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El conflicto anticlerical en el reinado de Alfonso XIII


Alfonso XIII. Alfonso XIII.

En 1900 se abrió un ciclo de agitación anticlerical en España debido a la revitalización del catolicismo -en opinión de algunos historiadores- que había logrado adaptarse al triunfante régimen liberal, negociado ciertas compensaciones por la desamortización de bienes eclesiásticos sin negociación previa con la Santa Sede y reposicionado ante los nuevos tiempos. Los católicos más recalcitrantes a ningún tipo de armonía con el liberalismo se refugiaron en las filas del integrismo y del carlismo.

Al igual que la Iglesia francesa, la española se había recuperado de los tiempos de la exclaustración y la revolución liberal, aumentando el número de miembros del clero secular y regular; se habían abierto más seminarios desde 1875, nombrado obispos en las mitras vacantes, fundado más colegios para la infancia y juventud, organizado los sindicatos católicos y, por todo ello, aumentado su visibilidad en la vida cotidiana. Los anarquistas y los republicanos consideraron escandalosa y peligrosa esta renovación religiosa, por lo que el anticlericalismo y la secularización se hicieron más presentes en el debate político. En algunas ocasiones, los gobernadores civiles tuvieron que prohibir la salida de las procesiones católicas para evitar conflictos callejeros, pues los anticlericales organizaban manifestaciones paralelas para reventarlas, las cuales también era prohibidas. De esa manera, los representantes del Estado eran increpados y criticados a derecha e izquierda.

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, el anticlericalismo español presentaba dos raíces. Por una parte, una base liberal-burguesa, que defendió la escuela pública laica y el modelo privado de la Institución Libre de Enseñanza, con el cual esperaban lograr una intelectualidad afín a sus ideas. Paralelamente, se desarrolló una raíz obrera, concretada en el desarrollo de las llamadas Escuela Moderna de los anarquistas y la Escuela Nueva de los socialistas, pensadas como freno para evitar la cosmovisión religiosa y la influencia del clero sobre las masas.

En el Partido Liberal se alzaron voces a favor de una mayor secularización del Estado, con la idea de unir a las corrientes izquierdistas en las votaciones de las Cortes y en la lucha electoral, así como para integrarlas, en cierta manera, en el régimen constitucional de 1876. A ello se unió la influencia de los acontecimientos franceses, donde también las corrientes de izquierda habían utilizado el anticlericalismo como “pegamento” electoral. Por ello, se produjeron una serie de batallas parlamentarias en torno a la legalización del matrimonio civil en 1906 sin necesidad de pasar por la vicaría, medida que fue, finalmente, aprobada. En cambio, el intento de frenar el aumento del clero regular por ley quedó derrotado, pero las escuelas laicas crecieron mientras los efectos de la Ley francesa de Separación de Iglesia y Estado llegaban a España, entre el miedo de unos y la esperanza de otros.

Un hecho decisivo fue la explosión de un anticlericalismo violento durante la Semana Trágica de Barcelona en 1909. Los revolucionarios quemaron 80 edificios religiosos, destrozaron imágenes y materiales religiosos, se amenazó y amedrentó al clero, se sacaron de los féretros los cadáveres de monjas… lo cual trajo repercusiones importantes. Muchos escritores y políticos republicanos justificaron ese tipo de hechos, por lo que mentalmente permaneció -tanto entre revolucionarios como entre católicos- la unión entre “revolución” y “agresiones violentas anticlericales”.

Al año siguiente, el debate aumentó ante la Ley del Candado, llamada de esa manera porque cerraba el paso a la instalación de órdenes religiosas -masculinas y femeninas- en España provenientes de Francia, de donde huían debido a los impedimentos constantes de la política anticlerical de París. Su paulatina llegada había supuesto una mayor visibilidad de este tipo de clero, verdadero objetivo de los anticlericales. Para evitar su llegada masiva, someter el clero a la ley de asociaciones y frenar la escalada de anticlericalismo, el presidente del gobierno liberal, José Canalejas defendió la ley. Pero coincidió ese hecho con la revolución republicana portuguesa, que llevó al poder a admiradores del modelo francés, que trataron de implantar desde Lisboa al resto de país, llevando entre sus medidas un paquete de medidas anticlericales que dividió a la sociedad lusa.

En España, los católicos respondieron ante el debate sobre las órdenes religiosas utilizando el moderno repertorio de medios de protesta: divulgación de prensa afín, recogida de firmas, organización de asociaciones de apoyo al clero -masculinas y femeninas- así como de manifestaciones, reparto de octavillas, entrevistas con personajes de la política y la sociedad, protestas firmadas por un elevado número de personas que fueron presentadas ante el gobierno español y El Vaticano. Estas presiones aumentaron con el debate en torno a la Ley de la Enseñanza del Catecismo en las escuelas públicas, cuando los anticlericales aumentaron su presión mediante mítines, manifestaciones, boicots y motines. El gobierno liberal optó, finalmente, por permitir la clase de catecismo en las aulas, pero… el sábado por la mañana, no en horario lectivo. La medida desagradó a izquierdas y derechas.

Ante lo que consideraron innegables avances del proceso secularizador y laicista, la Iglesia decidió reaccionar. En primer lugar, para frenar o resistir las medidas secularizadoras en la enseñanza pública, defendió el derecho a la enseñanza privada católica. Por otra parte, promocionó intentos serios de renovación pedagógica, destacando las escuelas del padre Manjón en Granada, aunque pronto fueron insuficientes; a las mismas habría que sumar las escuelas de Ave María dedicadas a los pobres, las escuelas de capacitación profesional de algunas órdenes religiosas para personas de clase humilde, el desarrollo de la Institución Teresiana del padre Poveda para mujeres, etc.

Por otra parte, los católicos intentaron crear elites intelectuales capaces de dar la batalla cultural, preparando también laicos para la política y la sociedad. Para ello comenzó a desarrollarse Acción Católica y, especialmente, Acción Católica de la Mujer. Y es que cada vez quedó más claro el papel clave de la esposa en las familias católicas, pues era la que profundizaba la fe, educaba a hijos, hacía que el marido leyera la buena prensa e introducía la vida cristiana en el hogar, incluso en aspectos como la decoración con cuadros religiosos o entronizaciones de figuras del Sagrado Corazón de Jesús.

Al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, el conflicto anticlerical mermó considerablemente, pero el estallido de la revolución rusa, tres años más tarde, volvió a unir la imagen del triunfo revolucionario con la victoria de los ateos anticlericales y el comienzo de una persecución religiosa. En España, la dictadura del general Miguel Primo de Rivera (1923-1930) apostó por la confesionalidad católica del Estado. Si bien su gobierno tuvo choques con el clero catalán, intentó compensarlo con un mayor acercamiento, en el campo político, con las élites católicas y, en el campo social, con los socialistas y ugetistas. Pero el republicanismo anticlerical denunció, desde la oposición, la unión entre dictadura y catolicismo, reafirmándose en sus convicciones de copiar -o superar en poco tiempo- la política anticlerical de la III República francesa, lo que intentó realizar al proclamarse la Segunda República en abril de 1931.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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