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Antimasonismo en tiempos de la Segunda República


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

La Segunda República fue considerada por los enemigos de la masonería, es decir, el integrismo y los posicionamientos reaccionarios de gran parte de la derecha, como un régimen instaurado precisamente por la propia orden. Ese discurso terminó por contaminar a gran parte del universo conservador españo, en un discurso que iría in crescendo y culminando a partir de 1934 en una verdadera obsesión mediática.

La quema de los conventos, que tuvo lugar en mayo de 1931 fue el primer episodio que se achacó a la masonería, como intentó hacer ver el político de extrema derecha, fundador del Partido Nacionalista Español, en su obra Prisionero de la República (1931), al considerar que la decisión se habría tomado en logias francesas. Es más, la milicia que organizó, más llamativa que eficaz, en todo caso, los denominados “legionarios de España” eran presentados como una fuerza para defender la independencia española frente a los planes masónicos. Además, desarrolló también un fuerte antisemitismo, como solía ser habitual en una parte fundamental del antimasonismo, siendo un defensor, a ultranza, de los Protocolos de Sión. Albiñana desgranó en esa obra toda una teoría sobre la llegada de la República que llegaba hasta la época de la expulsión de los judíos, y en la que la Masonería jugaba un papel fundamental, siguiendo los dictados de aquellos, siendo protagonista de distintos sucesos e infiltrándose en diferentes instituciones en la Historia contemporánea de España. No era original Albiñana porque la literatura antimasónica previa había tratado estos temas, pero ahora el discurso parecía más articulado, y alimentaría, sin lugar a dudas, el discurso franquista posterior sobre la responsabilidad de la Masonería en los supuestos males que habían azotado a España desde casi tiempo inmemorial, porque, además, Albiñana llegó a vaticinar que el judaísmo llevaría al triunfo del comunismo en España.

En los ataques contra la masonería en tiempos de la República debe señalarse la labor del semanario gráfico cómico Gracia y Justicia, vinculado a la Editorial Católica y al periódico de derechas, La Nación. El semanario se identificó con las posturas más extremistas de la derecha, intentando, por un lado, ridiculizar a los políticos republicanos más importantes, especialmente, a Azaña, y atacar la legislación secularizadora, especialmente La ley de Congregaciones Religiosas de 1933, y que fue achacada en el mismo a los diputados masones. La importancia de este medio radica en que era popular, es decir, fácil de acceder al mismo, por lo que su mensaje podía calar mejor que el que se transmitía en libros más sesudos, siendo un verdadero ejercicio de populismo. La antimasonería se modernizó, por lo tanto, y empleó el modelo satírico como un instrumento eficaz para desarrollar sus ideas y acciones.

La masonería terminó por convertirse en una especie de comodín para explicar todos los hechos que la derecha y la extrema derecha consideraba como muy negativos. En las logias se manejaban los hilos y los políticos republicanos y socialistas, o los dirigentes anarquistas terminaban ejecutando políticas antirreligiosas y contra el orden establecido, o montando revoluciones, como la de 1934. En esta idea no se libraría casi ninguna publicación conservadora, ni el ABC, ni, por supuesto, el integrista El Siglo Futuro, La Nación, ni el periódico católico por antonomasia, El Debate, con su director Ángel Herrera Oria. Tenemos que tener en cuenta que los ataques desde la prensa a la masonería en los años treinta no solo se dieron en España, ya que en Francia también fueron muy comunes, aunque no tan generalizados, ya que en aquel país aunque la masofobia era importante, la masonería tenía mucha más implantación en todos los sectores sociopolíticos. Fue L’Action Françoise la publicación que más odio destiló en el país vecino hacia la masonería.

El propio Gil Robles en algunos mítines cargó contra los masones y las logias, al considerar que habían sido las causantes de la caída de la Monarquía y de la política laica de los gobiernos del primer bienio.

La campaña electoral de las elecciones de 1933 y el nuevo período que se abrió vivieron un aluvión de discursos, artículos y noticias antimasónicas, entrando en una especie de “edad de oro” del antimasonismo español, seguramente porque sus defensores se sentían envalentonados con la victoria del centro-derecha, y seguros de no ser perseguidos legalmente por sus manifestaciones.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

 

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