El Estado entre la Reforma y la Revolución francesa en Bakunin
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
En la primera conferencia a los obreros del Valle de Saint-Imier en mayo de 1871, Bakunin expuso que el mundo moderno se había constituido como resultado de dos revoluciones, una denominada Reforma y la otra la Revolución francesa, aunque se centró en el mundo generado por la primera, lo que nosotros, como historiadores, consideramos, la época moderna. Queremos repasar en El Obrero estas tres conferencias, textos fundamentales en el pensamiento de Bakunin.
La Reforma habría destruido el feudalismo, pero también la omnipotencia de la Iglesia, además de impulsar el proceso de emancipación de la clase burguesa, que se había ido preparando ya en la Edad Media a través del desarrollo de las libertades comunales o ciudadanas y por el de sus actividades económicas, asuntos que se relacionaban íntimamente. En todo caso, la gran consecuencia de esta primera revolución habría sido el nacimiento del Estado moderno, ya fuera en su versión absolutista, “nobiliario, militar y burocrático” de gran parte de Europa, ya el “constitucional y aristocrático” inglés. En este sentido, es sumamente interesante observar como Bakunin calificó lo que conocemos como Monarquía parlamentaria inglesa, como constitucional, pero, sobre todo, como aristocrática, remarcando, implícitamente, que el Parlamento no tenía nada de democrático.
En primer lugar, la Iglesia católica, pero también las Iglesias protestantes pasaron a depender de ese nuevo Estado. A Bakunin, en su propósito de enseñar a los trabajadores la historia de la desigualdad, del dominio social y el camino de la emancipación no le interesaba detenerse en las diferencias teológicas entre católicos y protestantes. Es más, las consideraba absurdas y una pérdida de tiempo ocuparse de las mismas.
La Iglesia medieval había sido la verdadera señora de la tierra. Todas las autoridades temporales habían dependido de la misma. Sus derechos existían por el reconocimiento de la Iglesia. La lucha de los dos últimos siglos medievales había concluido con la proclamación de la independencia de los Estados por parte de la Reforma. Sobre las ruinas del despotismo eclesiástico, diría Bakunin, se había levantado el del despotismo monárquico. La Iglesia pasaba en la nueva época a servir al Estado.
Pero esa nueva posición no solamente se produjo en los países protestantes, donde los reyes eran los jefes de las Iglesias, sino también en los países católicos. En este sentido, citaba que hasta eso había pasado en España. En este sentido, aunque no lo explica Bakunin, debemos recordar nosotros que tanto en Francia como en España el poder monárquico decidió intervenir en los asuntos temporales de la Iglesia frente al poder papal, ya fuera en la versión galicana de la primera, ya en la regalista de la segunda. Es más, en ese contexto debemos entender cómo en la época del despotismo ilustrado las tres grandes Coronas católicas expulsaron de sus senos a la Compañía de Jesús, dependiente en todo de un poder ajeno, el de Roma. En todo caso, a Bakunin le interesaba más remarcar el papel de la Iglesia dentro del Estado moderno, como institución dedicada a lo que denominaríamos nosotros un trabajo de dominación de las conciencias. En este sentido, se habría dedicado a inculcar a las masas la resignación, la paciencia, la obediencia incondicional, a renunciar a lo bienes y goces de la tierra para asegurarse beneficios celestiales.
La nobleza conservó su poder privilegiado en lo económico, a través de la propiedad de la tierra (recordemos, por nuestra parte, la institución española del mayorazgo), pero habría perdido su independencia política en favor del nuevo Estado moderno. Pasó, como la Iglesia, a servirle, aunque de forma, lógicamente, distinta, entrando en el entramado burocrático y militar del mismo, así como, en las cortes. Nos parece sugerente la apreciación de Bakunin en relación con la actitud de la nobleza hacia el tercer estado. Si, por un lado, había perdido su altivez y su independencia, por otro, había conservado y acrecentado su arrogancia, por lo que presionó más hacia quienes estaban debajo, y ahora con permiso y al servicio de los monarcas.
La burguesía, por su parte, en principio, parecía que había avanzado con el cambio, porque había conseguido librarse del acoso de la nobleza feudal medieval, pero se vio entregada a un nuevo despotismo, el fiscal del nuevo Estado. Los impuestos fueron aumentado a medida que esos nuevos Estados necesitaban contar con numerosos y fuertes ejércitos para su propia conservación, y para las luchas y guerras por la hegemonía, o como decía el propio Bakunin, para el “pretexto del equilibrio internacional". Además, los Estados generaban un inmenso gasto en sus nuevas cortes, “que se habían transformado en orgías incesantes donde la canalla nobiliaria (…) iba a mendigar a su amo pensiones”. Alimentar a toda esa “multitud privilegiada” generaba muchos gastos.
Pero, además, la burguesía había perdido su papel de aliada de los reyes en la Edad Media en la lucha de éstos con la nobleza y el clero. Pero como estos dos estamentos habían pasado a ser servidores del Estado los monarcas ya no necesitaban la antigua alianza.
La situación de las masas populares era peor, tanto la de los campesinos, como la de los trabajadores de las ciudades. Los campesinos del centro de Europa habían intentado en tiempos de la Reforma emanciparse, pero habían sido traicionados por la burguesía y los líderes del protestantismo, terminando en una verdadera masacre.
Por su parte, el proletariado urbano no fue mucho más libre que los campesinos. Una parte estaba vinculada a las corporaciones (gremios), por lo que se encontraba atada y sometida por una multitud de reglamentos impuestos por los maestros y los patronos. El resto, privado de todo derecho, era oprimido y explotado por todo el mundo, sin olvidar el peso de los impuestos.
Toda esta situación de dominio sobre lo que nosotros llamamos tercer estado -burguesía, campesinado y trabajadores urbanos- tenía, para Bakunin, el pretexto de la grandeza y magnificencia del Estado. Así pues, existía una moral de Estado, distinta a la moral privada de los hombres. Bakunin explicaba que la segunda, mientras no estuviese viciada por los dogmas religiosos, tenía un fundamento generalmente aceptado, que tenía que ver con el respeto a la dignidad humana, el derecho y la libertad de todos. Frente a esta moral, como decía, estaba la del Estado, completamente opuesta. El Estado se impondría a todos los súbditos como un fin supremo. Servir a su potencia y grandeza por todos los medios posibles e imposibles y hasta contrarios a las leyes humanas y al bien de la humanidad era su virtud, frente a la de la moral privada basada en el respeto a lo que hemos expuesto. Por consiguiente, todo lo que contribuiría al engrandecimiento del Estado era el bien. Todo lo que era contrario a dicho engrandecimiento, aunque fuera la acción más virtuosa o noble desde el punto de vista humano, era el mal. Por eso los servidores del Estado se habría servido siempre de crímenes, mentiras y traiciones para servirle. Toda villanía cometida a su servicio se convertía en una acción meritoria. La moral del Estado, en consecuencia, era la negación de la moral humana y de la humanidad, es decir, Bakunin ya estaba expresando uno de los pilares del anarquismo, la intensa crítica al Estado.
Esta crítica se ampliaba en esta primera conferencia al expresar que la contradicción residía en la idea misma del Estado. Como nunca se había conseguido el Estado universal, todo Estado era un “ser menguado” que comprendía un territorio limitado y un número determinado de súbditos. La humanidad se repartía, por consiguiente, entre una multitud de Estados de todos los tamaños, pero el problema surgía porque cada uno se proclamaba como el representante de la humanidad entera y absoluto. Ahí nacía el supuesto derecho que tenían los Estados para atacar, conquistar, masacrar y robar en función de los medios y fuerzas con los que contasen. Nunca se había llegado a establecer un derecho internacional porque se consideraba que todo lo que estuviera fuera del Estado estaría privado de derecho. Los crímenes que los Estados cometían con las guerras se consideraban bendecidos por el “Dios de los cristianos”, que cada Estado consideraba como su partidario con exclusión del otro. Y en este momento, Bakunin ironizaba porque los Estados estaban poniendo en “aprieto a ese pobre Dios”, en nombre del cual se cometían tantos crímenes. Por eso, Bakunin se consideraba enemigo de Dios y defendía el hecho de que esa ficción, ese “fantasma divino” era una de las principales causas de todos los males. El anarquismo era un adversario apasionado del Estado, de todos los Estados. Mientras hubiera Estados no habría humanidad, habría guerra y crímenes asociados a la misma, con la consiguiente ruina y miseria de los pueblos. Mientras hubiera Estados las masas populares, aun en los más democráticos, serían esclavas de hecho, porque no trabajarían para su propia felicidad sino para la potencia del Estado.
¿Qué era el Estado?, profundizaba Bakunin. Se pretendía que fuera la expresión y la realización de la utilidad, del bien, del derecho y de la libertad de todos, pero eso era mentira, como era mentira la “fantasía de un ser divino en la imaginación de los hombres”. El Estado era la garantía de las explotaciones en beneficio de unos pocos privilegiados, en detrimento del derecho humano de todo el mundo. Bakunin empleaba el símil del martillo y del yunque, al afirmar que una minoría desempeñaba el papel del martillo y la mayoría formaba el yunque. Hasta la Revolución de 1789, la clase burguesa, aunque en grado menor que las masas populares, había formado parte del yunque, y por eso había sido revolucionaria.
Y aquí entroncaba su conferencia con la otra gran Revolución.
La burguesía había terminado por rebelarse contra las autoridades divinas y humanas. Aborreció especialmente a la nobleza que ocupaba un puesto en el Estado que ansiaba ocuparlo a su vez. Bakunin reconocía que no sólo había sido un interés egoísta el que había movilizado a la burguesía. Aunque la naturaleza misma de su organización la habían impulsado instintivamente a apoderarse del Poder, creyó en ese momento que trabajaba por la emancipación de todos. Aún no había tomado conciencia del abismo que le separaba de las clases obreras que explotaba ya, y porque en el seno de las mismas aún no se había despertado su conciencia.
La burguesía luchó contra el Estado y los estamentos privilegiados. Es evidente que no pudo hacerlo sola, sino sirviéndose de la fuerza popular a la que dirigió contra la realeza, la Iglesia y la nobleza. La burguesía era quien había tomado la iniciativa.
Bakunin valoraba a lo que llamó gigantes del pensamiento y de la acción de la clase burguesa el siglo XVIII, seguramente, pensando en los ilustrados, aunque luego veremos en la segunda conferencia como criticó intensamente a Rousseau. Esa valoración positiva se hacía en detrimento de los protagonistas de la burguesía de su tiempo, a la que consideraba “roída por la duda, y desmoralizada por su propia iniquidad”, por su impotencia, en fin.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.
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