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El cólera en la Rusia zarista


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

La revista Vida Socialista publicó en octubre de 1911 un extenso trabajo del doctor C. Buizard sobre la relación entre la miseria y las epidemias en Rusia:

“En 1910 hubo oficialmente en Rusia 216.091 casos de cólera, seguidos de 101.002 defunciones. Casi la mitad de estos casos se produjeron en el corto período de cuatro semanas; del 18 al 31 de Julio y del 14 al 27 de Agosto, en cuyos días hubo 95.582 cases y 42.764 muertos. Estas cifras demuestran elocuentemente cual fué, por entonces, la violencia de la epidemia.

¿Cuáles son, pues, las causas que permiten que la epidemia se desarrolle con tal intensidad? Toda infección necesita, para germinar y crecer, un terreno favorable. Y esta cuestión de terreno tiene más importancia todavía cuando se trata de una enfermedad epidémica. Una chispa que caiga sobre un sembrado, se apagará rápidamente si las yerbas están frescas; pero si, por el contrario, un sol ardiente ha secado el suelo y las plantas, esta misma chispa producirá un incendio, que se propagará pronto y lejos. El cólera encuentra este terreno favorable en Rusia, donde las enfermedades contagiosas se desarrollan con una frecuencia y una gravedad excepcionales. En 1908 los atacados de estas enfermedades alcanzaban la cifra de 18.207.516, ó sea el 11,94 por 100, es decir, que por cada nueve habitantes hay uno enfermo. ¿Cuáles son los elementos que favorecen la infección? En este complejo problema es preciso observar, primero y sobre todo, que la proporción aumenta enormemente entre la población pobre; entre los obreros de las ciudades y los campesinos. Por lo cual, en el curso de nuestro viaje de estudio, durante varios meses, nos hemos dedicado á conocer la vida íntima del pueblo ruso y especialmente de sus elementos más miserables, que son los más castigados. Hemos visitado los «traktirs», especie de tienda asilo, donde se alimentan los míseros; los zaquizamís donde se refugian las familias de los obreros de las fábricas; los albergues de noche, zahúrdas en que duermen los elementos más estrambóticos^ la hez de la población. En los «isbas», refugios campesinos de la campiña rusa, hemos visto la pobreza de los mujiks, hacinados, y en la región de Donetz, la suciedad en que viven los mineros. El triste recuerdo de todas estas miserias nos acompaña aún.

Pocos días después de nuestra llegada á San Petersburgo penetramos en un traktir, situado cerca del mercado, de heno, donde van á comer los carreteros y los cargadores.

El comedor, al que separan de la calle varios escalones, es negro y bajo de techo. Delante de unas mesas asquerosas están sentados los tipos más inverosímiles: los hay grandes, fuertes y gallardos, con los cabellos y la barba largos y enmarañados; los vestidos horriblemente sucios, rotos y desfilachados. En los platos, la sopa de coles y la kacha (trigo tostado), y en el fondo, sobre unas mesitas, varias clases de pescados prensados y secos. ¿Cómo explicar la acritud de la atmósfera, viciada aún más por el humo de makkorka, tabaco pésimo, el ruido, la sensación de miseria...?

Una vez, en San Petersburgo, acompañado de médicos de Sanidad pública y de la Policía, visitamos, de noche, un barrio obrero. En el fondo de un patio, donde estaban alineadas varias filas de carritos, hay una puerta que da á una escalera grasienta y negra, por la que descendimos, guiados por el portero, á una especie de cueva. Un empresario de transportes aloja allí á sus carreteros. Les paga de 6 á 8 rublos al mes (unas 17 ó 22 pesetas), y les da alimento y cama.

Desde que se abre la puerta, un hedor insoportable se agarra á la garganta. Después de atravesar un pequeño cuarto, en el que se ven restos de comida, penetramos en una habitación mayor, alumbrada por el resplandor indeciso de un candil humeante colgado en uno de los rincones. Todo se ve confuso. En el centro, dos planos de madera, ligeramente inclinados y adosados por su parte más elevada. Allí, envueltos entre guiñapos inmundos, duermen, tumbados uno junto á otro, hasta cincuenta individuos; con manos crispadas se rascan la miseria y se aprietan en rededor de sí la ropa, insuficiente protectora contra el frío horroroso de la estación. Pendientes del techo se ven ropas destrozadas, sucias; el pie resbala sobre el piso viscoso; la miseria lo invade todo. ¡Qué sensación de alivio tan agradable se siente al respirar el aire frío y puro de la noche!

En Moscou existe el célebre Khitrov rinók, el Mercado de los Piojos. Es una gran plaza rectangular, en la que se reúnen los elementos más diversos: niños, hombres, mujeres y viejos; campesinos llegados en busca de trabajo, obreros desocupados, malhechores, vendedoras de amor. Aquí, un barracón; allá, un montón de ropas que quieren cambiar de dueño por unos cuantos kopeks; más lejos, en una caja vieja, un asqueroso guiso hecho con desperdicios de carne; una porción envuelta en un papel de periódico cuesta un kopek. Y por todas partes so verifican los más curiosos cambios de objetos, legal ó ilegalmoente adquiridos.

Esta plaza está rodeada de edificios, en los que, á la noche, vendrán á alojarse todos estos miserables.

La epidemia tiene aquí carácter permanente. En la época de nuestro viaje, el tifus exantemático estaba en todo su apogeo. En un rincón de la plaza, dos cuartos provistos de camas, médico y enfermeros, sirven de ambulancia.

Volvimos á la noche siguiente acompañados de varios miembros de la Comisión sanitaria de la ciudad y de oficiales de Policía. ¡Ah, qué interior de habitaciones! En una pequeña alcoba se acuestan las mujeres. Unas tablas colocadas sobre un bastidor de madera, de poco más de un metro de alto, sirven de lecho. Levántanse las tablas y vemos un piso inferior para otras durmientes que se acuestan en el propio suelo. Arriba cuesta seis kopeks cada noche y abajo cinco kopeks. Después subimos una escalera. Alrededor de la habitación en que penetramos están colocados en hilera una docena de lechos, sobre los cuales se acuestan una vieja, un hombre, una familia con sus niños, etcétera. Hay otra habitación más pequeña, que comunica con ésta, y tiene la misma disposición. Una vieja nos habla en francés; también habla el alemán y el inglés. ¡Ella ha estudiado! ¡Desgraciada vencida! Toda esta gente vive mezclada en la promiscuidad más extraordinaria. No son sólo los desgraciados que vienen á guarecerse por una sola noche, hay seres privilegiados que se permiten el lujo de alquilar una décima ó duodécima parte de habitación por semanas y hasta por meses.

En Rusia, por todas partes donde hemos ido, nos hemos encontrado estos mismos cuadros de miseria, y peores á veces. Ruinas, promiscuidad, suciedad, falta absoluta de la higiene más elemental, mala é insuficiente alimentación, alcoholismo, etc., factores todos que se asocian para hacer de Rusia un campo bien preparado para el germen y desarrollo de múltiples epidemias. Así, pues, estas lamentables condiciones de higiene nos permiten comprender cómo es posible que, en caso de epidemias graves puede llegar el número de atacados á 4.123.477 en un año; es decir, que, por término medio, por cada 36 habitantes hay uno epidémico; en algunos gobiernos, como en el de Viatka, se eleva la proporción resultando, que por cada diez habitantes hay uno enfermo.

El origen de todo esto es la falta casi absoluta de cultura intelectual del pueblo ruso, causa principal á la que se juntan la miseria, cierta apatía peculiar de la raza eslava y algo de fatalismo oriental.

De cada 1.000 habitantes sólo 211 saben leer, y en algunas provincias la desproporción es mayor. ¿A qué cifra llegaríamos si se consideraran solamente bajo estos números oficiales al pueblo propiamente dicho, á los obreros y á los campesinos?

Es pues, necesario mejorar las condiciones de existencia de este desgraciado pueblo, elevar su nivel intelectual y se constituirá una base en la cual se pueda fundamentar la lucha contra la infección. Todo progreso social señalará una victoria en esta lucha contra la enfermedad y la muerte.”

Vida Socialista, nº 92, cinco de octubre de 1911.


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