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Narváez y su tiempo, vistos por Álvaro de Albornoz


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

El destacado político republicano Álvaro de Albornoz publicó en 1930 el libro El gobierno de los caudillos. A propósito de esta obra pronunció una conferencia en la Casa del Pueblo, titulada Narváez y su tiempo, en febrero de ese año, donde dio algunas primicias del libro que estaba a punto de publicar, a través de la figura del conocido como “espadón de Loja”, realizando un duro y crítico juicio sobre el mismo, pero también sobre la época histórica del reinado de Isabel II, y de la Revolución de 1868.

Para el conferenciante, el militar y político, fundamental, como bien sabemos en el período central del reinado de Isabel II en la conocida como Década Moderada, se definía con dos palabras: instinto y astucia.

Era, a su juicio, obstinado, terco y vanidoso, y alardeaba de liberal, y por eso, por su “extraño modo” de defender la libertad, algunos de sus amigos le apodaban el “buey liberal”. En este sentido, para criticar esa supuesta calificación de liberal, aludió a un informe del ministro de Prusia en Madrid, que en 1848 escribía a Berlín para afirmar que no existía gobierno menos liberal que el que en ese momento regía en España. La Revolución en España no se había dominado por la fuerza, sino que se había “roto la cabeza contra la del general Narváez que la tiene más dura”. Por nuestra parte, sabemos que el militar se encargó de forma preventiva de neutralizar aquellos elementos que podían ocasionar si no una revolución si alteraciones e insurrecciones importantes en la España de 1848, en plena “primavera de los pueblos”.

Narváez habría sido un hombre con una única ambición, el poder, el “mandar por mandar”, imponerse y hacerse obedecer. Habría deseado convertir a España en un cuartel, en un campamento.

Pero su carácter altivo se desvanecía ante el trono. Para ser jefe del gobierno adulaba y aceptaba gobernar con personajes “palaciegos”.

Habría sentido un desprecio enorme por la cultura, y a los grandes oradores de las Cortes los despreciaba.

Álvaro de Albornoz puso ejemplos del duro carácter de Narváez, como cuando siendo capital general de Madrid en 1843 diezmó a unos soldados que habían promovido una reyerta e hirieron a unos oficiales porque no se había cumplido el ofrecimiento de licenciarlos. Narváez había estado siempre alerta porque veía conspiraciones y proyectos de asesinatos por todas partes, aunque también es cierto, como recordaba, que el 6 de noviembre de ese año dispararon conta su coche, resultando ileso, aunque su ayudante sería herido mortalmente.

Narváez había empleado a Olózaga como hombre de paja, pero sería sustituido por González Bravo. Una vez reprimidas las sublevaciones de Cartagena y Alicante, y España en estado de sitio, desarmada la Milicia Nacional, González Bravo creaba en 1844 la Guardia Civil.

En ese mismo año, contaba el político republicano, hubo varias conspiraciones, que fueron abortadas, y terminaron con fusilamientos, cárcel y deportaciones. Desde diciembre de 1843 a diciembre de 1844 se fusilaron a 214 personas. En enero de 1845 lo sería Zurbano con sus dos hijos.

Albornoz se detuvo mucho en estas cuestiones de la represión, recordando que en aquella época la policía contaba con 1.300 agentes, con un coste de diez millones de reales. Además, afirmó que se colocaron en puestos directivos de la policía a dos “empedernidos criminales extranjeros”, que realizaron todo tipo de tropelías, aunque terminaron en prisión por decisión de la Audiencia de Madrid.

También recordó la dura represión de la sublevación republicana del Arahal en el verano de 1857, que terminó con cien fusilamientos. Después llegaría la célebre noche de San Daniel, una protesta estudiantil, que terminó con once muertos y 193 heridos.

Pero esa había sido también, y siempre según nuestro orador, una época de corrupción y despilfarro. En 1845 se aumentó la lista civil, y los amigos del gobierno hacían fortunas colosales jugando a la Bolsa, realizándose negocios fraudulentos. Narváez habría llegado a recibir un premio público de ocho millones, que aceptó.

Y en eso se llegó a 1868. Mientras Narváez representaba la barbarie y la sangre, O’Donnell, la corrupción y el dinero, Narváez, la barbarie y la sangre. El orador se explayó en las características de la corrupción del capitalismo español, entre el dinero de la desamortización y de los negocios.

Y en eso estalló la Revolución de septiembre (recordemos que ya había fallecido Narváez), aunque consideró que terminó siendo un fracaso. La primera causa del mismo había sido que muchos de sus protagonistas se habían movilizado por despechos y rencores hacia la persona que simbolizaba el poder, es decir, contra Isabel II, pero que no se habían identificado con un ideal. Por eso se había llegado tan pronto a la Restauración borbónica.

Otro error había sido dejar para después lo importante en las Cortes constituyentes. Las cuestiones que podrían ser calificadas de enojosas debían ser resueltas en primer término según recomendaba. En todas las Cortes constituyentes previas, las de 1812, 1837 y 1854 se había manifestado la “blandura” de los liberales, que convertía en incompleto su triunfo y permitía la vuelta rápida del despotismo. Las de 1868 no habían servido de nada.

Por fin, la tercera causa del fracaso había sido la que calificó obstinación monárquica de Prim. Prim era un “monárquico histórico”. Su mayor fracaso había sido, al envainar la espada de la revolución, traer un rey extranjero, lo que le concitó las iras de las derechas y las izquierdas, de los monárquicos y los republicanos. Y luego llegó su “ocaso sangriento”.

Albornoz concluía que era el afán inmoderado de mando el que había impulsado a los caudillos militares, aunque había gradación de matices entre Narváez, O’Donnell, Prim y Espartero. O’Donnell había sido como el “gallo inglés”, y Narváez el “gallo castizo”. El problema fue que la adoración por la fuerza terminó quedando para siempre en el alma de los españoles como un “poso turbio” que las tormentas revolucionarias podían remover, pero no “purificar”.

Hemos trabajado con el número 6552 de El Socialista, de 7 de febrero de 1930.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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