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Las dictaduras, según Luis Araquistáin


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Luis Araquistáin publicó un artículo en el Almanaque de El Socialista del año 1928 sobre la variedad de las dictaduras, que rescatamos en el presente trabajo por su intento de interpretarlas en el período de entreguerras antes de la gran crisis de los años treinta.

El interés por las dictaduras nacía en el intelectual socialista por el hecho de que era un fenómeno que se repetía en el mundo, por lo que tenía que ser algo más que fruto del azar, de las circunstancias o del capricho de un hombre. Debía obedecer a circunstancias de un determinado período histórico que terminaban por canalizarse de esa manera.

Las dictaduras nacerían a partir de la Gran Guerra, comenzando en Rusia, y extendiéndose por otros lugares del este y sur europeos, para también calar en el continente americano.

Aunque Araquistáin no desdeñaba el factor psicológico y las circunstancias locales a la hora de explicar las dictaduras, pensaba, como hemos apuntado ya más arriba, en causas más generales, como si estos regímenes políticos sucedieran por un “instinto más profundo”, o por desilusión por formas políticas anteriores. Había que realizar un análisis profundo de esa realidad histórica.

La primera característica que nuestro autor apreciaba en las dictaduras europeas es que bajo formas semejantes no coincidían en el contenido o propósito de las mismas, pudiendo llegar a ser diametralmente opuestas. Habrían nacido unas para defenderse de las otras, como una especie de ejercicio dialéctico.

La tesis estaría representada por el caso ruso, cuya dictadura se implantaría para transformar el régimen de propiedad, es decir, el capitalismo, siendo, a nuestro entender el primer ejercicio de dictadura del proletariado. La primera antítesis o réplica sería la dictadura italiana. El fascismo era considerado por Araquistáin como la reacción por la ocupación obrera de las fábricas de 1920, como un fallido eco del comunismo ruso. Esta respuesta italiana sería seguida en otros países del sur europeo que, además de factores locales, habían creado regímenes dictatoriales con la intención de sustentar el capitalismo (“régimen económico vigente”), amenazado por el ejemplo ruso y por la “anarquía social” derivada de la Gran Guerra, poniendo el ejemplo de Cataluña, donde, siempre según nuestro autor “trasplanta a las luchas sindicales sus métodos de espionaje y mercenarismo y su desprecio a la vida humana”, seguramente en una interpretación sobre el método anarquista y de la llegada de la Dictadura de Primo de Rivera.

La síntesis entre el “absolutismo comunista” de Rusia y el “absolutismo individualista” de otros países podía darse en Inglaterra, quedándose en un semicolectivismo, que no excluyese las ventajas de la propiedad privada, pero que, al mismo tiempo, evitase sus “inconvenientes y torpezas”. Seguramente estaría hablando de la pujanza del laborismo en esos momentos, que había llegado al poder brevemente anteriormente a este artículo, y regresaría al mismo, al poco de publicarse el mismo.

Pero habría más diferencias entre los dos tipos de dictaduras europeas. La dictadura rusa había de orientarse hacia la democracia liberal, a una elevación del nivel intelectual y moral del pueblo ruso. Para Araquistáin con millones de personas ignorantes era imposible organizar una sociedad y un estado superiores. La tragedia de los comunistas rusos había sido que una revolución como la que proyectaron no se podía crear por arte de magia. Antes, y siempre según su opinión, había que crear hombres y revolucionar sus conciencias, y eso no se podía conseguir por fe. Había que cultivar la conciencia de los hombres, y eso no se podía hacer más que lentamente, por la enseñanza, la educación del espíritu. De ahí la especie de furia pedagógica del Estado comunista en Rusia. Pero todavía no se sabía si el pueblo ruso, bajo ese frenesí pedagógico, saldría convencido de las ventajas del comunismo, como querían sus líderes, pero valoraba que, al menos, se habría conseguido que aprendiera a leer y a pensar, adquiriendo conciencia de su personalidad humana y, a lo mejor, de ese modo, se aficionaría a las formas democráticas y liberales de la civilización occidental, que eran las características de los pueblos cultos. Es evidente que esta afirmación causaba extrañeza, como nos causa a nosotros, siendo consciente de ello el propio Araquistáin, ya que, a continuación, avisaba que la historia estaba llena de paradojas, por lo que no había que sorprenderse si la Revolución rusa, como antes la francesa, originariamente no menos dictatorial, en su opinión, terminaba resolviéndose en lo que negaba, es decir, en una democracia occidental. Quisieran o no los comunistas en Rusia se estaba incubando la democratización. En todo caso, este análisis, insistimos, no deja de sorprendernos, independientemente de lo que nosotros sepamos sobre lo que ocurrió posteriormente porque no llegamos a entender claramente cuales eran esos indicios ya en un estalinismo bien asentado a la altura de 1928.

Al contrario, en las dictaduras de tendencia conservadora, terminaba Araquistáin, verían en la ilustración del pueblo un peligro contra el orden que buscaban sostener. De ahí el escaso interés de esta clase de dictaduras por la educación popular. La incultura de un pueblo provocaba que se agostara el sentimiento de libertad, de democracia. Serían dictaduras que tendían a conservarse indefinidamente y a ser cada vez más dictatoriales, en vez de disolverse gradualmente, como la del “tipo ruso”.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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