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‘Ricardo III’: La maldad en su estado puro


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Teatros del Canal acoge en estas semanas tres prometedores espectáculos procedentes del Complejo Teatral del San Martín de Buenos Aires e inaugura el ciclo con una deconstrucción de una obra de Shakeaspeare que en la dramaturgia de Adriá Reixach y la dirección de Calixto Bieito se convierte en 'La verdadera historia de Ricardo III'.

El supuesto argumental parte de la construcción de un aparcamiento donde se descubren los restos del monarca, un personaje deforme, tirano, sanguinario hasta lo patológico que se rodea de un coro de seres para los que la maldad es una moneda común. Lo que se trata de exponer es que el bien y el mal viajan en los mismos cuerpos, que el infierno no existe o no tiene almas, y el verdadero está entre nosotros.

Ese principio que se intenta transmitir se realiza a través de un montaje llevado hasta el máximo voltaje de la turbulencia y el histrionismo, en el que la entrega de los actores y actrices los muestra como auténticos atletas de las emociones bajo un esfuerzo subrehumano en lo físico y dramático.

Los golpes de efecto y los cambios en el drama incluyen tránsitos de lo trágico a los apuntes de sarcasmo y humor (?) en los que en varios momentos se trata de romper la 'cuarta pared', con bajadas al patio de butacas y preguntas al público, un didactismo que no se enmascara como ocurre en la introducción a la obra, y un juego de farsa constante donde campea el efectismo.

El problema de este montaje es que más allá de la idea general de que el mal (y el bien) anidan en el género humano por el simple hecho de serlo, de que el infierno somos nosotros (eso ya lo habían inventado otros con más capacidad de análisis) queda en la endeblez el discurso de la dramaturgia oculta bajo de la explosión de acciones y pirotecnias que expone. Porque el enrevesado texto cruza las líneas más diversas y se enreda en ellas, hasta generar un magma confuso en el que lo que emerge es solo la explosión de acciones dramáticas.

Lo más recordable es un apabullante trabajo de diez actores que literalmente se dejan la piel sobre el escenario, un montaje cargado de 'bombas' teatrales y efectos constantes, una acción llena de imaginación pero bajo la que hay muy poco o nada que contar más allá de las intenciones generales que se presuponen sobre el bien y el mal, y que el demonio no es un ser externo sino que vive entre nosotros. Es así que este enorme y apabullante montaje del San Martín de Buenos Aires es terriblemente contundente desde el punto de vista teatral pero inerme en cuanto a dramaturgia fuera de la monumental arquitectura de pasiones que expone.

Más allá de un espacio escénico diverso en el que se juega con objetos dispares, desde el cierre de almacén al coche que cae desde la altura o las mesas que se reconvierten, de una luminotecnia y un video usado como herramienta dramática, lo que sobresale es la entrega de un reparto fuera de límites, encabezado por Joaquín Furriel que es hoy uno de los actores más populares del cine y las series en Argentina, y que aquí realiza una de las entregas más absolutas que se han podido ver en un escenario sobre un personaje que transita del histrionismo y el guiñó a la comedia sarcástica.

La pena es que ese enorme esfuerzo, una producción de primer nivel, una dirección abundante en efectos, desde la perspectiva de la dramaturgia apenas tenga nada que decir al espectador que no se le haya dicho antes; donde ráfagas de Shakeaspeare se escuchan a veces como si el viejo drama isabelino se hubiera pasado por una centrifugadora.

Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.


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