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La doble pelea de María Cristina de Borbón: carlismo y machismo


  • Escrito por Antonio Jesús Maldonado Galindo
  • Publicado en Historalia
Retrato de la reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878), que fue reina consorte de España por su matrimonio con Fernando VII, de quien fue la cuarta esposa, y madre de la reina Isabel II de España. / Wikipedia. Retrato de la reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878), que fue reina consorte de España por su matrimonio con Fernando VII, de quien fue la cuarta esposa, y madre de la reina Isabel II de España. / Wikipedia.

Los años treinta del siglo XIX marcaron en España el punto de inflexión entre un sistema absolutista en el que el monarca concentraba todos los resortes del poder y un régimen liberal que, con más pena que gloria, se irá abriendo paso hacia una democracia durante las décadas centrales del siglo. Como nexo de unión entre estas dos etapas, a la vez que servía como colchón a una revolución mucho más profunda y radical, el liberalismo moderado utilizó a la monarquía.

Sin embargo, la corona había estado asociada tradicionalmente al mundo masculino. Hasta el momento, la función política de las reinas había sido perpetuar la dinastía como madres y dar estabilidad a la monarquía como esposas. En un país tradicional en el que la dependencia y sumisión femenina al hombre era absoluta, el hecho de que al frente de la jefatura del Estado estuviese una mujer hasta que otra cumpliese la mayoría de edad, supuso una dificultad añadida a los monárquicos para legitimar la corona en un contexto de guerra civil e incertidumbre política.

Esta situación del XIX español se explica en parte por la ausencia de una clase media verdaderamente progresista, la debilidad del incipiente sistema parlamentario, el papel relevante de la Iglesia Católica, el analfabetismo femenino y el prácticamente nulo acceso al mercado laboral, lo que dejó a María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, la protagonista de este artículo, al frente de la regencia y rodeada de hombres hostiles a su presencia, ya fuesen carlistas, católicos, liberales o republicanos.

El presente trabajo pretende analizar las dificultades que encontró la monarca a la hora de liderar el país más allá de aspectos meramente políticos, pues fue juzgada por sus funciones de gobierno desde puntos de vista sesgados por planteamientos misóginos.

María Cristina de Borbón llegó a España en 1829 para casarse con su tío Fernando VII. La princesa napolitana de veintitrés años era la última esperanza de dar un heredero al monarca. Este fue, precisamente, el primer escollo que se encontró al llegar a su nuevo país, el de la legitimidad de su primogénita Isabel para ocupar una jefatura de Estado que llevaba más de tres siglos sin que su titular fuese una mujer.

Con la aquiescencia de Fernando VII, monarca, padre, esposo, y hombre en definitiva, ese obstáculo pudo salvarse. La Ley Sálica que impedía reinar a una mujer fue derogada y sustituida por la Pragmática Sanción. Isabel sería reina, pero a su debido tiempo. Mientras llegaba ese momento, su padre se encargaría de allanarle el camino. La muerte del rey en septiembre de 1833, sin embargo, dejó esa ardua tarea a su madre.

La condición de mujer de la regente y de la futura reina fue uno de los motivos que los carlistas esgrimieron a la hora de levantarse en armas contra la viuda de Fernando VII. No debemos obviar las fuertes tensiones políticas que existían entre el absolutismo y el liberalismo. María Cristina, abiertamente partidaria de la primera opción, tuvo que apoyarse en la segunda más por necesidad que por convicción.

En cualquier caso, la regente comprendió que, si quería conservar los derechos sucesorios de su hija, debía hacer un ejercicio de funambulista entre mantener la preponderancia política de la corona e introducir tímidas reformas para atraerse a los sectores más moderados del liberalismo. Como hemos comentado anteriormente, es imposible dejar a un lado los asuntos políticos en una época tan crucial como la que analizamos. Sin embargo, el objetivo último de este trabajo es analizar hasta qué punto la labor de gobierno de María Cristina se vio afectada por aspectos absolutamente ajenos a la misma como la relación con sus hijas o su vida personal.

En este sentido, antes de terminar el año de 1833 se producirá un acontecimiento en la vida de la regente que marcará el resto de su gobierno. En diciembre de aquel año, tres meses después de la muerte de Fernando VII, María Cristina contrajo matrimonio secreto y morganático con un guardia de corps natural de Tarancón llamado Fernando Muñoz y Funes. La Reina Gobernadora sabía que ese enlace la incapacitaba por ley para ejercer la regencia en nombre de su hija, por lo que se convirtió en una especie de secreto oficial. En el contexto de guerra civil, a los liberales no les importó mirar hacia otro lado siempre y cuando se consiguiese el objetivo de vencer a los carlistas. De hecho, María Cristina inauguró las Cortes del Estatuto el 14 de julio de 1834 embarazada de cuatro meses del primero de los siete hijos que tuvo con Fernando Muñoz, si bien es cierto que la obligaron a vestir ropas anchas para no denotar en exceso su estado.

Sin embargo, y pese que especialistas actuales como Isabel Burdiel afirman que leyenda y realidad se mezclan en lo relativo a la relación de María Cristina y Muñoz, los rivales políticos de la regente se guardaron ese as en la manga para cuando fuese necesario. Cualquier decisión política que tomase desde ese momento estaría condicionada a su vida privada a pesar de que, en palabras de Burdiel, “poco a poco demostró que era algo más que una mujer vulnerable y acobardada e hizo ver que tenía una fuerza y un capital políticos propios”. Hemos de señalar también, que otros monarcas europeos como Jorge IV o Guillermo IV habían contraído matrimonios morganáticos y formado familias “paralelas” a la oficial sin que la sociedad inglesa se escandalizase o sus rivales políticos lo utilizasen en su contra.

Con la guerra prácticamente acabada y los carlistas neutralizados, la regente decidió dar un cariz claramente conservador a su política, incluso integrando a los partidarios de don Carlos menos radicales. Esto le supuso la enemistad del liberalismo progresista y de su principal valedor, el auténtico hombre del momento, Baldomero Espartero, que comenzó a postularse como una alternativa a la viuda de Fernando VII. La propia María Cristina escribió en sus memorias cómo tras una reunión con el general en Barcelona el 18 de julio de 1840, una multitud se manifestó en su contra: “hubo tiros y gritos de mueran las Reynas, un grito de viva nuestro Rey, otro grito de viva Baldomero primero”. La prensa afín a ese cambio en la Jefatura del Estado no dudó en aludir a la vida privada de la regente y a su propia condición de mujer para justificar el relevo. Así lo expresaba el Eco del Comercio de Madrid a propósito de los acontecimientos de la ciudad condal:

Siguiendo la regente, seguirán sus afecciones, sus adictos privados, sus influencias ilegales, su camarilla y los males de España […]. Sea por debilidad femenil […], sea por su natural repugnancia al régimen constitucional, sea por estar entregada a una camarilla abyecta y enemiga, Cristina no puede hacer ya el bien del país […].

A principios de septiembre, con la comitiva real ya en Valencia, estallaba en varias ciudades españoles un movimiento revolucionario en contra de la Ley de Ayuntamientos que había impulsado la regente para que la corona controlase las principales ciudades del país. Cuando María Cristina ordena a Espartero que marche a Madrid para acabar con la sublevación, el general le responde que si quiere que la revolución acabe debe nombrar un gobierno progresista para que los disidentes reconocieran “entusiasmados la bondad de la que siempre fue madre de los españoles”. Más allá del chantaje político, se trababa de volver las cosas a su estado natural, recuperando María Cristina su papel de “reina-madre” y dejando la labor de gobierno a los hombres.

El 7 de septiembre de 1840 se publica en varios periódicos un panfleto escrito por el progresista Fermín Caballero titulado Casamiento de María Cristina con D. Fernando Muñoz. El secreto oficial que llevaba oculto desde 1833 salía a la luz. Con el objetivo de terminar de desestabilizar la regencia, y más allá de desavenencias políticas, la vida privada de la Reina sería el principal argumento para proponer un cambio en la jefatura del gobierno.

El inicio del documento no podía ser más elocuente: “A los dos meses de la muerte del rey Fernando VII, se vieron señales de que la reina Cristina no amaba ya la viudez”. De esta forma, recordaba el principal delito de María Cristina, la traición a la voluntad de su difunto marido y, por ende, a todos los españoles. Incluso llega a afirmar que en ciertos círculos palaciegos Muñoz era conocido como “Fernando VIII”.

El resto de calificativos a la vida personal de la regente no deja lugar a la imaginación, presentándola totalmente entregada, pues “solo pensaba gozar á sus anchuras de su nuevo esposo”, y criticando incluso el estado de “preñez” con que acudía a los actos públicos vestida con “fajas que sabíamos llevaba por disimulo”. El autor continúa atacando a María Cristina en aspectos más o menos públicos como su obsesión en “atesorar el oro de los españoles” o “el desamor o la frialdad para con sus hijas legítimas”, y privados: “Se dice que a ella se la ha visto alguna vez ebria, por abuso de bebidas espirituosas en estas bacanales grotescas, y que de las varias camorras matrimoniales por extravíos de Muñoz y celos de su muger, ésta había recibido algún bofetón masculino”.

A partir de la publicación del panfleto de Caballero, los progresistas no dudaron en recordar una y otra vez que su tiempo en la Jefatura del Estado había terminado. Así se lo comunicó directamente Manuel Cortina, abogado progresista del círculo de Espartero: “Hay, señora, quien cree que V.M. no puede seguir gobernando la nación, cuya confianza, dicen, ha perdido, y por otras causas que deben serle conocidas mediante la publicidad que se les ha dado […]”.

El 7 de octubre de 1840, un mes después de que el panfleto viese la luz, María Cristina renuncia a la regencia, entrega la custodia de sus hijas legítimas a Espartero y se traslada a Francia con Muñoz y su “otra” familia. No escuchó de esta forma la regente a los liberales moderados, que reclamaban que resistiese en el cargo, ni a los progresistas, que le ofrecieron mantener su puesto simbólicamente sin poder de decisión alguno.

Ni siquiera el exilio libró a María Cristina de seguir siendo juzgada por su vida privada y su condición de mujer. En su intento de influir en la educación de sus hijas (verdadera cuestión de estado durante la regencia de Espartero), la campaña de desprestigio continuó incluso más allá de los Pirineos. Un diplomático del monarca francés Luis Felipe de Orleans le informaba que la decisión de la viuda de Fernando VII respondía al objetivo de entregarse “sin reserva a los placeres de la vida privada y a los encantos de la libertad que le han sido prohibidos durante tanto tiempo […]”.

Citamos un último ejemplo de la lista de agravios a la que se vio sometida María Cristina por ser mujer como fue el hecho de que Fernando Muñoz se convirtiera en el encargado de negociar con los moderados una supuesta vuelta de la exregente a España, tal y como expresó en una carta fechada en mayo de 1841: “S.M. está ofendida altamente y S.M. no puede ir delante de tales personajes”. Un hombre de origen humilde y sin vinculación con la aristocracia se había transformado en una especie de portavoz de la persona más poderosa del país durante más de una década, evidenciando la total subordinación de la mujer española durante todo el siglo XIX, por muy reina que fuese.

BIBLIOGRAFÍA:

BELMONTE RIVES, PALOMA (2017): Sobre la situación de las mujeres en España (1800-1930). Un ejercicio de microhistoria. Tesis doctoral, Universidad Miguel Hernández.

BURDIEL, ISABEL (2018): Isabel II. Una biografía (1830-1904). Barcelona: Debolsillo.

CASADO SÁNCHEZ, Mª ÁNGELES y MORENO SECO, MÓNICA (2014). María Cristina de Borbón y María Cristina de Habsburgo: dos regentes entre los modos aristocráticos y los burgueses. Historia y Política, núm. 31, 113-138.

FERNÁNDEZ FRAILE, MARÍA EUGENIA (2008). Historia de las mujeres en España: historia de una conquista. La Aljaba, Vol. XII, 11-20.

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