Las organizaciones obreras según Pi i Margall
- Escrito por La redacción
- Publicado en Historalia
En plena efervescencia del movimiento obrero internacional, Pi i Margall reflexiona sobre las organizaciones de los obreros: “Las asociaciones jornaleras, lejos de ser, como creen muchos, una causa permanente de anarquía, organizan la lucha entre el capital y el trabajo, la hacen menos sangrienta. Donde no las hay y sobran los brazos son frecuentes las coaliciones tumultuosas, no poco ocasionadas á peligros.
Organizadas las asociaciones por artes y oficios, solo los directores entienden en las cuestiones de salarios. Cuando la baja está, realmente motivada por causas generales ü otras que afecten do una manera especial un ramo de la industria, los directores consideran temeraria toda resistencia y transigen ó ceden. Cuando la baja procede solo de la voluntad de capitalistas que desean provocar á costa del obrero la ruina de sus rivales y aprovechar el exceso de brazos, retiran de los talleres á sus asociados y logran en días, sin necesidad de desórdenes ni de alarmas, hacer capitular á sus adversarios. Las más de las veces no tienen ni necesidad de dar este paso: basta que no se manifiesten dispuestos á ceder para que el capital acepte sus justas condiciones.
Se alegarán los serios conflictos individuales ocurridos en Cataluña en 1858, cuando las asociaciones estaban en más vigor y se extendían como una red por todos los centros manufactureros; mas conviene advertir que fueron siempre debidos á imprudentes medidas de las autoridades militares, que apoyaban ideas descabelladas y perturbaban los ánimos y enconaban los odios. Por cada conflicto que no pudo impedirse se evitaron además otros ciento. Los salarios llegaron á normalizarse; algunas juntas directivas redactaron detalladas tarifas, que, al decir de los mismos fabricantes, revelaban un profundo estudio y no escasos conocimientos.
Se atribuye también a las asociaciones una larga serie de disturbios políticos. En ellas, se dice, ha encontrado la revolución sus mejores elementos y reclutado sus formidables huestes. Como si las insurrecciones más violentas y de más trascendencia que hemos conocido perteneciesen á una época en que ó no existían las asociaciones, ó estaban naciendo. Las asociaciones, lejos de favorecer la idea revolucionaria, le han quitado armas. Han llamado vivamente la atención de los jornaleros sobre las cuestiones sociales é inspirándoles indiferencia por las políticas. La democracia los ha hallado durante mucho tiempo impasibles: no ha logrado moverlos sino agitando esa misma bandera de la asociación en que tenían puesta su esperanza. Manifiestan hoy interés por la realización de nuestros principios, pero atribuyéndolo sobre todo á que los gobiernos de los partidos medios les han hecho comprender mucho mejor que nuestras más ardientes palabras la necesidad de conquistar los derechos políticos antes de resolver los problemas relativos al trabajo.
Las asociaciones no solo no merecen ser temidas; contienen el germen de saludables reformas en la personalidad del Estado. Unidas entre sí y centralizadas en un gran comité directivo, podrían ir absorbiendo lentamente todas las funciones que ejerce el gobierno con relación a los intereses industriales. A ejemplo de los jornaleros, no seria difícil que se asociasen las demás clases. La materia administrativa iría naturalmente desparramándose y perdiéndose en el seno de tan vasto organismo. La administración descansaría sobre una ancha base económica.
Ven aun pocos la revolución contenida en el principio de las asociaciones jornaleras. No es de extrañar que muchos las den tan escasa importancia. Las asociaciones, se escribe á menudo, no sirven ni para contener la baja de los salarios. No servirían indudablemente para contenerla en absoluto, si no reuniesen todos sus esfuerzos, ni tratasen de equilibrar los diversos ramos industriales; ¿habrían, empero, de tardar en elevarse á la altura de su misión apenas se reconocieran impotentes para contrarrestar los efectos de las nuevas máquinas, de la crisis y aun de la misma división de trabajo? Hay que observar, por otra parte, que las bajas de los salarios proceden no pocas veces del aislamiento en que viven las clases trabajadoras. Alega el capital pretextos especiosos, sorprende la buena fe de los obreros, explota las tristes condiciones en que viven y los obliga á aceptar la baja. Si los brazos no sobran, volverán más ó menos tarde los salarios á declararse en alza; ¿quién, en tanto, resarce al jornalero los perjuicios que la baja le ocasiona? Ya que no contenerla, pueden por lo menos retardarla las asociaciones. ¿Ignora acaso nadie que conoce las luchas de la industria, los mil medios á que apela el capital para cargar sobre el trabajador todos sus quebrantos y rebajar los salarios aun con el solo objeto de aumentar sus beneficios? Obra el capital sobre el obrero cómo in anima vili; solo asociándose puede el obrero hacer respetar su personalidad y su derecho.
Grave, muy grave, es la cuestión que nos ocupa. No basta impedir que el individuo acapare ni reducir los tributos para matar la cuestión de los salarios; es indispensable que el Estado absorba y concentre en si todas las funciones sociales; realice el derecho al trabajo y á la existencia; estudie constantemente las relaciones entre la producción y el consumo; busque un escudo contra las grandes y las pequeñas crisis; se reserve el derecho de autorizar la introducción de nuevas máquinas y procedimientos; intervenga en todas las evoluciones y pasos de la industria. ¿Puede hacerlo el Estado?
La cuestión de los salarios es toda la cuestión social.
Se engañan muchos si creen que la cuestión social lo es solo para el liberalismo. La cuestión social está sobre todas las cuestiones, sobre todos los principios políticos, sobre todas las escuelas. Es el enigma de nuestros días; enigma aun indescifrable, lo mismo para la religión que para la filosofía, lo mismo para la libertad que para el absolutismo. Sabemos ya cuál es la esfinge: estamos lejos de saber quién será el Edipo.”
La Ilustración Republicana Federal, número 26 de 9 de agosto de 1872.
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