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Las cifras de Juan Pablo II (1978-2005)


El pontificado del papa que vino del Este -el más largo del siglo XX- estuvo caracterizado por su claro empeño en reposicionar a la Iglesia Católica en el mundo, tras la sensación de crisis con Pablo VI.

En este sentido aplicó e interpretó el Concilio Vaticano II por medio de la reforma del código de derecho canónigo (1983) y la actualización del catecismo (1992), utilizando el cuerpo doctrinal de sus 14 encíclicas y la constante renovación de la curia vaticana, donde nombró 232 nuevos cardenales. También impulsó la evangelización del mundo y la revangelización de Europa, ya que tanto la capitalista como la comunista eran campos de misión. Fue el papa que más veces a pedido, públicamente, perdón por los errores de la Iglesia, como la retractación forzada de Galileo (1633), o a otras religiones por hechos históricos, como las realizadas ante el muro judío de Lamentaciones y museo del Holocausto. Pidió perdón 100 veces, lo que sus críticos olvidan.

En segundo lugar -a diferencia de sus predecesores- puso un notable empeño en elevar el número de santos y mártires, es decir, de testigos de fe que fueran ejemplos de cristianos para los hombres y mujeres contemporáneos. Durante su pontificado se declararon 1.340 beatos y 483 santos, superando ese número a los proclamados en los últimos 500 años. En ese grupo hubo de todo: religiosos, sacerdotes y laicos con orígenes socioeconómicos y educativos diferentes; de todos los continentes; niños, adultos y ancianos; hombres y mujeres; intelectuales y trabajadores manuales; solteros, casados y viudos. Todo el abanico de la humanidad.

Si bien desde Pío XII había aumentado la configuración del papa como un personaje mediático y Pablo VI había viajado a numerosos países, Juan Pablo II pasará a la historia como el gran papa viajero, ya que realizó más de 104 viajes al extranjero, visitando 129 países. De esa manera -y con ayuda de los medios de comunicación social- se convirtió en la personificación de la universalidad del catolicismo. Su pasado como miembro de un grupo de teatro, unido a su propia personalidad, le ayudaron a demostrar en esos viajes apostólicos un dominio extraordinario del medio audiovisual y del escenario. Consiguió el objetivo de ampliar la cercanía del papado a la sociedad y ningún líder mundial tuvo su capacidad de convocatoria, de tal manera que aumentó la presencia del catolicismo en los programas de televisión, radio y prensa escrita que no cesaron de notificar los viajes de Juan Pablo II y su liderazgo religioso. Fue el primer papa en utilizar internet para divulgar su mensaje y medios fonográficos, llegando a ser éxito de ventas sus dvds sobre el rosario y canto gregoriano a finales del siglo XX.

En ese empeño de demostrar la universal presencia del catolicismo le ayudó su extraordinario dinamismo y presencia, donde dejó claro su capacidad para hablar en 13 idiomas, mientras escribía 10 libros y 2.415 discursos. No resulta extraño que se le llamara “atleta de Dios”.

Durante su pontificado también continuó líneas ya trazadas por sus antecesores, como su apuesta por el ecumenismo, mediante mayores contactos con iglesias cristianas. En este sentido, cabe recordar que fue el primer papa en orar en una mezquita, una sinagoga y una iglesia luterana. Asimismo, defendió el compromiso ético y social de los católicos, asumiendo la defensa de la dignidad de la persona y los derechos humanos, así como la promoción de la diversidad cultural de los pueblos y el impulso de la justicia social y la moral personal.

Todavía se debate su papel en la caída del comunismo en Europa del Este, sobre todo en Polonia, pero siempre apostó por la paz, condenando la guerra y la carrera de armas que caracterizaron la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética y que no desaparecieron tras su final en 1991.

Tuvo la energía suficiente para que, frente a las dudas dolorosas de Pablo VI, realizar actos de afirmación doctrinal, como su condena al aborto y los anticonceptivos. Tras una serie de intentos de llegar a una conciliación, realizó la excomunión de lefevrianos, desautorizando a su movimiento en 1988. En cambio, ante la teología de la liberación, entre 1984 y 1986, no hubo condena general. Valoró positivamente su compromiso radical de la Iglesia con los pobres, pero desautorizó la unión de marxismo y cristianismo, ya que la doctrina de Marx era una concepción totalitaria del mundo. La violencia de la lucha de clases resultaba ser también violencia contra el amor de los unos a los otros y a la unidad de todos en Cristo. El marxismo era una concepción puramente estructuralista que legitimaba esa violencia para El Vaticano. Además, resultaba inaceptable identificar el reino de Dios con cualquier régimen político, fuera el que fuera. La politización en que habían caído los partidarios de la teología de la liberación conducía a la aceptación de que hay seres humanos que son, ante todo, enemigos de clase que hay que combatir y conducía a una relectura esencialmente política de las Escrituras, realizando una selección parcial y mendaz. En este sentido, Leonardo Boff, el principal teólogo de esta tendencia fue condenado a un año de “silencio” en 1985 y depuesto de todas sus funciones editoriales y académicas en el campo religioso. Finalmente, en 1992, abandonó la orden franciscana.

Y, finalmente, el reposicionamiento del Vaticano a nivel mundial fue claro ante su actuación diplomática activa y continuada. En ese sentido, los historiadores recordamos el arbitraje vaticano de la crisis chilena-argentina (1978-1984); el aumento de relaciones diplomáticas de la Santa Sede, pues de estar representada en 84 estados pasó a 173; los decisivos encuentros del papa con líderes comunistas (Gorbachov, 1989 y Fidel Castro en 1998), políticos de todas las ideologías y líderes de otras religiones; su reconocimiento de los derechos del pueblo palestino (1986) y la apertura de relaciones plenas con Israel (1994); y sus condenas a las invasiones de Irak.

Los atentados -o intentos- que sufrió Juan Pablo II como el ocurrido el 13 de mayo de 1981 en Roma, o al año siguiente en su visita a Fátima, también caracterizaron su pontificado y su presencia a nivel mundial.

El lector interesado puede acudir a

-M. FAZIO, De Benedicto XV a Benedicto XVI, Rialp, 2009.

--P. M. LAMET, Juan Pablo II. Hombre y papa, 2005.

-J. PAREDES (Coord.), Diccionario de los papas y concilios, Ariel, 2005.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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