Kropotkin y el Estado
- Escrito por Piotr Kropotkin
- Publicado en Historalia
Rescatamos un texto de Piotr Kropotkin, reflexionando sobre el Estado:
“No voy a hacer aquí la crítica del Estado, tantas veces hecha y rehecha. Algunas consideraciones de orden general serán suficientes.
El Estado es un producto, nada antiguo en nuestras sociedades europeas. El hombre vivió miles de años antes de que los primeros Estados se constituyeran, Grecia y Roma existieron siglos antes de llegar a los imperios macedónico y romano, y para nosotros, los europeos modernos, los Estados no datan más que del siglo XVI, en que la derrota de las comunas libres fue consumada, llegando a constituirse esta sociedad de seguros mutuos entre la autoridad militar, judicial, señorial y capitalista que se llama Estado.
Solamente en el siglo XVI se dio el golpe mortal a las ideas de independencia local, de unión y organización libre, de federación de todos los grados de grupos autónomos. En esa época la alianza entre la Iglesia y el naciente poder de los reyes, puso fin a la organización, basada en el principio federativo, que había existido desde el siglo IX hasta el XV, de la que Sismondi y Agustín Thierry, desgraciadamente poco leídos hoy día, adivinaron también el carácter.
Se sabe los medios por los que esta asociación entre el señor, el sacerdote, el comerciante, el juez, el soldado y el rey, asienta su dominación. Fue por el aniquilamiento de los contratos libres: de las comunidades de aldea, de las guildes, de los compañerismos, de las fraternidades, de las conjuraciones medievales. Fue por la confiscación de las tierras de las comunas y de las riquezas de las guildes; fue por la prohibición absoluta y feroz de toda especie de convenio libre entre los hombres; fue por la masacre, la rueda, la horca, la espada y el fuego de la Iglesia y el Estado establecieron su dominación; así llegaron en adelante a reinar sobre aglomeraciones incoherentes de individuos, sin lazo directo entre ellos.
Hace veinte años apenas, empezamos a reconquistar por la lucha, por la rebelión, algunas partes del derecho de asociación que fue libremente practicado por los artesanos y por los cultivadores del suelo en toda la Edad Media.
¿Y cuál es la tendencia que ya domina en las naciones civilizadas? ¿No es la de unirse, la de asociarse, la de constituirse en mil y mil sociedades libres para la satisfacción de todas las necesidades del hombre moderno?
La Europa se cubre de asociaciones voluntarias para el estudio, para la instrucción, para la industria y el comercio, para la ciencia, el arte y la literatura, para la explotación, y para la resistencia a la explotación, para las diversiones y para el trabajo serio, para el goce y para la abnegación, para todo lo que se refiere a la vida del ser activo y pensante. Todos buscan, manteniendo la independencia de cada grupo, federarse y unirse en el interior de cada país y al través de sus fronteras. Su número se calcula ya en decenas de mil y abrazan millones de adherentes -pero no hace cincuenta años que el Estado y la Iglesia empezaron a tolerar algunas,- ¡algunas apenas!
En todas partes estas sociedades se arrogan las funciones del Estado y buscan sustituir la acción libre de los voluntarios a la del Estado centralizado. En Inglaterra se ven surgir compañías de seguros contra el robo, sociedades para la defensa del territorio, sociedades para la defensa de las costas, que el Estado busca evidentemente colocar bajo su gobierno y convertirlas en instrumento suyo, pero cuya idea madre fue la de pasarse sin Estado. A no existir la Iglesia y el Estado, las asociaciones libres habrían conquistado por la obra voluntaria el inmenso dominio de la educación. Y a pesar de todas las dificultades, comienzan a invadir este dominio y dejan sentir su influencia en él.
Y cuando se afirman los progresos cumplidos en esta dirección, a pesar y contra el Estado, que trata de guardar la supremacía que conquistó hace tres siglos; cuando se ve cómo la asociación voluntaria invade todo lo que no está detenido en sus movimientos por la fuerza del Estado, hay que reconocer una poderosa tendencia, una fuerza latente de la sociedad moderna. Se tiene derecho a plantearse esta cuestión: -“Si de aquí diez o veinte años los trabajadores sublevados logran quebrar la mencionada sociedad de seguros mutuos entre propietarios, banqueros, sacerdotes, jueces y soldados,; si el pueblo se vuelve amo de sus destinos por algunos meses y pone la mano sobre las riquezas que ha creado, ¿buscará reconstituir de nuevo el Estado?, ¿no buscará más bien organizarse de lo simple a lo compuesto según el acuerdo mutuo y las necesidades infinitamente variadas y siempre cambiantes de cada localidad, para asegurarse la posesión de esas riquezas, para garantizarse mutuamente la libertad y producir lo que sea necesario a la vida?”
¿Seguirá la tendencia dominante del siglo, o marchará en contra de ella buscando reconstituir la autoridad demolida?
Es de suponer que optará por la libertad, ya que el Estado ningún beneficio ha proporcionado al pueblo.”
Almanaque de la Revista Blanca, 1903.