La coherencia de Julián Besteiro
- Escrito por Emilio Garví Ruiz
- Publicado en Historalia
Ante la permanente bronca política que padecemos en España en los últimos tiempos, algunos autores han vuelto a rescatar la idea de la “tercera España”, concepto acuñado por Salvador de Madariaga en 1955 (Spain) al aludir a tres Españas mediante “tres Franciscos” con macadas connotaciones ideológicas: el dictador Francisco Franco; el líder socialista Francisco Largo Caballero; y el pedagogo y líder republicano Francisco Giner de los Ríos, creador y director de la Institución Libre de Enseñanza. Algunos de esos autores sitúan a Julián Besteiro en ese posicionamiento.
Con todos mis respetos a quienes así opinan, discrepo de tal encasillamiento. A poco que nos acerquemos a la amplia bibliografía sobre el personaje, comprobaremos que Besteiro siempre fue un hombre convencido profundamente de sus ideas y de sus principios, no haciendo ostentación de ello; simplemente los practicó. Sus intenciones las dejó claras en una de sus múltiples cartas a su esposa, Dolores Cebrián, el gran apoyo de su vida. "Nunca hubiese podido dejarte cuantiosos bienes de fortuna —escribió en una misiva a modo de testamento a su mujer—, pero te dejo en cambio un nombre respetable que algún día, creo yo, habrá de imponerse a la consideración de las gentes".
De la fe socialista de Besteiro caben pocas dudas, como dejó patente al ponerse al frente de la huelga general de 1917, que le costó la cárcel, junto con Andrés Saborit, Francisco Largo Caballero y Daniel Anguiano por la UGT, y Salvador Seguí y Ángel Pestaña por la CNT. El reparto más justo de la riqueza y la mejora de la educación en un país lastrado por el analfabetismo siempre estuvieron entre sus prioridades. Pero se opuso radicalmente a la violencia para alcanzar sus metas —y por supuesto a la guerra— porque estaba convencido de que tendría un coste inasumible de vidas y acabaría por laminar los logros sociales de la República.
Su gran contribución a la teoría política fue la adaptación del marxismo y de la socialdemocracia a las características propias con las que se había creado el PSOE por parte de su fundador Pablo Igesias. Tenía una concepción integral, ética y política que mantuvo a lo largo de toda su vida y que le llevó en varias ocasiones a la cárcel. La Revolución rusa de 1917 abrió un debate entre los socialistas españoles, como en el resto del mundo; aunque Besteiro acogió favorablemente el estallido revolucionario, su posición se fue endureciendo a medida que se conoció el proceder político de los bolcheviques. En consecuencia, defendió la permanencia del PSOE en la Segunda Internacional frente a los «terceristas» que, fieles a Moscú, proponían la adhesión a la Tercera Internacional y acabarían nutriendo la escisión comunista (1921).
Tras ganar la cátedra en la Universidad Central en 1912, a los 42 años ingresó en la Agrupación Socialista Madrileña y en la Sociedad Profesional de Oficios Varios de la UGT. Fallecido Pablo Iglesias, fue elegido para sucederle al frente del PSOE y del sindicato. En su carrera no faltaron enfrentamientos con Largo Caballero e Indalecio Prieto, especialmente agudos antes de la proclamación de la II República. No obstante, fue elegido presidente de las Cortes Constituyentes y tuvo el honor de proclamar la nueva Constitución, deseando que fuese un impulso vital para el pueblo español.
Siempre fue coherente. Ochenta y un años después de su muerte, aún se le considera paradigma de honestidad, ética y honradez política, virtudes que el socialismo reclama como señas de identidad propias, aunque algunos arribistas las dinamiten de vez en cuando. Sin lugar a dudas, su posición en la Guerra Civil es la que más polémica ha generado. Si para unos se trataría de un político que abominó del horror y que buscó la paz por encima de todo y de todos, para otros sería un traidor a la causa republicana y que empañaría su trayectoria anterior. La precipitación del final de la Guerra Civil, a través del conocido como golpe del coronel Casado, rompió definitivamente las relaciones de todas las organizaciones del Frente Popular.
Ante los micrófonos de Unión Radio dirigió una llamada a los españoles pidiendo que colaboraran con el Consejo Nacional de Defensa proclamado por el coronel Casado y en el que aparecía como consejero de Estado. Desde su exilio en Francia, Azaña había dimitido la presidencia de la República una semana antes, el 27 de febrero; “su renuncia —dijo Besteiro a sus oyentes— deja a la República decapitada”.
Constitucionalmente no era posible sustituir al presidente dimisionario y por lo que se refería al gobierno, falto de la asistencia presidencial, carecía de toda legitimidad. No había, pues, según Besteiro, ni podía haber, un gobierno legítimo en la República. Besteiro terminaba su alocución pidiendo a todos que asistieran al "Poder legítimo de la República, que, transitoriamente, no es otro que el Poder militar".
Fue condenado a cadena perpetua y sufrió semanas de dramática agonía en la cárcel de Carmona, ante la indolencia de los sanitarios penitenciarios que nada hicieron por curar su septicemia generalizada. Su mujer fue humillada negándosele la entrada a la prisión hasta el último momento y hasta Serrano Suñer (el “cuñadísimo”) consideró su muerte como “un acto torpe y desconsiderado”.
Carmen de Zulueta, sobrina de Besteiro, escritora y comentarista de sus cartas personales, considera que Franco quiso borrar su popular figura de la historia de España, para que las generaciones futuras no supiesen que había existido. Sin duda, no era bueno que el ejemplo de un socialista ecuánime, honrado, y reconocido popularmente permaneciese vivo. El franquismo hubiera querido llevar a un Consejo de Guerra a los máximos líderes políticos de la República, pero lo cierto es que fue Besteiro el único que se sentó en el banquillo. Se ha escrito que Franco siguió de cerca aquel proceso con mucha contrariedad ya que, de todos los posibles encausados, iba a juzgar al que era espejo del diálogo y el acuerdo, de moderación en busca de lo posible y realizable, de la austeridad personal huyendo del boato y la artificiosidad en la política, de la coherencia entre lo que se dice y se hace. Su forma de interpretar la política podría ser un buen ejemplo para la reconstrucción que está necesitando urgentemente la vida pública en España, “un país —como dijo en su juicio ante el Consejo de Guerra— en el que he nacido y al que voluntariamente, además, pertenezco”.
Como afirmó El Socialista del 28 de septiembre de 1950, con ocasión del décimo aniversario de su muerte, la conducta de Besteiro "es patrimonio común de los socialistas, algo que sólo en algunos hombres sobresalientes alcanza la categoría de ejemplaridad. Su nombre es paradigma de honestidad, carácter, de amor por España, de fe en el socialismo”.
Besteiro falleció haciendo profesión socialista y pidió que “cuando en España los hombres volviesen a ser libres, sus restos fuesen envueltos en una bandera roja y enterrados junto a los de Pablo Iglesias”. En 1960, tras 20 años en el Cementerio de Carmona, donde se prohibió el acceso a su tumba, su féretro fue trasladado al Cementerio Civil de Madrid, donde hoy descansa cerca de sus maestros Giner, Cossío y Salmerón. Desde allí, la honradez de este «santo laico», como lo definió Indalecio Prieto, continúa brillando en la memoria socialista y atrae a cuantos se acercan a la historia de ese partido en busca de referentes éticos para ejercer o comprender la acción política.
A diferencia de otros países —en los que existen personajes incuestionables para todos, portadores de unos valores con los que desearíamos ser identificados— en España, por desgracia, estamos ayunos de este tipo de individuos, como bien podría ser el caso de Julián Besteiro, que, a mi juicio, atesora méritos suficientes como para ser un referente en el que mirarse los españoles.