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La formación del Imperio británico


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Los orígenes del Imperio británico arrancan del siglo XVI, en dura competencia con los avances españoles en tierras americanas y con los portugueses en África y la India. Como primer objetivo, Londres se centró en aumentar su poder en América del Norte y en las islas del mar Caribe, sobre todo en el siglo XVII, para, una vez consolidados esos centros, planear una mayor presencia en los lejanos territorios de la India. En el siglo XVIII, Gran Bretaña logró derrotar a Francia en el escenario asiático, sentando las bases de su futura expansión en el siglo XIX, sobre todo tras la independencia de las trece colonias norteamericanas. A partir de entonces, aumentó su presencia en África, Asia y Oceanía hasta 1914. Tras la Primera Guerra Mundial su presencia territorial no mermó, sino que aumentó gracias a los llamados “Mandatos” de la Sociedad de Naciones, al responsabilizarse del desarrollo de antiguas colonias alemanas. Sin embargo, a partir de 1945 no tuvo más remedio que aceptar el camino de la descolonización de su Imperio ultramarino.

Si nos centramos en su etapa de mayor crecimiento, el siglo XIX, Gran Bretaña tuvo una doble ventaja. En primer lugar, fue la nación que abrió el camino de la expansión europea y, al ser durante mucho tiempo la única potencia que se movió en ese terreno, pudo elegir aquellas zonas que mejor le convenían a sus intereses. Por otra parte, cabe recordar que el Imperio Británico fue, ante todo, un Imperio económico, fundado en el poder comercial y marítimo. Precisamente por ello, entre 1800 y 1815 acabó con la posibilidad de competencia naval de España y Francia. El dominio de los mares, y de numerosas islas y enclaves, fue condición primaria para la expansión colonial.

Entre 1815 y 1870, el creciente poder militar de Gran Bretaña logró el dominio de importantes territorios en el sur de África y el sur de Asia, además de ayudar a consolidar sus posiciones en Australia y Canadá. El ejército británico garantizó el dominio de extensos territorios, al imponerse su superioridad armamentística. Entre 1870 y 1900, los británicos se adentraron en el Próximo Oriente Asiático, Egipto, África occidental y comenzaron a observar a China. Finalmente, entre 1900 y 1914 Londres apuntaló su control de una cuarta parte de la tierra mientras su hegemonía en los mares resultaba innegable, aunque observaba amenazante el crecimiento de la escuadra alemana. Pero ¿cómo organizó su Imperio? El Reino Unido diseñó su tipología colonial sin un plan previo, es decir, actuó conforme se producía la expansión y dominio de nuevas tierras.

En primer lugar, habría que hablar de las llamadas colonias de poblamiento. Su nombre aludía a importantes contingentes de población británica que se desplazaron de la metrópoli para instalarse en lugares donde los habitantes indígenas eran poco numerosos o fácilmente dominables o eliminables por guerras coloniales. En tal categoría debe incluirse las trece colonias de Norteamérica, los territorios de Canadá o Australia. A partir de la consolidación, en esos lugares, de un claro desarrollo económico y social en el siglo XIX, su población comenzó a solicitar una organización propia, calcada de Londres, obligando al gobierno inglés a conceder un estatus especial a aquellas posesiones (Dominio).

La primera colonia en obtener su autonomía fue Canadá, debido a que su población blanca no necesitaba una gran presencia de fuerzas militares ni los nativos tenían capacidad para expulsarles. Entre 1864 y 1867 diseñó su propia estructura política: Congreso, Senado y Gobierno responsable ante el parlamento de Londres. El gobernador se convirtió en el representante del Gobierno inglés y su principal enlace. En cambio, Australia se concibió, hasta mediados del siglo XIX, como un inmenso penal. Tras ello, se produjo la llegada masiva de emigrantes, fundamentalmente al descubrirse oro en su suelo. El control establecido sobre esa emigración permitió una Australia blanca y de origen británico. En 1890 se federaron las cinco provincias orientales y en 1901 se constituyó la federación de Estados, base de la actual Australia. Cerca de sus costas, se encontraba Nueva Zelanda, colonia que fue más problemática por la resistencia de sus indígenas –los maoríes- aunque finalmente fueron arrinconados y casi exterminados. Tras ello, la emigración blanca se asentó y en 1907 alcanzó la situación de dominio.

La Unión Sudafricana fue la última colonia en conseguir el estatus de Dominio tras un grave proceso bélico. En su origen hubo un choque entre los boers o descendientes de colonos holandeses y los británicos. Al principio les dejaron autonomía en sus regiones de Orange y Transvaal, pero, al descubrirse oro, los ingleses les invadieron. La superioridad militar y armamentística se impuso, pero, finalmente, no se pudo hacer con el control total de la población, que respondió con una constante guerra de guerrillas. Se impuso el Acuerdo de Pretoria, por el que se volvió a reconocer la autonomía de esas regiones. Fue el primer paso para el nacimiento de la Unión Sudafricana, entre 1906 y 1909, con un régimen federado similar al Canadá.

Para evitar la independencia final de estos dominios, Londres lanzó la idea de una Comunidad Británica de Dominios -Commonwealth- con intereses económicos, políticos y defensivos que beneficiaban a todos sus miembros. Así se explicó la unión de estos territorios con Gran Bretaña en la Primera y Segunda Guerra Mundial.

Por otro lado, hubo colonias de explotación allí donde el dominio o supresión de la población indígena no fue tarea fácil o donde no fue considerado práctico convertirlas en colonias de doblamiento, por lo que se decidió explotarlas económicamente. Esta tipología se produjo, básicamente, en África y Asia. Se creó en esas zonas una élite colonial blanca -con costumbres y lazos sociales fuertemente europeos- que se diferenció claramente de la mayoritaria sociedad indígena, que mantuvo sus propios parámetros de organización social. Como gran ejemplo cabe recordar la joya de la Corona, es decir, la India.

En la zona del Indostán, hasta 1773, el protagonismo colonial fue responsabilidad de la compañía privada de las Indias Orientales, pero desde entonces, y hasta 1858, se organizó un gobierno conjunto de la Compañía y el Gobierno británico. Una rebelión de cipayos (tropas indígenas) convenció a Londres de la mayor necesidad de tener un ejército y una administración consolidada con un virrey, asistido por un consejo mixto de consejeros británicos y magnates indígenas, lo que originó que, a partir de entonces y hasta su independencia en 1947, la India fuera administrada exclusivamente por Londres. A partir del siglo XX comenzó a desarrollarse un movimiento nacionalista e independentista hindú que provocaría las reformas administrativas de 1920 y el proceso final de ruptura.

Otro territorio que terminó siendo un protectorado británico fue Egipto que, sometido a la soberanía del Imperio Turco, a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, se convirtió en campo de batalla de los intereses franceses y británicos, interesados en su algodón. Basta recordar la expedición de Napoleón a El Cairo y la derrota de su escuadra en Abukir. En consecuencia, triunfaron los británicos cuya influencia comenzó a ser decisiva en las tierras del Nilo, camino fundamental hacia la India, pero en 1867, el bajá de El Cairo se separó de Turquía y solicitó la protección de Francia para consolidar su independencia. Quiso dotar al país de un proceso intenso de modernización, dotándolo de infraestructuras y de una buena red de escuelas. En 1869 finalizó la importante obra del canal de Suez, obra de un ingeniero francés, Fernando de Lesseps. Sin embargo, al año siguiente, Francia fue derrotada militarmente por Prusia y solicitó el pago de deudas al Estado egipcio, el cual, al verse imposibilitado de realizar el abono, tuvo que vender acciones a Gran Bretaña que asumió el control del canal y, con el mismo, del país. Se fue implantando lentamente un dominio económico inglés sobre el país del Nilo, lo que produjo un movimiento nacionalista de rechazo en 1881. Pero, tras su fracaso, Egipto se convirtió oficialmente en un protectorado británico a partir de la Primera Guerra Mundial, con la excusa de defender a sus habitantes del ejército turco.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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