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Mario Appelius y la obsesión fascista antibritánica en la Segunda Guerra Mundial


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El periodista y locutor italiano Mario Appelius (1892-1946) fue uno de los grandes propagandistas en la Segunda Guerra Mundial en su país con una verdadera obsesión contra el Reino Unido, como ejemplificaría su slogan que, en castellano, vendría a decir, “¡Qué Dios maldiga a los ingleses!”, además de ser uno de los defensores de la teoría de la “conspiración demo-pluto-masónica-judía”. En todo caso, y a pesar de inventarse alguna batalla victoriosa, terminó por negarse a ocultar las dificultades que comenzarían a encontrar las fuerzas del Eje, y muy especialmente, las italianas, a medida que la guerra avanzaba.

Pues bien, queríamos hacernos eco de sus ideas a través de uno de sus artículos, publicado en la revista italo-española de signo fascista, Legiones y Falanges, en su segundo número de diciembre de 1940, donde hacía un repaso de la guerra en ese momento y donde se plasmaban de forma casi paradigmática las dos características que hemos expresado: el odio británico y la idea de la conspiración, vinculada a la política del Reino Unido, dos aspectos muy apreciados tanto por el fascismo italiano como por el franquismo.

La guerra se caracterizaría por dos hechos en el otoño del año 1940 para nuestro protagonista: la “testaruda resistencia de Inglaterra” y, por consiguiente, la decisión del Eje de expulsar a los ingleses totalmente de Europa, África y Oriente Medio, con el fin de eliminar el “espacio vital” de la “hegemonía financiera inglesa" y de la “intriga política británica”.

La humanidad deseaba una paz que fuera verdadera y no una tregua, pero Londres era el problema porque no quería aceptar el hecho del fin de su hegemonía mundial, es decir, en esta interpretación era el Reino Unido el responsable del mantenimiento del conflicto. Esa obstinada y testaruda resistencia británica contaba con el apoyo judío y de la banca norteamericana, y sin olvidar los “tenaces tentáculos masónicos” que sobrevivían en las “zonas demoplutocráticas de Europa y América”. Y eso habría acentuado el carácter revolucionario de la guerra, porque se había convertido en una lucha histórica contra la hegemonía plutocrática, la causa de todos los problemas del mundo en el último medio siglo.

Ese carácter revolucionario tenía su propia historia: la llegada del fascismo a Italia, seguido por el rearme alemán soslayando o contra Versalles, el abandono japonés de la Sociedad de Naciones, la guerra de Etiopía y la guerra civil española. Ese curso inexorable hacia el conflicto final podría haberse interrumpido con un acto de prudencia por parte de los británicos. Pero Londres había respondido creando una coalición continental para combatir a Alemania, Italia y España.

Esa coalición había sido derrotada en Praga, Varsovia, y deshecha en Noruega, Holanda, Bélgica y Francia. En ese momento, Londres tendría que haber depuesto las armas. El propio Hitler había intentado facilitarle a Inglaterra la cuestión, pero Londres había pensado con un “cerebro plutocrático” y no inglés. En vez de mirar a la Commonwealth y comenzar un nuevo ciclo de historia, sustentado por un acuerdo con las naciones de la Nueva Europa, se había obstinado en seguir la guerra, o más bien, había sido la plutocracia británica, para seguir uniendo los dos elementos del pensamiento y la teoría de Appelius. Esa era la plutocracia judía, financiera y masónica. Y del fracaso de Chamberlain había surgido el fenómeno de Churchill.

El político británico era presentado como un líder que estaba calculando de forma exagerada las fuerzas británicas, y vendría a ser un ignorante en relación con el poder propio para poder “engatusar” con sus intrigas a España, Rusia, los Balcanes, los países árabes, la India y hasta Japón, además de haber pensado que podría doblegar por hambre a Alemania con el bloqueo naval o quebrantar a Italia con su flota, entre otras aventuras.

Pero el Eje habría reaccionado con inteligencia, sin minusvalorar la potencia británica ni la fuerza de resistencia de su testarudez. Los hechos probarían, y el resto del artículo suponía una justificación de su afirmación hasta en nueve puntos, que el Eje iba cumpliendo su plan militar y político mientras el esfuerzo británico, a pesar de las ayudas que recibía de esa especie de contubernio, si se nos permite la versión española de la teoría conspirativa de Appelius, se iba debilitando.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 

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