HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

Comunismo en España, año cien


(Tiempo de lectura: 7 - 13 minutos)

El año 2021 ha registrado una efemérides política de gran importancia en la historia contemporánea española: el centenario del Partido Comunista de España. Una organización genuinamente inserta en la realidad política estatal, de creciente influencia a partir de la Guerra Civil y de importancia decisiva, no solo bajo el franquismo, donde consiguió la hegemonía política en la plural lucha de oposición contra aquel régimen, sino también, en la Transición de la dictadura a la democracia. Sin su fuerza en las calles, fábricas y aulas, y sin su presencia sociopolítica, el cambio a la democracia se hubiera retardado en el mejor de los casos muchas décadas, al decir de expertos y analistas.

Historiadores solventes han escrito sobre los orígenes de este partido, acentuando el desgarro que en las filas socialistas implicó la escisión que alumbraría la fracción comunista que engrosaría las filas del precursor PCOE (Partido Comunista Obrero Español) y la fusión de ambos en el PCE. El ascendiente del naciente partido procedía, sobre todo, del sector “no apolítico” de la clase trabajadora, levemente marxista y de extracción señaladamente obrera industrial y, en un principio, también campesina.

La precisión entrecomillada es oportuna, ya que la parte mayoritaria de la clase obrera española, desde mediados del siglo XIX, había mostrado recelos ante cualquier forma de politicismo y decidió secundar o adscribirse a distintas formas de anarquismo. Por ello, en tiempos de la Primera Internacional (a partir de 1864), la lucha de los trabajadores y trabajadoras halló en España un anclaje en sintonía con el pensamiento y la acción del príncipe anarquista ruso Mihail Bakunin. Y ello frente a la corriente comunista, aquí minoritaria, inspirada y batallada en la Internacional por Karl Marx y Federico Engels. Fue el teórico germano y socio del pensador de Tréveris quien deplorara la ausencia de sentido político en muchos de los dirigentes obreros españoles de su época. Tal ausencia perfilaría el inicial -y no el último- de los potentes valladares ideopolíticos que los comunistas españoles debieron afrontar para intentar consolidarse en el seno de la izquierda.

El diferendo entre anarquistas y comunistas no era baladí pues afectaba de lleno a la cuestión de la organización de los trabajadores que los primeros o no consideraban crucial en sí misma, por recelos ante cualquier forma de jerarquía o poder, o bien las subsumían a la primacía de la acción individual, la armada incluida, o sindical. Por su parte, los comunistas, al igual que los socialistas -estos ya consolidados política y electoralmente por méritos propios en los albores del siglo XX-, otorgaban una importancia política decisiva a la organización.

Por debajo de la cuestión organizativa fluía todo un torrente de implicaciones ideológicas, como las concepciones sobre el individuo; la autoconciencia proletaria; la propiedad privada; y, sobre todo, la emancipación de la clase obrera, asunto cardinal que en términos políticos se destilaba, remarcablemente, en clave de poder, cuya destrucción como suprema forma opresiva los idearios anarquistas y marxistas preconizaban de consuno; empero, lo hacían en plazos abismalmente diferenciados en el tiempo y en el espacio.

Como un recurrente ritornello, las confrontaciones entre anarquistas y comunistas jalonarían también los años futuros y cobraron su expresión más dramática en el desenlace de la Guerra Civil, tras numerosos desencuentros mutuos registrados desde el origen de la contienda. En el primer trimestre de 1939, anarquistas afectos a uno de sus líderes confederales, Cipriano Mera, y a socialistas alineados con Julián Besteiro y el sector mayoritario del PSOE, decidieron formar una alianza política y militar que incluía puentear al Gobierno del socialista Juan Negrín apoyado por el PCE, y pactar con Franco una paz por separado del Gobierno de la República. La alianza obedecía al propósito –entonces anarco-socialista- de concluir la guerra sin más pérdidas de las ya habidas, que consideraban irreversibles, mientras que Negrín y los comunistas, por su parte, creían que la guerra era aun militarmente prorrogable, según pensaban, por mantenerse todavía incólume, en el área republicana, el Ejército del Centro; también la creían prolongable políticamente, ante el que consideraban inminente estallido de la guerra en el corazón de Europa por iniciativa de Hitler.

El presumible alineamiento de la República con los aliados antihitlerianos era barajado como una esperanza tangible, si bien la pervivencia, siquiera formal entonces, del pacto germano-soviético, aportaba rasgos voluntaristas a aquel empeño. Por su parte, los partidarios del pacto con Franco parecían desconocer el desdén franco-británico mostrado hacia la causa de la República española, que guiaría a los partidarios del pacto hacia el despeñadero político.

Una dolorosa espina

La izquierda española nunca logró asimilar del todo aquella gravísima confrontación interna, espina tan dolorida y dañina para los intereses de la clase trabajadora en su conjunto y para sus portavoces anarquistas, socialistas y comunistas. Sus ecos perduraron a lo largo de la posguerra, también hasta los albores y el despliegue de la Transición, en episodios que abarcaban desde la exclusión del PCE de la cumbre de la oposición socialista, democristiana y monárquica, antifranquista, de Munich, en 1963, hasta las reticencias mutuas entre la Plataforma Democrática y la Junta Democrática, lideradas respectivamente por el PSOE y el PCE, en la víspera de las reformas que darían paso a la democracia.

Un hecho dual reiterado y simultáneo desde casi siempre, lo fue el recelo de la dirigencia comunista hacia el socialismo y la desconfianza anticomunista de las distintas cúpulas socialistas. Los caminos seguidos por el PSOE y el PCE han cursado sendas distintas durante el arranque y el decurso de la democracia. El acceso electoral democrático del PSOE al Gobierno le otorgó una experiencia estatal evidente, garante de estabilidad y de progreso.

Por su parte, el ascendiente ideo-político de los comunistas acuñado durante la posguerra, con la dirección hegemónica de la guerrilla primero, la política de Reconciliación Nacional, después, y el Pacto por la Libertad, ya en el preludio del fin del régimen dictatorial, le granjearon al PCE un aura de legitimidad combativa y de entidad política fuera de dudas, acrecentadas por la denominada Alianza de las Fuerzas del Trabajo y de la Cultura.

Pese al espaldarazo estadounidense con el que contaba Franco desde 1959, por la vista a Madrid del presidente Dwight Ike Eisenhower con su carga añadida de anticomunismo, organizaciones obreras, estudiantiles, vecinales, femeninas y profesionales, dirigidas primero discreta y luego abiertamente por comités del PCE, proliferarían en España a partir de entonces; desplegaron así una serie de luchas ininterrumpidas y contundentes, junto con otras formaciones, en favor de la democratización, por la amnistía, contra la represión y por las libertades, que arruinó casi al completo la imagen del régimen franquista en Europa y en el mundo. Franco moriría en la cama, pero ya había muerto simbólicamente en las calles, las aulas y los barrios de centenares de ciudades y pueblos de España.

Temor de los poderes fácticos

Tanto fue el potencial político atribuido entonces al PCE que el temor de poderes fácticos -internos y externos- a que hegemonizara la democracia en España a la salida de la dictadura franquista llevaría a estos poderosos vectores a mirar hacia otro lado cuando ETA asesinaba a Luis Carrero Blanco, mano derecha del dictador, el 20 de diciembre de 1973, apenas a 150 metros de le Embajada de Estados Unidos en Madrid, precisamente en la misma fecha en que eran juzgados en Madrid, aureolados por un prestigio laboral y sociopolítico evidente, los carismáticos dirigentes de la clase obrera, Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius, Julián Ariza y sus compañeros, comunistas, líderes organizados en Comisiones Obreras, central sindical entonces mayoritaria.

La figura de Carrero Blanco, de haber sobrevivido, como hombre fuerte sucesor del dictador, habría encarnado un peligroso “franquismo sin Franco” a la muerte de éste, según temían cancillerías europeas y estadounidenses. Tal posibilidad, pensaban, escoraría hacia el partido de los comunistas españoles la hegemonía del conjunto del proceso político, posibilidad que la eliminación del almirante contribuyó a arruinar. En el mismo sentido de obstrucción al avance comunista cabe insertar el brutal asesinato de los abogados comunistas de Atocha, en 1977, inducido por los mentados poderes fácticos de dentro y de fuera del país para impedir que aquella posibilidad política se hiciera realidad.

La ulterior situación política en España, desde la Constitución de 1978 en adelante, una vez conseguidas -y practicadas- las libertades democráticas de reunión, expresión y asociación, más la aplicación de la libertad sindical, resulta mucho mejor conocida que los albores del PCE, que ha pasado la mitad de sus cien años de vida en situación de clandestinidad absoluta, con fases intermitentes de persecución, represión y, en todo caso, de exclusión política. Prueba de ello ha sido la ausencia de comunistas en Gobiernos españoles hasta nuestros días, tras 82 años, la mitad de ellos vividos ya en democracia.

La Guerra Fría implicó una exacerbación anticomunista extrema, cebada aquí hasta fechas bien recientes contra el PCE, organización política que rompió nexos con Moscú en un proceso iniciado a partir de la irrupción de contingentes militares del Pacto de Varsovia, señaladamente alemanes orientales, para truncar la experiencia denominada “primavera de Praga”, en 1968. Aquella incipiente ruptura sobrevino antes que la experimentada por otros partidos comunistas del contorno europeo y desembocaría en el llamado eurocomunismo.

Dentro de las específicas características del principal partido de los comunistas españoles –numerosas formaciones comunistas, trostkistas, pro-chinas, surgieron bajo el franquismo, sin alcanzar nunca la entidad organizativa ni la contundencia política del PCE- distintos observadores han destacado su cultura de captación de militantes y selección de cuadros, así como la formación política brindada a estos, como rasgos distintivos. El PCE sería en la práctica la principal escuela política no oficial -la oficial la detentaría la Falange-, por la que pasaron varias generaciones de españoles. Diferentes expertos han realzado igualmente la capacidad de adaptación de los comunistas a situaciones adversas y a escenarios problemáticos, así como su inserción en segmentos sociales transversales mediante una política informativa persistente; y, por encima de otras características, han subrayado la profesionalidad política, la resiliencia y la abnegación de su militancia, esto es, la capacidad de resistir y afrontar la adversidad, en situaciones de persecución, clandestinidad y represión. Siglos de años de cárcel cayeron sobre las espaldas de miles de sus militantes, cuadros y dirigentes, que se han considerado a sí mismos y han sido considerados por sus adversarios como “soldados políticos”.

Ninguna de estas particularidades, señalaban, hubiera sido posible sin un grado de organización, jerarquización y unidad de acción tan específicas como las mostradas por el PCE en la mayor parte de su trayectoria centenaria, cualidades más estimadas, si cabe, en una escena social tal cual la española, donde se ha venido considerando como norma la informalidad política, el apoliticismo y la desorganización.

Sin embargo, las confrontaciones ideológicas externas y, sobre todo internas, absorbidas o cristalizadas en escisiones hasta nuestros días, han presidido la vida orgánica del PCE, muchos de cuyos dirigentes acostumbraron más que a desdeñar la teoría, a alzaprimar aspectos descarnadamente pragmáticos del quehacer político. En la lógica marxista, la práctica política carece de profundidad estratégica y de eficacia táctica si no se ve compenetrada con una teorización fundamentada en el análisis concreto de cada situación política. Este déficit de marxismo en la práctica política del PCE le acarrearía serios contratiempos.

Vitalidad política

Pese a su vitalidad política o como expresión de ella, personalismos, oportunismos, sectarismos, voluntarismos, revisionismos, subjetivismos, aventurerismos y otros muchos ismos sacudieron las estructuras comunistas españolas durante esta centuria, con hondas escisiones, sangrías de militantes, fracturas, decepciones personales y deserciones de distinta índole. Pero la organización comunista, como constructo estructural, con lo que algunos denominan paciencia estratégica, ha permanecido en escena durante cien años decisivos de la Historia contemporánea de España. Desde sus células y comités han desplegado actividades políticas obreros, campesinos, maestros, estudiantes, profesionales, amas de casa, poetas, cineastas, escritores, pintores, científicos, investigadores, docentes, militares, diplomáticos, abogados, sacerdotes, periodistas…, muchos de ellos y sus nombres afloran a cada paso en nuestra memoria: desde Marcelino Camacho a Juanín; desde Hidalgo de Cisneros a la Unión de Militares Demócratas; desde Jorge Federico Semprún a Manuel Sacristán; desde Miguel Hernández a Pablo Picasso; desde Dolores Ibarruri a Yolanda Díaz, ya en nuestros días.

Toda una muestra de diversidad social aglutinada por un sentir común de firmes concepciones asentadas sobre el protagonismo histórico emancipador de las clases asalariadas dotadas de conciencia de tales, más las fundamentadas en la igualdad del género humano, el internacionalismo antifascista y la lucha contra la opresión ejercida por el capitalismo, hoy en su fase financiera, sobre las mayorías sociales.

La percepción de la fuerza de estas convicciones, qué duda cabe, generó derivas ora autoritarias, ora sectarias, incluso, en ocasiones, prácticas crueles y represivas inhumanas e inadmisibles. El seguidismo respecto a partidos foráneos no fue una excepción, mitigada su percepción intramuros del PCE por mor del internacionalismo comunista. Todas las derivas descritas pusieron de manifiesto que los ideales pueden verse convertidos en obsesiones delirantes; y si no se refrenan y se miden a la luz de la razón, la crítica, la solidaridad y la humanidad, pueden llegar a esclavizar a quienes los sustentan y a quienes se les ofrecen, máxime si la vida ideo-política se desenvuelve en circunstancias dramáticas como la guerra, la clandestinidad o la represión, hitos que han signado la trayectoria comunista en España. Pero de la dinámica de lucha del PCE, de su probada abnegación y de su resistencia, como partícipe prioritario, junto con muchos otros, de la conquista de las libertades democráticas arrancada al pasado dictatorial, se ha beneficiado y goza hoy el conjunto de los pueblos de España, meta suprema de la que la actividad política, teórica y práctica, en definitiva trata.

En un mundo en cambio permanente, zozobrante ante los desafíos microscópicos y macro-cósmicos, pandemias y cambios climáticos, que flagelan a la Humanidad, los retos son abrumadores. Frente al desenfreno de una carrera de armamentos incesante, con una tecnología descontrolada y deshumanizada al extremo, en un horizonte de precariedad y pobreza galopante, la dialéctica innovada, la ciencia del devenir que estudia críticamente el desenvolvimiento de la Historia, sigue aportando hoy herramientas metodológicas y prácticas para entender lo que sucede, lo que, previsiblemente, sucederá y la acción que habrá que desplegar para mantener en manos humanas las riendas del futuro.

En esta pugna histórica, el PCE es visto por las gentes que conservan la memoria y la disposición de ánimo, como una herramienta política valiosa, por su legado teórico y experiencial complementario con otros, pero potente y acreditado. Creen que así lo atestiguan su experiencia de lucha por mejorar las condiciones de vida y ampliar con ellas las libertades, más su solera histórica, con las cuales, enmendando errores y sectarismos, consolidar la Constitución democrática y coadyuvar, coaligada y organizadamente con otras formaciones políticas, a la conquista de un futuro incierto como el que tan amenazadoramente a [email protected] nos sale hoy al paso.

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

Tu opinión importa. Deja un comentario...


Los comentarios que sumen serán aceptados, las críticas respetuosas serán aceptadas, las collejas con cariño serán aceptadas, pero los insultos o despropósitos manifiestamente falsos no serán aceptados. Muchas gracias.

Periodismo riguroso
y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider