El otro Göring
- Escrito por Mikel Navarro
- Publicado en Historalia
El último vuelo que tomé fue antes de la pandemia, en enero de 2020. Realicé un viaje de trabajo a Mlada Boleslav, cuna de la automoción checa y ciudad en la que se encuentra la empresa Škoda. Cada noche, después de cenar un recomendado e imprescindible steak tartar (que competía con el que degusté en el madrileño Zalacaín), daba un gélido paseo antes de acostarme. Mi curiosidad me llevó a descubrir callejones humeantes de espesa niebla y viejos secretos. La casualidad me condujo hasta un antiguo portalón en el que rezaba una inscripción sobre una placa en forma de estrella de David. Apunté en un cuaderno las extrañas letras y volví sobre mis pasos bajo candiles a medio gas que proyectaban en mí la sombra de un alargado y siniestro ser. Me sentí observado por ojos invisibles e inconscientemente aceleré el paso. Al llegar al hotel un amplio pasillo conducía a la escalera que suponía ese último escollo antes de llegar al amparo del acomodo de mi refugio. La escalera como elemento de desasosiego, la madera crujía a cada escalón y mi único objetivo era esquivar nuevamente el escalofrío que anunciaba el miedo en mi nuca. Alcancé por fin la puerta y cerré con premura.
Al calor de mi habitación y protegido por fin de la fría noche, encendí la tulipa que tintineó levemente haciendo un ruido previo y progresivo del filamento de la alargada bombilla. Sin darme cuenta me sentí transportado a otro tiempo, a un espeso silencio que no recordaba haber vivido. Solo fue una sensación, el traductor checo de mi celular me trajo de nuevo a nuestra palpable realidad.
El dispositivo descifró el enigma de la inscripción: “A los ciudadanos judíos internados aquí durante los años 1940-1943” (Donado por este municipio, Mlada Boleslav)
Fue entonces cuando encontré en el fondo del cajón del pequeño escritorio un agrietado y amarillento recorte de periódico con la imagen de un personaje olvidado, alguien que no pasó a la historia pero que salvó a muchas personas… a pesar de su apellido.
Era el rostro irónico de Albert Göring, que me observaba sujetando su cigarro de elegante y aristocrática boquilla, era el hermano bueno del nazi Hermann Göring.
Albert Günthar Göring (o Goering) siempre había destacado por su oposición a Hitler y al nazismo desde sus inicios. Comenzó ayudando a su amigo Oskar Pliztner, judío que había sido encarcelado y al que los nazis le habían expropiado su empresa cinematográfica Sascha Film AG. La industria de cine más importante de Austria. Arrestado por la Gestapo, Albert Goering logró sacarlo rápidamente enviándolo primero a Roma y después a Paris junto a su familia, consiguiéndoles documentaciones falsificadas.
Albert fue descubierto por éste y otros episodios por lo que fue detenido y acusado de boicot. Cuando iba a ser enviado al campo de concentración de Mauthausen, su hermano Hermann, dueño y señor de la Luftwaffe, intercedió por él y lo envió a Mlada Boleslav colocándolo como director de la planta de Škoda, debido a su experiencia como ingeniero industrial. Una vez dentro de la fábrica, Albert operó organizando diferentes sabotajes y ocultando a familias judías. Algunas de sus argucias consistían en falsificar la firma de su hermano para liberar presos del campo de Terezin, salvándolos de una muerte casi segura.
Al término de la guerra fue detenido en Checoslovaquia y llevado a los juicios de Nuremberg, pero pronto fue puesto en libertad debido a los numerosos testigos, muchos de ellos trabajadores de Škoda, que dieron fe de lo mucho que les ayudó.
Albert Goering acabó sus días cobrando una humilde pensión vitalicia del gobierno alemán y malviviendo en un cuartucho volcado en la bebida. Antes de morir quiso casarse con su casera para que ella percibiera dicha paga y no le faltara sustento. Murió en soledad rodeado de botellas sin tapón llenas de vacío.
El destino y la casualidad quiso que aquella fría noche, de la otrora Checoslovaquia, escribiera sobre las hazañas de un rebelde Goering para recordar su memoria en una habitación cualquiera del hotel U Hradu.
Devolví la foto que había encontrado de Albert el bueno al fondo del cajón de la cómoda, apagué la luz e intenté soñar con el legado de un mundo mejor, pero poco después llegó la pandemia.