La memoria histórica no es historia. El pasado no es como a nosotros nos hubiera gustado sino como fue. La historia militante, sin embargo, confunde los deseos con la realidad y construye un relato a medida de las necesidades del presente. Nadie se libra de esta tentación: ni derecha ni izquierda. Tomemos ahora un ejemplo concreto. En los movimientos obreros cristianos, como la JOC (Juventud Obrera Cristiana) o la HOAC (Hermandad Obra de Acción Católica) se han mitificado sus comienzos, atribuyendo a esa etapa inicial un carácter progresista que no corresponde con la realidad. El fundador del hoacismo, el catalán Guillermo Rovirosa (1897-1964), fue un electricista que encontró la fe en 1933, tras permanecer alejado de ella en su juventud. Pocos años después, en 1946, ponía los cimientos de la HOAC, un movimiento en el que dejará la huella de su fuerte personalidad. Según el teólogo Fernando Urbina, Rovirosa era “un místico, casi un visionario. De pensamiento concentrado, idealista, lindante a veces en lo utópico”. Vistas así las cosas, parece que estamos delante de un revolucionario, de una especie de Karl Marx que creyera en Dios. Veamos ahora algo de la tozuda realidad.