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Rosa Lee Parks


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El día 1 de diciembre de 1955, un día cualquiera de un año cualquiera, en un autobús de Montgomery (Alabama) tuvo lugar un hecho que se convirtió en un símbolo. Un gesto que marcó políticamente el comienzo de una época, que venía precedido por sucesos similares.

El 17 de mayo de 1954, la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color) obtuvo una victoria legal de incalculables consecuencias. El Tribunal Supremo dictó una sentencia que dejó fuera de la ley la segregación racial en los centros públicos de enseñanza al acabar con el lema: iguales pero separados. Tal principio había quedado establecido en 1896 por otra decisión del mismo tribunal, que indicaba que un estado podía segregar por razas a los usuarios de los servicios públicos siempre que los servicios prestados fueran los mismos.

La sentencia del Tribunal Supremo de 1954 se había inspirado en una de 1946, sobre la discriminación en el transporte entre estados, en otras semejantes dictadas en Kentucky, Arizona y California y en las reflexiones del juez Struckmeyer sobre la segregación racial: La democracia rechaza cualquier teoría sobre la existencia de una ciudadanía de segunda clase. En Arizona no hay ciudadanos de segunda clase. Añadía que la segregación escolar violaba la Declaración de Independencia, que afirma que todos los hombres son creados iguales. Con esa sentencia, el alto tribunal otorgó legitimidad a las exigencias de la población de color y cargó de razón moral al movimiento de los derechos civiles.

La decisión del Supremo a favor de la integración cayó muy bien entre los defensores de los derechos civiles y muy mal entre partidos y autoridades de los estados del sur, cuyos representantes presentaron en el Congreso, en marzo de 1956, el llamado Manifiesto del Sur, en el que se oponían a la integración racial en los lugares públicos. Una opinión típica de esta actitud fue la del senador republicano por el estado de Arizona, Barry Goldwater, que, en 1962, afirmó que una decisión del Tribunal Supremo no tenía la fuerza de una ley, y en una sesión del Congreso, en 1963, expresó: Tal vez sea justo, inteligente o cómodo que los niños negros frecuenten las mismas escuelas que los blancos, pero no se trata de ningún derecho garantizado por la Constitución y que el gobierno federal deba hacer respetar.

En Misisipi, en mayo y junio de 1955, habían sido asesinados George Lee y Lamar Smith, miembros de la NAACP, cuando hacían campaña para inscribir afroamericanos en el censo electoral, pero el acto racista más destacado ocurrió en Money (Misisipi), en agosto de ese año, con el asesinato del joven de 14 años, Emmett Till, que había mostrado públicamente su admiración por una mujer blanca con un comentario que la molestó. Till fue secuestrado una noche, brutalmente golpeado y rematado a tiros; después, su cadáver, desfigurado y sujeto a una pieza metálica de un molino de algodón, fue arrojado al río Tallahatchie.

La madre -Emmett era huérfano de guerra- organizó un funeral con el féretro abierto para que los asistentes pudieran comprobar lo que habían hecho a su hijo (tuvo que ser identificado por el anillo que llevaba en un dedo). Los asesinos fueron detenidos y juzgados, pero, como era frecuente en aquellos años, el jurado les encontró inocentes, y la justicia no reabrió el caso cuando, un año después, vendieron, por 4.000 dólares, sus declaraciones a una revista. Años después, en uno de sus discursos como dirigente del Black Panther Party, Eldridge Cleaver denunció: La conciencia racista de los Estados Unidos es tal que el asesinato no se considera asesinato realmente, a menos que la víctima sea blanca.

Tanto el asesinato de Emmett como la insólita sentencia tuvieron eco en la prensa nacional e internacional y levantaron oleadas de indignación en los Estados Unidos. Conmocionado por el suceso, como tanta gente, Bob Dylan compuso, en 1963, la balada La muerte de Emmett Till.

Con estos dramáticos precedentes, el día 1 de diciembre de 1955, en Montgomery, la costurera afroamericana Rosa Lee Parks, miembro también de la NAACP, se negó a ceder a un hombre blanco el asiento que ocupaba en un autobús, cuando, cansada de trabajar, regresaba a su casa. La única cansada era yo; cansada de ceder, dijo.

En otras ocasiones se había negado a subir al autobús por la puerta de detrás, reservada a los negros, y el conductor la reconoció. Como otras personas que habían sido detenidas ese año por la misma causa -Claudette Colvin en marzo y Mary Louise May en octubre-, fue detenida y condenada a pagar una multa de 14 dólares. Además, perdió su empleo y más tarde tuvo de cambiar de domicilio a causa de las amenazas recibidas, pero su acto suscitó un boicoteo a la compañía de transportes, que duró más de un año y acabó con la segregación en el transporte público.

El boicot, promovido por la NAACP y llevado a cabo entre amenazas y coacciones de racistas blancos y autoridades locales -hubo casi cien personas detenidas mientras duró-, dio a conocer la figura de Martin Luther King, y luego, al extenderse a otras ciudades como forma de protesta, suscitó las primeras movilizaciones masivas a favor de los derechos civiles para la población de color.

El gesto de Rosa Parks merece ser recordado, pues, pese al tiempo transcurrido y a los cambios legales habidos, en la sociedad estadounidense persiste la discriminación racial, que indica también discriminación social, de clase, incluso de casta, porque nacer con un determinado color de piel condiciona la vida de las personas hasta el día de su muerte.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Último libro publicado: 1968 Spain is different (Madrid, La linterna sorda, 2021).

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