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Odiadísima Cleopatra


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)
La muerte de Cleopatra (1796-1797), de Jean-Baptiste Regnault. / Wikipedia. La muerte de Cleopatra (1796-1797), de Jean-Baptiste Regnault. / Wikipedia.

La Historia no se ha portado bien con Cleopatra. Hemos tratado repetidamente de encajarla dentro de unos parámetros y de un sistema de valores en los que ella no vivió. De la misma manera, hemos interpretado sus acciones y elecciones cargándolas de juicios morales, en vez de intentar comprender las razones que se ocultaban tras sus decisiones. Es por ello que sigue apareciendo en nuestro imaginario colectivo como un personaje anómalo y malévolo difícil de ubicar en su lugar correcto.

La realidad es que la imagen que tenemos de ella hoy en día proviene casi sin alteraciones de la sociedad romana del siglo I a.C. y de la necesidad de Octavio de legitimar su poder unipersonal en una Roma que, oficialmente, seguía siendo una Republica. Para ello, se sirvió de poetas e historiadores como Dión Casio, Virgilio u Horacio. Fue especialmente después de la muerte de Cleopatra cuando Octavio y sus partidarios comenzaron la construcción de una leyenda negra de la que todavía no hemos sido capaces de sustraernos. Quien había muerto era un enemigo de Roma, y a partir de este pretexto reconstruyeron los acontecimientos para elaborar un discurso triunfalista que celebraba no sólo la victoria sino la propia esencia romana frente a la alteridad encarnada por la faraona.

A partir de entonces convertían a Cleopatra en un personaje habitual de la literatura greco-romana: la mujer extranjera que trataba de apartar al héroe de su destino con sus malas artes. Se unía a una larga lista presidida por Circe, hechicera que en la Odisea de Homero trataba de evitar la vuelta de Ulíses a Ítaca o Dido, reina de Cartago, que trató de retener a Eneas en la Eneida de Virgilio. Julio César y Marco Antonio aparecían como meros títeres en sus manos, hombres buenos encandilados por la perfidia de “la egipcia”, como se la llamaba con ánimo peyorativo. Al mismo tiempo, y de igual forma, era añadida a las mujeres célebres que, con sus encantos, habían arrastrado a los hombres a la guerra. Como si de una nueva Helena de Troya de tratase. Tal había sido el caso de Marco Antonio según el retrato que le dedica Plutarco en sus Vidas Paralelas, donde asume que “quedó totalmente claro que Antonio se ocupaba de los asuntos no como general ni como hombre que estuviera en su sano juicio, sino como si estuviera abducido y atrapado por una mujer”.

Pero la realidad de la faraona era muy diferente. La situación de Egipto cuando Cleopatra (Cleopatra VII Thea Filopátor) asumió el poder estaba lejos de la de sus grandes momentos de esplendor. Egipto era un reino vasallo de Roma y sus arcas se encontraban vacías después de que el padre de Cleopatra, Ptolomeo XII, hubiese pagado con ellas el favor del general Pompeyo el Grande para así evitar quedar reducidos a una provincia romana más. El malestar social y las intrigas palaciegas se multiplicaban en un reino que ya apenas reflejaba sus siglos de esplendor. Sin embargo, Cleopatra sí veía posible recobrar el lugar preponderante que históricamente habían ocupado, y fue éste, y no otro, el eje vertebrador de todas sus decisiones estratégicas durante el tiempo que gobernó el país del Nilo.

Además, conviene recordar al respecto que, sin llegar a ser consideradas iguales a los varones, el ejercicio del poder en Egipto no estaba vetado a las mujeres como en otras civilizaciones. Figuraban ya en la historia egipcia otras mujeres poderosas, entre las cuales faraonas como Neferusobek (Dinastía XII) o Hatshepsut (Dinastía XVIII), y Grandes Esposas Reales tan influyentes como Tiy, esposa de Amenhotep III, o Nefertiti, esposa de Amenhotep IV. Sus propias hermanas, Berenice y Arsínoe, habían tomado el poder por asalto, aunque con resultados catastróficos.

De igual forma, la egipcia era una civilización que reconocía sin complejos los logros de estas grandes féminas. Tal había sido el caso de Nefertari, que logró un cese negociado de las hostilidades con el Imperio Hitita por medio de la correspondencia que mantenía con la emperatriz de este territorio vecino, su homóloga Puduhepa. Y es que el propio Himno a la diosa Isis rezaba así “Eres la dueña de la tierra, tú has dado un poder a las mujeres igual al de los hombres”.

Pero todo ello era impensable para la ética patriarcal romana, que atacó con furia la propia existencia de una gobernante mujer. Horacio, entre otros, se refería a ella como “una reina insensata, colmada de una ambición desmedida” cuya verdadadera pretensión era “la destrucción del Imperio”.

Al mismo tiempo, para desacreditarla, asociaron la imagen de Cleopatra a su belleza y a una sexualidad puesta al servicio de sus intereses, convirtiéndola en una pura femme fatale de la edad antigua. Autores como Plutarco u Horacio construyeron este retrato tildándola de “la ramera cargada de aceites” o “la serpiente del Nilo”. Este cliché sobrevivió a los años sin reformarse un ápice, apareciendo Cleopatra en el segundo círculo del infierno de Dante, el de la lujuria, junto con Semíramis o Helena de Troya. En el siglo XIV, Giovanni Boccaccio en su libro De mulieribus claris, primera colección de biografias de mujeres de la literatura universal, atribuía la fama de Cleopatra principalmente a “su avaricia, crueldad y locura”.

Estos extremos también resultan difíciles de admitir. En lo referente a su preocupación por la belleza, la arqueología no puede ofrecer ningún tipo de clarificación. Pero sí sabemos que el culto al cuerpo era una parte intríseca de la cultura egipcia, que prestaba especial atención al aseo personal, al maquillaje y al uso de un ungüentos y cremas con fines tanto estéticos como medicinales.

Sobre su comportamiento, es necesario tener en cuenta que la conducta que se esperaba de una egipcia poco o nada tenía que ver con la que se esperaba de una romana. Mientras que en Egipto ejercían profesiones variadas (escribas, curanderas, tejedoras, nodrizas o sacerdotisas), y podían vender o comprar propiedades, las romanas pasaban su existencia sometidas al pater familias, dueño y señor de sus propias vidas. En la mentalidad egipcia, además, su presencia en la esfera pública no resultaba contradictoria con sus roles de madres y esposas en la esfera privada. La propia Cleopatra, durante su estancia en Roma como invitada de César, fue duramente atacada por vestir con vestidos vaporosos según la moda alejandrina. Estos nada tenían que ver con las vestimentas que portaban las romanas, de quienes como virtud máxima se esperaba la pudicitia, modestia o castidad sexual. El poeta Lucano así le recordaría años después al describirla en su Farsalia: “Como de una especie distinta de las mujeres romanas aparece la imagen de la egipcia Cleopatra. Ajenas del todo le son la santidad y la endeblez”.

Y es que pensadores como el mismísimo Cicerón habían justificado el papel secundario femenino afirmando que “nuestros antepasados decidieron que todas las mujeres, en razón de su debilidad de espíritu, estuvieran bajo la potestad de un varón”. En el caso de Cicerón, su animadversión por Cleopatra era además personal. Nació durante la visita de la faraón a Roma, en el transcurso de la cual ella se permitió organizar debates intelectuales en su villa del Janículo, en los que se hablaba igual de medicina que de historia o astronomia. Él, uno de los oradores más importantes de su tiempo y que tampoco sentía especial simpatía por César, consideró a la egipcia una soberbia por ello y declaró abiertamente su odio por la egipcia en todos los mentideros de Roma.

Sin embargo, y por mucho que le pesara a Cicerón, ese fue uno de los rasgos más marcados de su personalidad: Su enorme cultura. Fue, de hecho, la primera de la dinastía lágida en hablar egipcio. Lo cual era una paradoja, ya que el reconocimiento de la ancestral cultura egipcia formaba parte de la legitimación ptolemaica del poder. Lo habían aprendido del propio Alejandro Magno, quien en el célebre episodio del oasis de Siwa se había intitulado Hijo de Amón. Esta fusión con las culturas locales era, a fin de cuentas, característica del helenismo griego. Y Cleopatra fue, entre los suyos, quien mejor encarnó estos principios.

El mundo árabe medieval, menos sensible al legado de la propaganda octaviana, sí supo recuperar, a partir del siglo VII, su importancia como erudita y filósofa políglota que incluso escribió varios tratados desaparecidos. Y es que el contrapunto a la leyenda negra sobre Cleopatra siempre vino de historiadores no europeos, como, por ejemplo, el obispo copto de origen egipcio Juan de Nikiû, quien la calificaba como “grande por ella misma, por sus logros y su valor”. Hubo también quien la reivindicó como su modelo político, tal es el caso de Zenobia, reina de Palmira, que se declaró su heredera política, o de su propia hija, Cleopatra Selene, que reinó sobre Mauritania.

Occidente, sin embargo, permaneció anclado en los estereotipos sobre su persona. Incluso su muerte fue reconvertida en una muestra de debilidad, transformada por William Shakespeare en su drama Antonio y Cleopatra, en una muerte por amor, un castigo para los amantes irracionales. Todo lo contrario: Su suicidio fue su última decisión de Estado como reina, consciente como era de que Egipto era ella, y como tal no podía consentir que la brillante civilización del Nilo desfilara encadenada y derrotada ante Roma. Eligió morir en el mausoleo de Alejandría, vestida con ropajes de reina y eligió para poner fin a su vida el áspid, símbolo del poder de los faraones. Fue su última victoria, de ella que como sobrenombre eligió precisamente Filopátor, “la que ama a la patria”.

Doctora en Historia Contemporánea. Autora de diversos libros y artículos sobre el Catolicismo y la Guerra Civil española.

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