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EL PERIÓDICO
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La renovación intelectual católica ante la crisis europea (1891-1918)


En 1914 fueron numerosos los pensadores, escritores y artistas modernistas que percibieron con fuerza el hundimiento de los principios sobre los que se había edificado la modernidad europea. Esa percepción aumentó con la experiencia traumática que sufrió el continente derivada de la Primera Guerra Mundial. Durante el siglo XIX y en la primeras décadas del XX, el progreso colectivo basado en la fe absoluta en la ciencia se había erigido como principio clave de la modernidad impulsada por la cultura oficial de los Estados occidentales. De ahí que algunos intelectuales defendieran que, fundamentalmente, la pintura debía ser realista y naturalista, lo mismo que la literatura y la música, hasta el extremo. La autognosis defendida por el filósofo Nietzche suponía la imposición del fuerte sobre el débil, aplicando a la sociedad los principios darwinistas de la selección natural y la lucha por la vida. Un combate que debía regir también en la esfera geopolítica, según algunos miembros de las élites dirigentes. Tras la Gran Guerra (1914-1918), que había precipitado un caos fronterizo en Europa del Este y una desestructuración social y económica en Centroeuropa, loa totalitarismos comenzaron a ofrecer orden, unidad, sacrificio del individuo por lo colectivo, un listado de valores arbitrarios pero valores al fin, un salvavidas en el que no hundirse en el mar de las incertidumbres metafísicas. Pronto se convirtieron en "religiones políticas" que amenazaron a las religiones tradicionales.

Durante esas décadas tan decisivas de la Historia contemporánea, algunos intelectuales católicos intentaron descubrir un camino transitable entre la tradición cristiana - la palabra de los primeros padres de la Iglesia y la escolástica tomista- y las nuevas vanguardias artísticas. Frente a la crisis de Occidente, defendieron que el catolicismo podía curar una civilización en decadencia. Así, lo presentaron como algo ultramoderno pues "nada es más moderno que lo eterno". Pintores y críticos católicos revalorizaron la vivencia espiritual del arte, pues se encontraba más cerca de la religión que de la ciencia, como ya advirtió en 1916 el dadaísta Hugo Ball, que defendió su espiritualidad. Este singular renacimiento cultural católico en Europa tuvo su motor en Francia, aunque también desarrolló fenómenos paralelos en Gran Bretaña, Alemania y España. Muchos de sus representantes se convirtieron al catolicismo tras una experiencia intelectual, pues su conversión no surgió inicialmente de una fe arraigada y firme en la infancia.

El llamado Renoveau Catholique francés tuvo sus precedentes en escritores y artistas que preconizaron un futuro combate del ser humano con el materialismo. Los más tradicionalistas defendieron la estética sobrenatural, espiritual, pero la asentaron en un tomismo petrificado, nada dinámico. Aconsejaron la inspiración del artista en arte medieval, por lo que impulsaron los estilos neogótico y el neobizantino y en música, lógicamente, el canto gregoriano. Pero todavía en 1920, la mayor parte del clero y los críticos de arte católicos desdeñaban las vanguardias con la mirada fija en la vigencia de los citados estilos arquitectónicos. Sin embargo, hubo una intelectualidad católica renovadora que nació al impulso de varias personalidades, como la de Joris Karl Huysmans (1848-1907), un dandi decadente que descubrió la obra titulada "La Crucifixión" (1516) de Grünewald. Quedó impactado por este cuadro, donde aparece un Cristo salvajemente contorsionado y lleno de pústulas para que los enfermos de peste reflejaran su sufrimiento en esta obra, colgada en un hospital especializado en estos convalecientes. Esa mezcla de realismo y espiritualidad le conmocionó profundamente, ayudándole a escribir su libro "Allá abajo" (1891) donde intentó dinamitar el materialismo contemporáneo a través de una defensa de la espiritualidad. Al año siguiente se convirtió al catolicismo, experiencia que narró en otro volumen titulado" En ruta" (1895).

La noticia de la conversión de Huysmans influyó en otro famoso dandi, el irlándes Oscar Wilde. Frente a su anterior producción literaria, Wilde escribió "De Profundis" (1897) en prisión, obra donde se percibe una fascinación por la figura de Cristo a través de una espiritualidad heterodoxa, así como por la piedad. No fue algo pasajero, pues su meditación continuó en "La balada de Reading Gaol" (1898). Finalmente, fue bautizado en el catolicismo el día anterior a su muerte, 30 de noviembre de 1900. Suya es la frase "La Iglesia anglicana es para gente respetable, la católica está llena de pecadores". Quizá por eso la prefirió.

Otro miembro de esta renovación intelectual fue el escritor León Bloy (1846-1917, que pasó de ser un anticlerical furibundo a católico tradicionalista, aunque fue rechazado doblemente: por los círculos católicos, al ser temido por su excentricidad, y en los literarios por su religiosidad. En 1897 escribió su obra maestra "La mujer pobre", una transfiguración de la pobreza, una crítica a la burguesía, el poder del dinero y el esnobismo de los intelectuales. "No hay sino una tristeza, la de no ser santos" defendió entre sus líneas.

De la misma manera que el poeta Verlaine, Huysmans y Bloy fueron rechazados por el tradicionalismo pero se convirtieron en referentes para laicos católicos que formaron una renovación católica a comienzos del siglo XX. ¿Y en qué consistió ese impulso, básicamente? En una reflexión de inquietos jóvenes, hastiados de las frías explicaciones omnicomprensivas de Hegel o de Comte, que buscaron el elemento humano, es decir, un ideal capaz de imbricar pensamiento, sentimiento y acción. Y acudieron a la Iglesia católica ávidos de reencontrar el gozo de la vida, la necesidad de realizar una existencia plena y activa. Ante el marasmo anarquista -tan popular en los países latinos- tuvieron necesidad de un fundamento, de un sentido metafísico sobre el que trazar un proyecto vital apasionante. Asimismo, se vieron atraídos por un deseo de acción y de disciplina, por la seguridad que la doctrina católica les confirió para vivir y realizar su tarea. Esta generación católica y nacionalista estuvo encarnada por Charles Peguy (convertido en 1907)-, Jacques Maritain (convertido en 1906) y Ernest Psichari (convertido en 1913). A su lado también se encontraron Paul Claudel, François Mauriac y Georges Bernanos.

Todos ellos llegaron a la conclusión de que no debían escribir "obras o novelas católicas" sino asumir su papel como un católico que escribe, que busca la verdad y la belleza. El catolicismo y la vocación literaria debían ser algo sustantivo, esencial y no adjetivo. Por eso pudieron desarrollar estilos literarios diferentes, pues lo que les unió fue la fe, no el seguir un mismo estilo. A diferencia del realismo social, el catolicismo no debía adjetivar como mejor ninguna forma literaria concreta porque, por su universalidad, podía incluirlas a todas. Algunos de ellos, con gran sensibilidad, se vieron atraídos por el carácter creativo y novedoso del bien, frente a la triste monotonía repetitiva de las experiencias vitales basadas en la degradación y la corrupción moral y física.

La renovación católica comenzó y fue potente, siendo una de sus claves su rico tejido humano -capital social diríamos hoy-, la red de relaciones intelectuales y de amistad que logró formar el fenómeno del resurgimiento católico europeo a comienzos del siglo XX.

El lector interesado puede profundizar en

-J. M. RIAZA, La Iglesia en la historia de la ciencia, Madrid, BAC, 2006.

-M. M. RODRÍGUEZ ROSELL, Cine y cristianismo, Quaderna Editorial, 2002.

-E. SÁNCHEZ COSTA, El resurgimiento católico en la literatura europea moderna (1890-1945), Madrid, Ediciones Encuentro, 2014.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.