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La Puerta de Hierro, un umbral para un Real Bosque en el siglo XVIII


  • Escrito por  Adoración González Pérez
  • Publicado en Historalia

Muchos caminos marcaron la salida de una ciudad como Madrid, ya consolidada capital de Corte en el siglo XVII, época favorable a nuevos planteamientos artísticos y culturales, entre los que la trama urbana cobraría gran protagonismo. Las ciudades no fueron un espacio herméticamente cerrado, protegidas por cercas y murallas, contenían un importante patrimonio territorial al que, como ya sabemos, se incorporaron propiedades medievales adquiridas progresivamente para diseñar un panorama extenso que fue la base de los “satélites” de la Corte, claramente identificados en nuestros Reales Sitios. Una ciudad no es solo un conjunto de edificios, calles, plazas, iglesias, teatro y muchos otros elementos; es además el camino que la accede, la puerta que le da paso, el bosque que la rodea.

El bosque cercado

Antes de monte fue dehesa, propiedad de un concejo que con el tiempo crecería en sus límites, en condición de propiedad privada hasta el siglo XV. Como espacio regulado y con normativa propia solo existe a partir de la presencia de un municipio, con sus ordenanzas para el uso y disfrute de leña y otros recursos naturales. El monte de El Pardo constituyó así el mayor encinar y bosque de la Edad Media, con un valor cinegético importante,            " describiendo como terreno de montería el comprendido entre el río Manzanares y la actual carretera de Fuencarral a Colmenar Viejo. Libro de la Montería de Alfonso XI. Existió en el área de ese monte una significativa presencia humana que comenzó a instalarse desde la etapa de construcción del primer alcázar o casa de reyes, con Enrique III y Enrique IV, pasando a delimitar los terrenos por medio de amojonamientos de las zonas forestales, como ejemplo

[…]El primer mojón pone como se va de Madrid al Pardo por la parte del molino que dizen de Somontes junto a una Cruz Verde a donde se apartan los caminos enfrente de Vadillo por donde pasan el Rio para ir a Arabaca viniendo de la Cruz Real del Pardo y desde alli por el camino que va a Quesada arriva hasta el Camino que vaja de Peñarrubia y desde alli como van por el valle arriba de Quesada, hasta la Voca de Pesadilla y desde alli como van hasta el Carril del Goloso y desde allí a la Cabezada del Prado de Nabalasmuelas y desde allí camino derecho hasta el arroyo de Tejada que es el Charco de los Anadinos […] y así sigue una extensa descripción, sabiendo que ya en el reinado del rey Felipe II se habían hecho unos límites del lugar. La información está recogida por F.J. Hernando Ortego (2003), en El patrimonio municipal de Madrid en el Antiguo Régimen. Bienes de propios, comunales y baldíos. Siglos XI al XVIII. páginas 137 y 176.

El Cordón del Bosque, Cerca, Muralla o Tapia, de varías formas así nombrado, fue una obra decidida por los reyes por consideración a los vasallos en miras a proteger los recursos naturales de ese paraje, para evitar caza furtiva principalmente. Si bien la protección de la caza no fue la única causa de su acotamiento, sino una forma de controlar el excesivo expolio que los vecinos de lugares cercanos pudieran hacer en la explotación de recursos que un importante aporte de encinas, álamos, sauces y otras especies arbóreas ofrecía, adelantándose también a una conciencia de preservación ecológica y preventiva de daños, como que “ninguna persona enzienda fuego en el campo desde primero de junio hasta fin de septiembre de cada un año”.

¿Quién dijera que no se podía poner puertas al monte? El Rey Felipe IV aprobaría en real cédula de 1648 una nueva delimitación y cercado, “ desde la Villa de Colmenar Viejo a San Agustin camino y Cuerda derecho de un lugar a otro y desde San Agustin a Pesadilla camino derecho por orilla del rio Guadalix y desde Pesadilla a la Venta de Jarama y desde alli a la Moraleja y desde la Moraleja a Ortaleza, desde Ortaleza a Bicalbaro, desde Bicalbaro camino derecho, desde Villaberde a Carabanchel de Arriba, desde Carabanchel de Arriba a Umera camino derecho de la Umera a Pazuelo de Alarcon, desde Pozuelo a Maxadaonda al molino de la Oz, del Molino de la Oz a la Torre Lodones, desde la Torre del oyo y del Oyo a Colmenar, donde empezó este límite.” Y así se continuaría hasta bien entrado el siglo XVIII cuando pasaron a formar parte de los agregados al Real Bosque, muchas posesiones de particulares y tierras comunales próximas al núcleo de población de El Pardo. En este largo proceso, como indicara F. J. Hernando Ortego (2003), el medio más favorable a la inclusión de estas propiedades para uso de la Corona debía pasar un el camino de la expropiación, una vez conseguidas por otros medios, bien de donaciones o compras a particulares. Señala así este procedimiento como una cuestión política ya en responsabilidad de Fernando VI, cuando en 1749 decidió que “[…]haya de quedar y quede de su real cuenta en propiedad todo el continente que abraza y encierra el citado nuevo Cordón en su territorio, vuelo, pastos y leñas que han de agregarse desde luego al bosque de El Pardo” (referencia textual del citado Hernando Ortego, 2003). Éste será un asunto de litigio durante años, acerca del carácter de dichas propiedades, que tuvo en pleito a la Corona y el ayuntamiento, hasta que la administración del rey Carlos III pusiera liquidación al tema.

La arquitectura de un umbral

No fue este bello ejemplo de arquitectura dieciochesca una muestra solo de obra monumental dentro del conjunto de las grandes puertas de la ciudad del Madrid Ilustrado, desde las cuales se configuraba un espacio viario amplio y simbólico de los avances urbanísticos del momento. Constituía más una puerta solitaria, pero con una función específica de significación de la gran cerca del bosque, a modo de puerta principal de salida hacia la naturaleza, cuyas ramas se extendían por su perímetro marcando diferentes tramos que quedaron señalados con puertas menores o portillos.

Era la antigua entrada principal al Real Bosque que se orientó para hacer frente al Camino Real de este nombre que, siguiendo la ribera izquierda del Manzanares, venía desde la desaparecida Puerta de San Vicente […] sobre el trazado del Paseo de La Florida, la moderna Avenida de Valladolid y el arranque de la actual carretera de El Pardo, como describió F.J, de la Plaza Santiago(1973) La referencia puede verse en “La Puerta de Hierro” de Madrid, Boletín del Seminario de Arte y Arqueología, tomo 39.

Se marca como fecha de construcción el año 1751, a través de un proyecto ambicioso que, en principio, correspondió al ingeniero jefe Francisco Nangle, Teniente de Infantería que fue sustituido en sus trabajos por el arquitecto Marcos de Viezma también vinculado a las grandes obras de la segunda mitad del siglo. Pudo estar terminada hacia 1758, pero no parece que dicho ingeniero pudiera ver la obra finalizada según su idea. Que su labor fue de mucho empaque lo atestigua el haber intervenido en diferentes proyectos reales y militares, y en obras religiosas o civiles. Se sabe que en 1749 había realizado un mapa del puerto de Guadarrama y sus contornos, marcando ya la proyección de una nueva carretera hacia Madrid; que propuso un diseño para una puerta en la tapia de la Casa de Campo frente al camino nuevo de San Bernardo, y que diseñó esta obra de la Puerta de Hierro. En ese año se había dispuesto el levantamiento de una parte de la cerca que marcaba unos límites del bosque, entre la Venta del Cerero o Venta de Hoyos y la Venta del Regidor.

Fue un trabajo complicado, costoso, que exigió abundante mano de obra tanto para la culminación del Cordón como de la misma puerta y que generó de inmediato problemas, como vemos en la cita: “[…]Los acontecimientos ocurridos en nuestra obra de Puente de Rastrillos y de Portadas han sido tantos como resultan y deven inferirse sabiendo que acordada esta obra con Don Francisco Nangle se fue sin darla curso formal, a los vaños de Francia donde murió[…]Al menos consta el dictamen del ingeniero cuyas recomendaciones se dirigían a construir pared de cal y canto, con buena mampostería atizonada, trabada y ripiada, así como materiales duraderos. En su defensa ante el Rey ofreció dos ideas para dicha portada, de sillería o de hierro.

El Rey Fernando VI eligió la de hierro con el propósito de que la Corte tuviera un acceso y paseo agradable a la población. Se calculó el coste en 832.000 reales de vellón. y otros 100.000 para los trabajos de escultura que corrieron por cuenta del maestro Juan Domingo Olivieri. Muchos otros artífices estuvieron implicados en la obra, escultores y canteros cuya intervención fue significativa. Con la intervención de Juan Domingo Olivieri esta obra se acerca más a un trabajo de escultura que de arquitectura, aunque tal vez las tareas de cantería finales corrieron a cargo de Francisco Moradillo. Una breve descripción de su forma ofrece el modelo de portada con arco de medio punto enmarcado por pilastras y frontón, con dos contrafuertes laterales con bajorrelieves terminados en jarrones con un penacho de llamas, y otros dos contrafuertes que se unen a los anteriores formando así las tres entradas cerradas por puertas de hierro. Desde los pilares coronados por jarrones, con una simétrica distancia del vano central, arranca el muro de cierre. La alusión al hierro se debe a ese umbral central que queda clausurado por una reja de barrotes verticales, realizados por Francisco Barranco, y coronada con un dibujo de iniciales entrelazadas alusivas al rey Fernando VI y a su esposa Bárbara de Braganza. En 1754 estaba ya concluido el diseño total con una plantación de álamos negros que marcaban el Camino hacia El Pardo. Ya en el siglo XX, la tapia sería suprimida parcialmente, quedando la puerta aislada como monumento exento, para lo que se diseñó en 1914 un nuevo recinto elíptico en el que confluían diversas vías. Posteriormente la zona sería objeto de continuas intervenciones, que culminaron en la década de los 90 con la conversión del entorno de la puerta en un complejo nudo de vías de tráfico en el que ésta quedó encerrada e inaccesible.

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