se representa a la familia como célula primigenia de la comunidad. Y, por ende, se le asigna la rectoría simbólica de esa comunidad política que a tal institución corresponde. Se situó pues al titular de la Corona al frente del Estado, construcción política suprema, que se guía por la llamada Razón de Estado. Este artificio establece cuáles son los intereses invariantes del Estado, los que velan por la permanencia de la nación en el espacio territorial y en el tiempo histórico. Tal mecanismo se rige por dos vectores, a saber, legalidad y legitimidad. Es decir, por un cuerpo de leyes determinadas y por aquello que acredita a tales leyes de manera que generen obediencia y conformidad al principio estatal. En su fase más profunda, se rige asimismo por el secreto.
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