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Navidad sangrienta en la primera guerra carlista


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Desde la muerte del rey Fernando VII, en el otoño de 1833, se había desatado en España una guerra civil, conocida como la Primera Guerra Carlista (1833-1840). Dos bandos se enfrentaron: los carlistas o defensores del Antiguo Régimen y los isabelinos o partidarios de una vía reformista -incluso liberal- para alcanzar la deseada meta de la modernización del reino. La reina regente, María Cristina, se había casado en segundas nupcias, clandestinamente, con Fernando Muñoz. De saberse públicamente, la reina viuda perdería la regencia, lo que no desea, pero se trataba de un secreto a voces entre la clase política, que no dudó en amenazarla con la divulgación de la noticia si se desviaba de sus deseos, a favor de una transformación -moderada o radical- del Antiguo Régimen.

A partir de 1834, se sucedieron las conspiraciones liberales para tratar de fomentar una transformación política más fundamental en Madrid, sede de la corte y del gobierno. Se produjo el asesinato de religiosos -lo que alimentó aún más la causa carlista- mientras se conspiraba para derribar a la regente María Cristina. En el verano de 1836, un grupo de sargentos se sublevó en el Real Sitio de la Granja y obligó a la reina regente a restaurar la constitución de 1812, provocando un movimiento revolucionario en algunas ciudades que supuso la toma del poder por los progresistas. En Madrid estallaron los tumultos, siendo ajusticiados aquellos personajes que se habían distinguido por la represión contra la corriente política triunfante, como el general Quesada, asesinado cruelmente. Su cadáver fue cortado y unos soldados lo pasearon por varias calles de la capital, mientras cantaban: “¿Qué es aquello que baja/por aquel cerro?/ Los dedos de Quesada/los trae un perro”.

En un estreno teatral, salió a escena un muchacho de Chiclana con poco más de veinte años -Antonio García Gutiérrez, novel autor-, cuya lozanía demostraba que todo era posible en los nuevos tiempos románticos, hasta el triunfo en muy corta edad. Mariano José de Larra, el escritor romántico, andaba en amoríos con Lolita Armijo, mientras lejos, en el frente Norte de la guerra carlista, la lucha aumentaba en violencia y ardor entre isabelinos y carlistas.

Con los fieles a las banderas de don Carlos se encontraban generales y guerrilleros, como Maroto, Zumalacárregui y Maroto; frente a ellos, entraba en combate un veterano militar, Baldomero Espartero. Se luchó a las puertas del puerto y ciudad de Bilbao, clave para el abastecimiento y dominio de la costa por parte de las fuerzas isabelinas. Era el umbral de nochebuena, cuando la nieve y la lluvia caían sin descanso, sin distinguir bandos entre un pueblo hermano que iniciaba la primera de sus guerras cainitas, más trágicas cuando han sido entre conciudadanos.

Espartero, enfermo, con fiebre y en un jergón, saltó de las sábanas y decidió montar a caballo, dirigiéndose hacia el lugar de la batalla, cuando los carlistas decidieron tomar la ciudad. Sus propios ayudantes y oficiales le aconsejaron que no fuera a la lucha, que se retirara con sus fuerzas, salvándolas y, de esta manera, retenerlas como baza para un momento mejor. Pero el general Espartero arengó a sus soldados, les otorgó un nuevo aliento, una nueva esperanza en el triunfo contra los enemigos hermanos, mientras la nieva continuaba cayendo. Los dos ejércitos entraron en combate y se escuchó el estruendo de las espadas, decidiéndose la lucha a favor de los isabelinos y la salvación de Bilbao, que continuó fiel a la reina Isabel II. La batalla de Luchana, que había empezado en la nochebuena del 24 de diciembre de 1836, a mediodía, se extinguió en la madrugada del 25: la más triste Navidad -sangre y nieve- de una guerra entre españoles.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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