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Simone Weil (1909 -1943): Auténtica, generosa, lúcida y contradictoria


El deseo es un anhelo del pensamiento hacia el porvenir

Simone Weil

Desde hace años, me aborda una sensación de desasosiego siempre que me enfrento a un libro o a alguno de los ensayos de Simone Weil.

Fue una mujer decidida, nada esquiva y que solía comprometerse a fondo. Sentía una empatía hacia el sufrimiento de los más débiles y vulnerables. Dio pruebas más que suficientes de su abnegación por defender la dignidad humana, demostrando una pasión por la vida y un compromiso personal, intelectual y político con las ideas emancipadoras.

Tuvo, desde su juventud, una cierta inclinación aventurera… que en más de una ocasión estuvo a punto de conducirla al abismo. A su modo, fue orgullosa. Es palpable que tuvo aciertos, iluminaciones y fracasos que la escindieron y la desgarraron por dentro.

Algunos críticos en sus ensayos y en las páginas de revistas culturales, la llegan a considerar una inadaptada. Creo que esta apreciación es exagerada, sin embargo, llevó su inconformismo y su rebeldía existencial todo lo lejos que le fue posible. Vino a ser una disidente de todas las causas e ideas en las que creyó. Hay aspectos en que despierta ternura y en otros, nos muestra la faz de la desolación… que es un agujero negro del espíritu, aunque nunca le faltaron fuerzas para seguir adelante.

Reaccionó con fuerza y tremenda dignidad cuando vio como crecía a su alrededor la indefensión de los más vulnerables. Apoyó a los perdedores en medio de un clima de miedos paralizantes y de progresiva desaparición de la esperanza.

Me llama mucho la atención que fue, a un tiempo, muy sólida y muy desvalida. Más de una vez estuvo cerca de la desesperación sin caer nunca en ella. Comprendió –y es uno de sus grandes aciertos- que es una derrota intelectual renunciar a recuperar el pasado, entre otras cosas, porque si no lo tenemos en cuenta a la hora de valorar y analizar los hechos, el presente se nos escapa dejando un vacio por toda respuesta.

Conviene recordar a este efecto que para el frankfurtiano Jürgen Habermas, la Historia es –o al menos debería ser- un proceso de aprendizaje colectivo. ¡Con qué facilidad olvidamos los sabios consejos de los pensadores!

Los intelectuales más libres y con un innegable sentido humanista como Albert Camus, tuvieron en sus escritos palabras elogiosas para ella, llegando a calificarla como un gran espíritu libre, el más libre de su tiempo. Ya es hora de decir que Simon Weil era judía, perteneció a una familia acomodada, laica e influyente, mas como sabemos esto no la ponía en absoluto a salvo de la implacable persecución nazi con su inmensa crueldad, su odio irracional y su planificación del exterminio. ¡Solución final, la denominaron esperpénticamente!

Su talla intelectual y su inteligencia están fuera de toda duda. Estudió porque lo eligió –sus calificaciones le permitían tener acceso a cualquier Facultad o Escuela Superior- Filosofía y Literatura Clásica. Me parece interesante un dato, cuando inició sus estudios en la Escuela Normal Superior de París lo hizo con la calificación más alta, llegando incluso a superar a Simone de Beauvoir. Es, desde luego, saludable leer o releer algunos de sus textos filosóficos y políticos. Son analíticos y, al mismo tiempo, apasionados. Realiza en ellos comentarios que en este 2021, nos siguen diciendo muchas cosas. Una de sus características es la lucidez, aunque tuviera una cierta deriva mística.

Un pensador de la solvencia de Georges Bataille, al describir su trayectoria señala –muy acertadamente- que su vida fue desgarrada y contradictoria. Murió joven, muy joven, a los treinta y cuatro años, en el Reino Unido donde se había exiliado ante el avance de las tropas nazis en suelo francés y el colaboracionismo del Gobierno de Vichy.

Voy a señalar ahora, algunos de los rasgos que la identifican como una mujer rebelde, firme en la defensa de sus ideas y que no tenía miedo al riesgo. Señalaré en primer lugar, que tras ejercer unos años como profesora de Filosofía, tomó la decisión de trabajar en fábricas, para conocer de primera mano, las condiciones de vida de la clase trabajadora de la que se siente solidaria. Durante la Guerra Civil española, que siguió al golpe de estado de Franco, estuvo en nuestro país formando parte de las Brigadas Internacionales, en el Frente de Aragón, concretamente de la Columna Durruti. Más tarde, en su exilio en Gran Bretaña pretendió, sin éxito, unirse a la resistencia francesa arrojándose en paracaídas. De Gaulle no se lo permitió y esto desencadenó una ruptura.

Podríamos seguir enumerando episodios marcados por su entrega a las causas en las que creía y su espíritu aventurero. Por lo que a política se refiere, fue un verso suelto. Una prueba de su inteligencia y lucidez es que en época muy temprana criticó abiertamente el stalinismo y llegó a pertenecer al Circulo Comunista Democrático; no obstante, sus ideas siempre estuvieron más cerca del anarquismo. No es difícil rastrear en sus obras, aquí y allá, ideas, planteamientos y puntos de vista libertarios. Fue netamente heterodoxa a lo largo de su vida. Junto a la precisión teórica de sus escritos de carácter político, hay en ella una espiritualidad que la aproxima, en cierto modo, al misticismo.

No pocos intelectuales cegados por su ideología o que al analizar los hechos no son capaces de transcender la apariencia para ver más allá, son incapaces de mirar cara a cara a la realidad. Simone Weil es justo el caso contrario. Digo esto porque en los primeros años treinta estuvo en Alemania. Su carácter despierto le hizo extraer las consecuencias adecuadas de lo que veía y del ambiente que se respiraba. ¿Qué es lo que destaca? La división de la izquierda entre social-demócratas y comunistas, una fuerte crisis económica con sus devastadoras consecuencias sociales y el ascenso imparable de Hitler y sus secuaces.

Otro hecho que pone de relieve el carácter, la valentía y la capacidad de ir contracorriente de Simone Weil, es que en un momento de hegemonía del PC francés, en determinados círculos políticos y culturales, acogió en su casa, sin importarle las consecuencias, a Leon Trotsky, su esposa y su hijo mayor. Evidentemente, esto le granjeó enemistades y acusaciones de desviacionismo ideológico. Trotsky era un proscrito y estaba perseguido por el stalinismo. Es significativo que mantuviera con él interesantes conversaciones, de alguna de las cuales dejó testimonio en sus escritos, sobre todo en los de carácter biográfico.

Quiero destacar que se mostró como una ardiente pacifista y, también como una sindicalista revolucionaria. Estas actitudes se atemperaron un tanto siendo sustituidas por un cierto gradualismo transformador, que iría ganando espacio a través de avances reformistas.

Simone Weil se mueve entre un fuerte compromiso social y unos principios religiosos intensos, donde siempre está presente una dosis, nada desdeñable de heterodoxia. Se ha comentado, en diferentes ocasiones, que se convirtió al cristianismo, es cierto, mas no lo es menos que se negó a ser bautizada para solidarizarse con ‘los judíos que estaban siendo objeto de persecuciones implacables’. Otro rasgo más de su valentía y de su capacidad de plantar cara al infortunio.

En su pensamiento hay siempre un cierto eclecticismo. Se interesó vivamente por la ‘No violencia de Gandhi’ y se sintió atraída por las ideas de Lanza del Vasto al que no sólo leyó sino con el que mantuvo algunos encuentros, tal y como se refleja en sus obras.

Se ha vertido mucha tinta sobre su acercamiento al cristianismo. Es comprobable, mas no lo es menos, que en realidad se sintió atraída no por una religión sino por la espiritualidad de las religiones. Así son ostensibles, su apreciable interés por el budismo y por los aspectos más espirituales –y hasta esotéricos- de las religiones griega y egipcia.

No le importaba correr riesgos y dada su heterodoxia y su feroz individualismo nadie la reclamaba como suya. Quizás por eso, antes de que sus obras se editaran despertando un fuerte interés y apasionadas polémicas, pasó por una época de ostracismo y marginación intelectual. Desde posiciones rígidamente ortodoxas, la crítica a todo lo que se considera desviacionista es implacable. La denominada ‘crítica del derrumbe’ por lo general no suele detenerse ni en distinciones ni en matices.

En cuanto a su pensamiento político sus puntos de vista no sólo son válidos y útiles, para pensar y repensar el presente, sino que la lectura de sus textos sigue dando mucho de sí.

En defensa de los principios democráticos, señala abiertamente, que las obligaciones deben predominar sobre los derechos. Para ella hay que poner el acento en lo que el sujeto ‘debe hacer por los demás’ y dejar en un segundo plano, por su carácter retórico, ‘los derechos en abstracto’ que, en no pocas ocasiones, son un lugar común vacío de contenido. Quisiera señalar, antes de proseguir con este acercamiento a su vida y a su obra, que entre sus autoras predilectas y de referencia figuraba María Zambrano. Hay afinidades selectivas que son harto significativas.

Sus investigaciones y escritos nos ofrecen perspectivas y nuevos enfoques que haríamos bien en explorar. Es innegable su olfato y su sentido de la orientación por eso, su escala de valores debe tenerse presente en estos años de vacío y de incertidumbre. Habla de una sociedad y de un mundo que, en buena medida sigue siendo el nuestro. Pese a las apariencias hemos cambiado poco. Quizás por eso, su pensamiento sigue más vivo que nunca y, al mismo tiempo, es de inequívoca utilidad.

Tal vez, convenga detenerse en las afinidades y rechazos que suscita. Su oposición, por ejemplo, a lo que considera un pensamiento mercenario, acomodaticio y presto a venderse al mejor postor, no puede resultar más actual. Su autenticidad encuentra la reconciliación consigo misma, en su soledad.

Le tocó vivir y padecer un vacío de valores. La corrupción de todo tipo, es una carcoma que lenta e imperceptible, destruye las sociedades por dentro. Podría firmarse que una de sus ideas recurrentes es la de llevar a cabo una tarea de desalienación. Su perspectiva vital es la de una pensadora, la de una filósofa. No es, ni quiso serlo nunca, una historiadora, sino una humanista comprometida.

Para ella, una pensadora sincera, no puede evitar reflexionar y trasladar a las cuartillas en blanco sus observaciones sobre lo que pasa a su alrededor, ya que lo que pasa nos influye, nos conforma y es parte de nuestra vida. Cuando se juzgan comportamientos y actitudes ajenas hay que tener la coherencia de juzgarse así mismo. Simone Weil comprendió que formaba parte de los aciertos y errores colectivos… y, por tanto, debía participar inexorablemente de sus consecuencias.

Como dijo, sagazmente Antonio Gramsci, la lucha por una nueva cultura es inseparable de la lucha por una nueva moralidad. Hay que buscar una y otra vez, nuevas formas y perspectivas de ver y sentir la realidad. No es difícil encontrar en sus escritos intuiciones no sólo alternativas a todo oficialismo ortodoxo, sino catárticas.

En ocasiones es cortante e hiriente. Le resulta difícil soportar, sin cierto asco ‘la pedantería y la insustancialidad’ de algunos que se consideran sabios, pensadores de referencia, capacitados para decir a los demás lo que tienen que hacer y opinar. Simone Weil muy razonablemente, niega su solvencia intelectual y recomienda acertadamente poner en entredicho los ‘ucases de estos gurús’

Todo tiempo –especialmente los más obscuros- debe ser medido con exactitud por quienes humildemente pretenden llevar a cabo una labor crítica y son capaces de adoptar puntos de vista novedosos, que vayan más allá de un inmovilismo incapaz de evolucionar.

Otro hecho relevante que contribuye sin duda a dar a su existencia un aroma de leyenda, es que la totalidad de sus obras aparecieron después de su muerte. El efecto que tuvieron sobre la sociedad francesa fue inmediato. Filósofos, sociólogos, politólogos, escritores, lo que hoy denominaríamos ‘agentes culturales’ e incluso teólogos prestaron mucha atención a lo que iba apareciendo. Valoraron lo que podríamos denominar su ’ética de la autenticidad’ así como su honestidad intelectual y su fidelidad a unas cuantas ideas que la habían acompañado desde su juventud.

Algunas de sus obras fueron un éxito de público y crítica, ya que circularon ampliamente por ambientes intelectuales y culturales, sin excluir en algún caso, al gran público. Creo que es significativa la opinión del estadounidense afincado en Londres, Thomas Stearns Eliot, que con cierta displicencia y distanciamiento señala que los libros de Simone Weil, rara vez son apreciados ni leídos por los políticos. Quizás, porque no los comprenderían y mucho menos estarían dispuestos a aplicarlos. Eso sí, añadía con sorna, que eran los jóvenes quienes deberían leerlos, antes de que la propaganda política obnubilara y anulara su pensamiento.

¿Qué obras de Simone Weil pueden servir para formarse una idea cabal de su pensamiento político? En nuestro país la editorial Trotta ha editado de forma pulcra algunos de sus textos fundamentales. Naturalmente, es subjetivo elegir de su amplia y variada bibliografía, unas cuantas obras.

Me atrevo a señalar por su hondura y valentía “Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social” (Edit. Trotta 2015). Me parece también, de singular interés “Escritos históricos y políticos” de la misma editorial y que cuenta con un prólogo de uno de los filósofos más coherentes y comprometidos, desaparecido hace unos años, Francisco Fernández Buey.

Para penetrar en su intimidad y en sus vivencias es imprescindible “Escritos de Londres y últimas cartas” que también, está publicado por esta misma editorial. Sobre su pensamiento y transcendencia creo que es un estudio serio y bien planteado el de Robert Coles, titulado precisamente “Simone Weil” aparecido a finales del siglo pasado en la editorial Gedisa.

He comentado que fue una pensadora controvertida y polémica. Añadiré, ahora, que en ocasiones se muestra provocadora, al sostener ideas que chocan frontalmente con principios democráticos profundamente establecidos. Pueden y deben leerse con atención y detenimiento sus textos, mas es lícito discrepar de alguno de sus planteamientos más radicales.

Hoy, en tiempos de populismos y de deslegitimación de las estructuras democráticas, su idea anarquizante de eliminar los partidos políticos, no solo es atrevida sino a mi juicio, también peligrosa y hasta temeraria. Plantea abiertamente, que los partidos políticos son un peligro para una auténtica democracia. Afirmaciones como esta, son las que permiten que se haga un uso descontextualizado de sus ideas por parte de movimientos netamente populistas, como podemos comprobar viendo las referencias y citas descontextualizadas que determinados medios de comunicación hacen de esta filósofa, lo que supone una tergiversación y una falta de respeto.

Opino que en estos tiempos de indigencia mental, donde incluso el concepto de metafísica esta devaluado y despierta reticencias por parte de quienes se parapetan en su ignorancia, es conveniente preocuparse activamente por los hipócritas de toda laya y condición que se venden al mejor postor y están siempre dispuestos a esgrimir fórmulas estereotipadas y consignas para enmascarar los errores y para contribuir a la confusión.

Me fascina que sea una pensadora que se atreve a vivir y a filosofar importándole ‘un bledo’ las teorías de escaparate o la pobreza espiritual que reflejan los espejos.

No hay que confundir el hecho de que los relojes marquen el tiempo, porque el tiempo, está siempre más allá de todo intento de control por parte de los relojes. A Simone Weil le desagradaban profundamente los arribistas y arbitristas de todo tipo. Por eso, cuando imperan victoriosas la elementalidad más simplona y homogeneizadora, un pensamiento heterodoxo, lúcido a ráfagas y provocador, debería llevarnos a reflexionar sobre él, a fin de compartir sus inquietudes y de buscar salidas a este círculo concéntrico que amenaza con tragarnos.

La inteligencia es más que un adorno. Debe servir para algo, aprovechar a alguien… en caso contrario, el pensamiento se verá reducido a un caldo de cultivo sustentado por eslóganes machacones vacios de contenido.

Fugit irreparabile tempus”. De hecho, no se detiene nunca. No podemos permanecer con los brazos cruzados, ¡hay tanto que refutar!, ¡tantas ideas malsanas y pestilentes que combatir! Hannah Arendt nos advirtió con toda claridad sobre la banalidad del mal, que hoy se nos presenta bajo las máscaras de superficialidad, sumisión, desintegración… y hasta delirio. Es imprescindible que la memoria no nos abandone, ni nosotros a ella y que seamos capaces de recordar –nos va mucho en ello- que el fascismo no hubiese sido posible sin un sustrato, un caldo de cultivo de embrutecimiento y envilecimiento colectivo… y cientos de miles de miradas huidizas que desvían la vista y dejan hacer.

Simone Weil tenía arrebatos espiritualistas, mas no era una ingenua, ni una alucinada. Fue capaz de escribir páginas lúcidas y acertadas sobre el poder y el dominio. Denunció con entereza que los que manejan la palabra, los conceptos y la tecnología son, a menudo, cómplices de la opresión sobre los que se ocupan de lo que ellos consideran tareas sin importancia, aunque sean vitales.

Estaba convencida de que los explotados no tenían –por falta de medios y de cultura- la posibilidad de rebelarse contra la opresión. Ese era uno de los motivos por los que creía en la revolución, aunque no de forma abrupta y violenta sino gradual.

En estos tiempos turbulentos tiene pleno sentido ocuparse del pensamiento transgresor y heterodoxo pero lúcido y humanista de una mujer tan controvertida y polémica como Simone Weil.

Quienes se adentren en ese territorio contradictorio y áspero mas, entrañable y solidario no lamentarán, desde luego, los esfuerzos realizados.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.

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