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EL PERIÓDICO
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Tras la derrota bélica, la adaptación política. Los carlistas en los inicios de la restauración (1876-1899)


La Tercera Guerra Carlista (1872-1876) finalizó con el triunfo de las armas liberales, la derrota de las carlistas y la edificación del sistema político de la Restauración, bajo las ideas de Cánovas del Castillo y la Constitución de 1876.

La estructura política carlista, igual que la militar, quedó totalmente desmantelada. En esa situación emergió con decisión y fuerza la figura de Cándido Nocedal, impulsor del diario "El Siglo Futuro", fundado en Madrid en 1875 y que dirigía su hijo Ramón. Los Nocedal se esforzaron en imprimir al carlismo un marco y un carácter fundamentalmente católico, en lucha abierta y frontal contra la Monarquía liberal -que había aprobado una moderada tolerancia de cultos en el artículo 11 de la Constitución- y contra la acomodación de los cristianos a los nuevos tiempos, a los que designaron como "católicos liberales". Carlos VII, el monarca carlista, delegó una serie de años su representación en España en Nocedal (1879-1885) pero los mismos resultaron muy agitados, ya que los conflictos fueron la nota dominante en esta época, tanto los internos como los de índole externa, como la lucha entablada con los católicos liberales, dispuestos a integrarse en el sistema canovista. La muerte de don Cándido en 1885 supuso el fin de esta fase, comenzando una lenta reestructuración de las fuerzas legitimistas.

Desde su exilio en Venecia, Carlos VII asumió de nuevo la dirección del movimiento a comienzos de 1886, ordenando que la prensa carlista moderara sus planteamientos y críticas, especialmente contra los católicos liberales, con el objeto de mejorar sus relaciones con la jerarquía eclesiástica. Peo las tensiones continuaron y alcanzaron su máximo en la llamada escisión integrista de 1888, punto y final de un largo proceso de erosión de la unión entre neocatólicos y carlistas, forjada durante los años del Sexenio Democrático (1868-1874). Los católicos más radicales, más intransigentes, se separaron, llevándose algunos órganos de prensa y destacadas personalidades, pero las bases carlistas no se movieron. Esta catársis fue, a la larga, beneficiosa para los legitimistas, al posibilitar la modernización de sus estructuras.

Sin embargo, el nacimiento del Partido Integrista fue un síntoma de declive y no de fortaleza, como demostró la evolución a la baja de la suscripción popular a favor del "prisionero del Vaticano" -el papa se consideró así desde la invasión italiana de Roma en 1870- organizada por estos sectores católicos. Su defensa de la integridad, dentro del tradicionalismo, enajenó a los integristas, en primer lugar las simpatías romanas, luego las del propio episcopado y, finalmente, las de Carlos VII . En 1898, el partido celebró una asamblea en la que se encargó a Ramón Nocedal que redactara un nuevo programa.Se introdujeron un conjunto de lemas que inequívocamente le incardinaron en el movimiento regeneracionista de fin de siglo pero sin que, por ello, lograran aumentar significativamente su impacto social. Pero si los partidarios del integrismo fueron pocos y su presencia en la vida pública fue testimonial, abundó notablemente su influencia y prensa entre los eclesiásticos .

En 1889 se pusieron las bases para el asentamiento y la reorganización del movimiento carlista. Se organizó un sistema de juntas -central, regional, provincial, de distrito, local- que fueron convertidas en juntas tradicionalistas, una de las piezas clave del nuevo edificio político. Comenzaron a crecer los círculos tradicionalistas de tal manera que los esfuerzos organizativos del marqués de Cerralbo fueron recompensados en abril de 1890 al ser nombrado representante en España de don Carlos, cargo en el que permaneció hasta 1899, volviendo a ocupar la misma dignidad interinamente, con su sucesor Jaime III, entre 1912 y 1918. Junto a un destacado grupo de colaboradores, Cerralbo decidió modernizar el partido basándose en el abandono de la línea bélica y apuesta por la vía política, para lo cual resultaba necesario una moderada revisión del ideario tradicionalista, una política de atracción hacia los afines, una buena propaganda y el abandono del retraimiento. Sin embargo, hubo aspectos que no se modificaron: la identificación entre carlismo y religión se mantuvo plena, tal y como se demostró en numerosas ocasiones, como en la organización de una gran peregrinación obrera en 1894 a El Vaticano . No en vano, un extenso sector del episcopado de la Regencia continuó manteniendo ciertas simpatías procarlistas, como el cardenal Monescillo o el obispo Martínez Vigil, en contra, sin embargo, del abierto sentir de El Vaticano .

Así se adaptó el carlismo al mecanismo político de la Restauración y a sus innovaciones, como la ley de asociaciones y el sufragio universal, al tiempo que trataba de buscar un espacio propio, no fuera, sino dentro del sistema liberal. Si bien es cierto que los círculos tradicionalistas y la propaganda mantuvieron el recuerdo de las hazañas bélicas en el imaginario carlista, también lo es que, hasta los años de la crisis colonial de 1895-1898, el partido no tuvo una organización militar. No obstante, ante la posibilidad de que la crisis cubana dinamitara la Monarquía liberal, comenzaron a escucharse voces, en el seno del tradicionalismo, a favor de nuevos levantamientos armados. Iniciadas en 1897, las conspiraciones tuvieron sus momentos álgidos entre fines del año siguiente -tras la derrota militar ante los Estados Unidos- y 1899, con unos rebrotes en 1900. Sin embargo, todas las operaciones terminaron siendo un fracaso, pues la Restauración -pese a todo- mantuvo su capacidad de resistencia aunque se vislumbraba que en el siglo XX sería necesario plantearse ajustes e innovaciones.

El lector interesado puede acudir a

FERRER BENIMELI, J. A., “Carlos VII y el Congreso Antimasónico de Trento”, Letras de Deusto, 14-29, (1984), pp. 151-158.

MORAL, A., La cuestión religiosa en la II República. Iglesia y carlismo, Madrid, 2007.

ROBLES MUÑOZ, C., Insurrección o legalidad. Los católicos y la Restauración, Madrid, CSIC, 1988.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.