El país de las últimas cosas
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Era algo extraño ver el océano así, y no puedo decirte el efecto que tuvo en
mí. Por primera vez desde mi llegada, tuve prueba de que la ciudad no estaba
en todas partes, que había algo más allá de ella, que existían otros mundos
además de este»
El país de las últimas cosas, 1987, Paul Auster
Anna Blume viaja a un país extranjero en busca de su hermano, desparecido hace cuatro años. Es un lugar en decadencia, no hay orden social, reina el caos y ya no nacen niños, los edificios desaparecen de la noche a la mañana sin explicación y la gente solo espera su extinción, por eso abundan los suicidios y las eutanasias, porque nadie quiere esperar un final incierto pero anunciado. Escrita en forma epistolar, la protagonista nos va describiendo lo que pasa y lo que vive en esta novela distópica que ya no lo parece tanto, a la vista de lo que sucede en el mundo y muy cerca de nosotros. En el libro hay una llamada constante a la memoria para retener las cosas que dejan de estar. Por eso es importante no perder los recuerdos, para que se queden con nosotros y den forma al desorden y a la idea de pertenencia, antes de que el ritmo vertiginoso de la actualidad las borre para siempre (y si las palabras de Auster no fueran suficientes, hay película de Alejandro Chomsky para fijarlas en imágenes), porque cuando la cotidianeidad y el orden se sustituyen por el caos absoluto y las autoridades a las que hemos elegido en urnas no responden, la única esperanza pasa a los individuos que puedan resistir. Y no hay que estar ciego para verlo ahora ni para recorrer las calles desintegradas metafórica y físicamente por la fragilidad del sistema. En este lugar no tan ficticio, la miseria y la comodidad son términos relativos, por eso importa contar historias, hechos, para que la indiferencia no termine con la ciudad por no encontrar las palabras que acaben por borrarlo todo, ante la desidia de los que deben protegerla más allá de condicionantes teóricos, porque hay una realidad que ya se ha impuesto. Cuando la gente pierde la libertad y la normalidad, el cerebro vuelve a modo de supervivencia y aparece lo más atávico en nosotros, lo cual, a su vez, complica aún más la situación. Poner a las personas contra la pared nunca es una buena elección, pues el sentimiento de desamparo obliga a actuar sin condiciones. Por eso hay que ponerse en el lugar de los ciudadanos, hoy y ahora, antes de que empiecen a perder su memoria y su ciudad. Antes de que se convierta en un sálvese quien pueda mientras los demás observamos atónitos la desidia de despachos lejanos, las noticias y consignas políticas contrapuestas y la deshumanización de todos, habitantes y migrantes. Ante esto, la cordura y la ley, la acción y el amparo a una ciudad invadida. Porque de lo contrario, emergerán los monstruos de la sinrazón dormida si la misma razón no consigue dominar el relato agitado desde las pasiones y el miedo. Y de aquellas aguas, la cita.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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